Cultura

Una historia etílica de la literatura

Desde el charro negro –tequila con Coca Cola, de Bolaño- hasta el Añejo highball (el pelotazo añejo) de García Márquez, todo ello servido en un vaso alto con mucho hielo y una impecable edición de 255 páginas dedicadas a  39 autores y su bebida más afín. Se trata del libro Mezclados y agitados (DeBolsillo, 2012) de Antonio Jiménez Morato.

Comencemos una lista, porque vale la pena:  Alejo Carpentier con el Daiquiri; Marguerite Duras con el Negroni; Tommas Mann con el Bellini; Juan Rulfo con el Margarita; William Faulkner y el Julepe de menta; Mario Vargas Llosa y el Chilcano; Julio Cortázar y el Cubalibre; Truman Capote y el Destornillador. Hay, por lo menos, 30 más.

Se trata de un libro impecable, escrito con ingenio y sin memeces en el que Antonio Jiménez Morato trae a lectores y bebedores una antología de los destilados más literarios o los escritores más espirituosos. El orden da igual, porque el resultado es una selección maravillosa donde alcohol y literatura se dan la mano con elegancia. Cero excesos o truculencias, que no por ello frívolo o inofensivo librito. Mención aparte merecen además las ilustraciones de Aurelio Lorenzo Pérez.

Como decíamos: se trata de un volumen escrito por alguien que sabe de literatura y que por tanto sabe respetarla. Hasta casos dramáticos como el del norteamericano Raymond Carver –que padecía de un fuerte alcoholismo que le obligó a dejar la bebida- mutan en sabrosas anécdotas literarias. Así, por ejemplo, Jiménez Morato cuenta cómo el autor de Call if you need me trabó amistad con John Cheever durante sus años en la Universidad de Iowa.

Los dos compartieron edificio en una de las residencias de la Universidad, donde parece ser que pasaban todo el día emborrachándose juntos. Hasta tal punto que, cuenta la leyenda, en una de sus largas jornadas etílicas llegaron a subirse a un avión y amanecer en otra ciudad. De hecho, tras terminar el curso en Iowa,  Cheever comenzó a asistir a reuniones de Alcohólicos Anónimos.

Otras anécdotas narran, por ejemplo, a un Luis Buñuel que acostumbraba escribir en los bares; un William Faulkner que para escribir necesitaba cuatro instrumentos: papel, tabaco, comida y un poco de whisky o un jovencísimo Juan Marsé que solía reunirse junto al editor Carlos Barral y la “revelación proletaria” –como llamaba el catalán a sus amigos Gil de Biedma, Javier Ferratel y Jaime Salinas-  en el Apeadero, un bar en la esquina de las calles Provenҫa con Balmes.

En este volumen es posible incluso llegar a rastrear el origen etílico de muchos libros, como es el caso de Tatuaje, la segunda novela protagonizada por el detective Pepe Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán. Afirma Jiménez Morato que el libro tuvo su origen en una apuesta cruzada de copas del propio Vázquez Montalán, que dijo poder  escribir una novela policial en 15 días.

Chirrían algunas copas según el escritor. Por ejemplo, sorprende un poco que Thomas Mann fuera aficionado a una copa tan inofensiva como el Bellini o que el grandísimo Carpentier se bastara con tan poco enigmático Daiquiri. Otros, en cambio, vienen como anillo al dedo, como el Cubalibre de Cortázar –más panfletario difícil- o el Destornillador de Capote, quien podía acudir a las reuniones después de beberse ocho o diez; en realidad para él era sólo su “bebida de naranja”.


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