Cultura

Plinio, o la novela negra manchega

Hay personajes literarios que pasan a la historia de las letras y otros que, vaya usted a saber por qué, son injustamente relegados si no al olvido, sí al último anaquel polvoriento de las librerías. Por eso cuando a una editorial se le ocurre reeditar las aventuras de alguno de estos postergados supone una buena noticia para los amantes de la lectura.

Caracterización de Plinio (Wikimedia Commons - Imagen con licencia CC BY-SA 3.0).
Caracterización de Plinio (Wikimedia Commons - Imagen con licencia CC BY-SA 3.0).

Uno de estos personajes injustamente relegados es el Jefe de la Guardia (Policía) Municipal de Tomelloso (Ciudad Real), esto es, don Manuel González. Dicho así todo el mundo justificaría el olvido. Pero si le llamamos por su alias, Plinio, la cosa cambia.

Personaje surgido de la pluma y el magín de Francisco García Pavón, muerto en 1989 y nacido, precisamente, en Tomelloso. De hecho, ese alias tan tradicionalmente romano es el mote que a una parte de su familia le pusieron (ya saben, cosas de los pueblos) y los personajes del propio Plinio y de su acompañante incondicional, don Lotario, están inspirados en el padre del autor y en un cartero del pueblo, ese Tomelloso en el que se va a desarrollar la acción de las investigaciones del policía.

Permítanme que rompa una lanza a favor del personaje detectivesco, nobleza española obliga, máxime si tenemos en cuenta que es el precursor del Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán o del sargento Berilacqua de Lorenzo Silva.

Maigret a la española

Manuel González, alias Plinio, es un detective que en nada desmerece a los grandes de la literatura policíaca, aunque no se parezca en nada al sofisticado Dupin de Poe, al especulador drogadicto Holmes, ni mucho menos a los Nero Wolfe de Stout o Philo Vance de S.S. Van Dine. A mí, qué quieren ustedes, me recuerda bastante a otro policía del que ya hablamos, tiempo ha y parece que fue ayer, en este mismo espacio: Jules Maigret de la P.J. francesa, pero en español castizo.

En lugar de pipa nuestro Plinio fuma caldo (aquellos malolientes cigarrillos que mi añorado abuelo liaba con pasmosa habilidad y rapidez); si no tenía tiempo para liar el pitillo los muy españoles Celtas, y si se trata de la sobremesa, un Farias. Lo dicho, castizo.

Al igual que el francés, es un policía humano, cercano a la víctima, pero también al criminal y, al igual que aquél, que seguía a veces su intuición contra viento y marea, Plinio sigue “su pálpito”, que tiene mucho que ver con el conocimiento del entorno, de su pueblo y de sus vecinos.

Si Holmes tenía a su Watson y Nero Wolfe a su Archie Goodwin, compañeros de sus investigaciones y narradores de las mismas, Plinio tiene también a su acompañante (aunque no narrador de las historias). Y éste no es otro que don Lotario, el veterinario del pueblo ya jubilado. Precisamente este don Lotario es el que nos define al detective cuando le dice: “Te conozco bacalao, y es que tú no eres un hombre racional… Tú eres intuitivo y palpitero (sic), pero de lógica cartesiana, ni pum. Tú te guías más por el hocico. Si lo sabré yo. De Sherlock Holmes, nada, tú sabueso puro”(Una semana de lluvia).

De Primo de Rivera a Franco

Por lo menos don Lotario, a cambio de vivir las investigaciones detectivescas del municipal en primera fila, se las hace más llevaderas porque conduce… un 600. Y es que las primeras andanzas del personaje están situadas en la época de Miguel Primo de Rivera pero, sin transición y, milagros de la literatura, sin envejecimiento del personaje, siguen sus investigaciones en otra época, en la de Franco, fechas en la que se desarrollan sus historias, con lo que el autor consigue acercarle al lector (en su momento), pues reconoce el entorno y las realidades sociales en las que se desenvuelve la acción (en concreto a partir de la novela El reinado de Witiza, de 1968, y que fuera Premio de la Crítica).

Plinio es todo lo contrario al intelectualmente superior Holmes. Para él no hay improbables ni imposibles que descartar o a los que llegar. Todo es sentido común y conocimiento de la tierra que pisa y que es la suya. Así, afirma taxativo: “Me resisto a creer en cosas demasiado raras. No me van. El terruño nos tiene acostumbrados a la rutina, no a la novelería” (Una semana de lluvia).

Al final, la sagacidad en sus investigaciones, que le hacen salir airoso y llegar a la conclusión acertada, aumenta su fama y ésta traspasa los limes de su pueblo y le llevan a investigar a la capital la desaparición de dos hermanas pelirrojas en Las hermanas coloradas donde por su intervención en El rapto de las Sabinas es nombrado comisario honorífico y condecorado con la Cruz del mérito civil y policial y conocido en toda España.

Novela policíaca costumbrista

Como su autor declarara, en una modestia fuera de lugar, que a él lo que le habían apasionado eran “los casos bobos, sencillos, que es la realidad de un pueblo donde no pasa nada”, hubo quien llegó a decir que no creía que con la propuesta de Plinio se pudiera desarrollar una posible línea de novela policíaca. No estoy de acuerdo. Las aventuras de Plinio son costumbristas, sí, son novelas de tipos, sí, pero tienen intriga, interés detectivesco y mucho humor, a veces muy negro.

Si no me creen, compruébenlo. Consigan algún ejemplar de Historias de Plinio, Nuevas historias de Plinio, El reinado de Witiza, Las hermanas coloradas, Una semana de lluvia, El caso mudo y otras historias Plinio o de El rapto de las Sabinas, o de cualquier otro que me dejo en el tintero y en el que aparezca el bueno de Plinio (magníficamente llevado a la pequeña pantalla en su día, por cierto, por el gran Antonio Casal).

Ya me contarán.


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