Destinos

El Salvador de Bahía de Jorge Amado

El siempre amado Jorge Amado cantó a la ciudad de Salvador de Bahía, el alma negra de Brasil, en muchos de sus libros. Esas páginas perfumadas con los olores de las calles son la mejor guía y un excelente complemento a un viaje, ya sea como invitación o como recuerdo.

Además de convertirla en verdadero protagonista de muchas de sus novelas, el escritor Jorge Amado dedicó a la ciudad de sus amores un libro fascinante que se llamaba Bahía de Todos los Santos, guía de calles y misterios, en el que destilaba toda su pasión y su sabiduría. En él recomendaba al viajero que quisiera adentrarse en esta urbe mágica "por la que corre el misterio como aceite" que conquistara la voluntad del orixá Exu, uno de los dioses más poderosos de la liturgia de los candomblés, la religión afrobrasileña.

Para ello, nada más desembarcar en estas calles, debería darle a beber un trago de cachaça, y para ello basta con derramar discretamente un poco de licor al suelo. Amado asegura que así uno se gana los favores de este diablillo que es capaz de producir desasosiego en el visitante que no le trata bien. Exu bebe fundamentalmente cachaça, pero en último extremo acepta también whisky o vodka. Es fácil imaginar que los favores conseguidos no serán los mismos con los sustitutos.

Y así, bien protegido, uno puede perderse por estos callejones, cuestas, plazoletas, vericuetos y encrucijadas. Perderse es el mejor camino para encontrar esta ciudad tan gastada de tanto vivida, siempre que se esté atento a esos detalles que definen un lugar. Aquí una mujer sale con los rulos en el pelo para tirar un cubo de agua sucia a la calle, pero deja el cubo para ponerse a bailar sola al ritmo que le llega desde una ventana abierta. Después pasa una abuela con su nieto adolescente, y cuando se despiden ella entra en la iglesia a encender velones a los santos y él en el gimnasio que está en la puerta de al lado.

Son reflejos del alma bahiana cantada por Jorge Amado, la que bullía en la Cidade Alta, el corazón histórico de Salvador. Este cogollo de calles y plazas, casi todas en cuesta, alberga el mayor museo de arquitectura colonial del Brasil, un número indeterminado de casonas e iglesias centenarias que en los últimos años ha vivido un proceso de rehabilitación completo. Con él esta zona, la más visitada por los turistas, ha perdido parte de su ambiente de siempre en aras de las tiendas de recuerdos y los bares de copas caras.

Pero un poco más allá siguen en sus puestos los bahianos de la calle, y cualquiera de ellos podría haber sido un personaje de las novelas de Amado. Allí están los vendedores de pócimas curalotodo que para atraer a la clientela primero la asombra contando chistes y tragándose cuchillas de afeitar; en las plazas los jóvenes exhiben sus dotes en una ronda de capoeira, ese arte marcial que es una danza.

Esmeraldas, cigarros y borrachos

En el largo do Pelourinho, el corazón histórico y popular de la ciudad, la vida discurre entre brillos y sombras. Los vendedores de esmeraldas y de los mejores cigarros de Bahía alternan con borrachos, turistas, beatas y policías. Cerca de la iglesia de Nossa Senhora dos Pretos (Nuestra Señora de los Negros) hay una escuela de capoeira. En la parte alta de esta plaza inclinada está la casa museo de Jorge Amado, y basta con sentarse en los escalones de la entrada para ver desfilar delante de uno a casi toda la ciudad. Esta plaza es un discurrir constante de personajes y de vida, de noche y de día. En los últimos años, la abundancia de bares, restaurantes y todo tipo de locales nocturnos ha hecho de este barrio uno de los más frecuentados hasta altas horas de la madrugada.

Desde la parte alta se llega pronto al Terreiro de Jesus, también llena de palacios e iglesias -entre ellas la Catedral-, y en ella se han sucedido milagros anticlericales, o por lo menos eso se cuenta. Desde esta gran plaza hay que pasar al largo do Cruzeiro do São Francisco. Ésta era antes zona de librerías, farmacias, peluquerías y prostíbulos y parece que de todo ello ahora sólo queda una librería, y los demás locales se han entregado al mercado turístico internacional. Sin embargo, allí enfrente sigue la iglesia de São Francisco, uno de los templos barrocos más fabulosos del mundo. Su interior es una fiesta de azulejos, de tallas en madera de jacarandá y de brillos de oro. Las iglesias de Bahía, recordaba Jorge Amado, estás preñadas de oro. El conjunto es tan recargado como impresionante y, al entrar, se tarda un poco en superar el empacho inicial antes de poder degustar los detalles. Y si este interior es el más bello, el exterior que se lleva la palma es el del edificio contiguo, la iglesia de la Ordem Terceira de São Francisco. Esta fachada, un triunfo del plateresco, luce una inusual profusión de ángeles, santos, vírgenes y otros personajes además de un surtido de motivos florales y abstractos único en todo Brasil.

Luego, al volver al largo do Pelourinho (hay que recordar que el pelourinho era la picota en la que se castigaba a los esclavos negros, en este caso ante la mirada de los señores de los ingenios que ocupaban las mansiones de la plaza) se sigue cuesta abajo antes de emprender con calma la subida de la ladera siguiente. Por aquí abundan las tiendas que ofrecen pinturas de colorines a los turistas, aunque también hay talleres interesantes en los que venden cuadros que cuentan historias poderosas.

Tiendas tradicionales

Al subir por la ladeira do Carmo se siguen encontrando a cada paso iglesias y casonas vistosas pero el ambiente es mucho más tranquilo y vuelven a aparecer los comercios de toda la vida, los dedicados a los bahianos que viven en el barrio. Y si se sigue por esta cuesta, siempre para arriba, se llega al largo de Santo Antônio, una plaza sin pretensiones, amplia y ventilada, con algunos bares, una iglesia y el fuerte de Santo Antônio Além do Carmo. Desde esta altura hay una buena vista de la bahía.

Pero Bahía es mucho más que un casco histórico lleno de palacios e iglesias. Entre la ciudad alta y la baja hay cuestas tremendas que se pueden superar con un ascensor y un funicular. El ascensor Lacerda baja desde la plaza Municipal hasta muy cerca del mercado Modelo y el puerto. Allí los saveiros, los tradicionales barquitos de vela, aguardan una nueva salida por la bahía. Al lado, los vendedores de pescado, de frutas y dulces levantan sus tenderetes en cualquier momento. La Cidade Alta aparece colgada en lo alto de la cuesta.

Mucho más lejos queda la iglesia de Nosso Senhor do Bonfim, milagroso donde los haya y querido por este pueblo tan religioso como anticlerical. Hay que peregrinar hasta esta iglesia y hacer una ofrenda, hacer que te regalen unas cintas de colores y visitar el museo de los milagros. En esta iglesia, en enero, se celebra la ceremonia del Lavado, que ha sido descrita como "la mayor fiesta fetichista de Brasil", y que como derroche de vida y entusiasmo sólo es superada por el Carnaval. Porque en Bahía hay una cierta religiosidad a flor de piel, con celebraciones cristianas, ritos africanos y fiestas paganas. Y a veces todo mezclado. El candomblé es lo más querido y respetado por el bahiano. 


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