Cultura

Joël Dicker, el Goncourt veinteañero: "Houellebecq es un género literario"

La crítica le compara con Stieg Larsson, Nabokov y Philip Roth, el autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert se ha convertido en número uno en Francia y ha sido traducido a 33 idiomas. Pero... ¿tiene realmente algo nuevo que contar?

Joël Dicker, el Goncourt veinteañero: "Houellebecq es un género literario"
Joël Dicker, el Goncourt veinteañero: "Houellebecq es un género literario"

Son 28, y se notan. Este es ya el tercer día de entrevistas de Jöel Dicker (Ginebra, 1985) en Madrid. Y sin embargo, el escritor suizo mantiene el tipo, procura no repetirse, es  cuidadoso con lo que opina –en especial si se trata de otros escritores-. Tiene discurso, aunque no impresiona. A pesar de ello, todo en él es correcto. Su segunda novela, La verdad sobre el caso Harry Quebert , viene dando de qué hablar desde el año 2012 pero en estos días todavía más. La editorial Alfaguara publica en España su traducción al castellano y procura, cómo no, convertirla en la novela del verano.

En Francia vendió 750.000 ejemplares y se convirtió en número uno. Fenómeno planetario, súper ventas o escritor revelación. Palabras, hipérboles, vitolas  que levantan suspicacias y que ahora adornan a Jöel Dicker, un abogado convertido en novelista; el  segundo  de cuatro hermanos; un chico culto y educado, criado por una librera y un profesor de francés.  La crítica francesa le ensalza –excepto Le Monde-, los editores se lo disputan y, desde hace una semana, la prensa española habla de él sin buscarle una costura. Bienvenido, superventas.

"El libro que le ha hecho merecedor de tanta atención es, según han dicho algunos, una novela americana de intriga".

El libro que le ha hecho merecedor de tanta atención es, según han dicho algunos, una novela americana de intriga. La historia se desarrolla en Aurora, una pequeña  localidad costera de Nueva Inglaterra  inventada por Dicker. Allí, un profesor universitario y novelista  consagrado -Harry Quebert- es acusado del asesinato de una joven del pueblo, Nola Kellergan; el hecho, ocurrido 30 años atrás, estalla cuando consiguen el cadáver de Kellergan en el jardín de Quebert. Su pupilo, Marcus Goldman, escritor de éxito, acudirá en ayuda de su mentor

Contada en 31 capítulos, con distintos tiempos y perspectivas, La verdad sobre el caso Harry Quebert se desarrolla entre 1975 y 2008, unos pocos meses antes de la elección de Barck Obama. Y  aunque, se supone, la intriga es el centro del libro, Dicker aprovecha la historia para confeccionar, a su manera, un libro de escritores: explota  la relación entre maestro y aprendiz, un matiz que enriquece la historia y evita que se seque en la tensión de la acción.

Marcus Goldman es justamente el catalizador de esta historia. Las similitudes con Dicker saltan a la vista. Sin embargo, su autor lo tiene muy claro: “No quise en ningún momento hacer autoficción”, dice. “Marcus y yo tenemos más o menos la misma edad, escribimos… Cuando comencé a escribir la novela, yo tenía 25 años, acababa de terminar Derecho, y mi personaje principal, Marcus, tenía también 25 años, había estudiado lo mismo, escribía, y tampoco tenía éxito. Entonces me dije, ‘esto no funciona’. Y lo cambié todo, le convertí en un escritor de éxito”.

"La prensa literaria ha hecho de él un Frankenstein: le llaman el nuevo Stieg Larsson; le atribuyen la maestría de Nabokov  y hasta le comparan con Philip Roth"

Una finísima pulsera tejida con un corazón rojo se asoma a la muñeca de Dicker. El brazalete sobresale de su americana  y se deja ver, como una impostura –que son 28-. Pero este suizo es serio, sin llegar a la pedantería. Al preguntarle por el posible oportunismo en la decisión de escoger novela negra, Dicker, como es lógico, niega cualquier premeditación. “No es novela negra como tal, pero nunca me plantee que lo fuera. El libro comenzó con el decorado, este pueblo de Norteamérica,  y luego fue tomando fuerza este triángulo entre Nolan, Marcus y Quebert”.

Es cierto, también, que la prensa literaria ha hecho de él un Frankenstein: le llaman el nuevo Stieg Larsson; le atribuyen la maestría de Nabokov  y hasta le comparan con Philip Roth, un autor que, a decir del propio Dicker, forma parte de sus lecturas americanas. Ante tal mescolanza, toca preguntar a Dicker ¿quiere defenderse del popurrí que se le atribuye? El suizo ríe. “No tengo porqué defenderme, nadie sabe quién soy yo y es normal que se busquen referencias para explicar lo que hago”, dice. Sin embargo, no por tomárselo con calma pierde la oportunidad de aclarar que no ha leído la trilogía Millenium. “Mi defensa tendrá que venir en los próximos libros, cuando tendré que demostrar que soy algo más que un libro”.

No niega, sin embargo, ciertos homenajes a determinados autores en algunos pasajes de sus novelas. “La literatura lleva a la literatura”, dice este joven que comenzó a escribir a los 14 años y que cosecha ya varios premios, entre ellos el Premio Goncourt de los Estudiantes y el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa 2012 con esta obra de más de 600 páginas.

"Al momento de escarbar en sus lecturas, Dicker muestra más salero que en sus otras respuestas".

Al momento de escarbar en sus lecturas, Dicker muestra más salero que en sus otras respuestas. A diferencia de lo que uno pudiera pensar, se siente más cerca de la literatura francesa y rusa que de la norteamericana. Habla, por supuesto, de nombres significativos, uno de ellos Roman Gary. Al preguntarle por otros como Michel Houellebecq, Dicker dice la que, hasta ahora, ha sido la idea más interesante de la conversación: “Oh, bueno, es que Houellebecq es un género literario. Es un autor que aporta cosas realmente nuevas a la escritura en francés”.

La conversación con el suizo, que es corta y compartida con tres periodistas más, revela a un escritor cuya juventud se manifiesta no en las ideas fuerza de su discurso –que las tiene, y muy definidas- sino en la levedad que las caracteriza, en la corrección sin pimienta de algunas de sus valoraciones y, por supuesto, en la arquitectura de una obra narrativa a la que le hace más falta el tiempo que los elogios.


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