Cultura

El escalofrío musical

Le sorprendió un escalofrío, que nació detrás, en la nuca. Se dibujó en su espalda como un delta luminoso y se fue más rápido de lo que hubiera deseado. “¿Ya está?”, se preguntó en silencio. El acto se repitió, quería que el fractal se perpetuara en sus terminaciones nerviosas otra vez. Y otra...

El escalofrío emocional o erección pilosa, conocido popularmente como “piel de gallina“, es en general una expresión espontánea del sistema piloso en respuesta a experiencias placenteras asociadas a picos emocionales y/o a estímulos musicales, y se relaciona íntimamente con los mecanismos cerebrales del registro del placer y la recompensa.  Hasta aquí, San Google dixit.

No quiero entrar en que si tal o cual universidad, prestigiosísima por supuesto, ha realizado estudios con cobayas humanas y además melómanas, para demostrar lo anteriormente expuesto, que los hay para quien quiera husmear en la red. Donde quiero incidir realmente es en si estos escalofríos son capaces por si mismos de despertar vocaciones musicales, de dar criaturitas melómanas al mundo o simplemente se quedan en anécdota. Mi opinión, desde luego es clara y rotunda. ¿Los mecanismos del placer influyen en la procreación? ¿Aseguran la perpetuidad de las especies? Pues claro. ¿Y el placer que nos produce ingerir alimentos? ¿Asegura la supervivencia? Probablemente. La pregunta que viene a continuación es lógica: ¿Y la música? ¿Por qué nuestro cerebro nos recompensa con placer si no está cumpliendo una función trascendente? Como decía Jack el Destripador, vayamos por partes.

¿Usted ha sentido esos escalofríos? ¿No? ¿No sabe de qué estamos tratando? Probablemente, si es así, a usted ya lo hayamos perdido por el camino. Vaya idiotez, habrá pensado, a mí con pielecitas de pollo. Y también probablemente la música no es parte importante de su vida. Forma parte del 30% de la población que escucha música sin poner atención. “Simplemente quiero que sea agradable”, es lo que respondieron 30 de cada 100 personas en una muestra de 34.422 individuos repartidos por edades, sexos, situación personal, nivel de estudios y situación laboral. Curiosamente esta respuesta es la única independiente de cualquiera de las variables anteriores. Más claro. Usted tiene las mismas probabilidades de estar en ese grupo sea hombre o mujer, joven o anciano, culto o analfabeto.

En este momento me odia, “qué se habrá creído...yo disfruto con la música”. Pues claro, nadie ha dicho lo contrario. Pero hay escalas. En concreto, la escala del placer de Snaith-Hamilton, establecida en 1995. Ese porcentaje de gente al que aludía está en la parte de abajo, experimenta poco placer y sus picos no llegan al escalofrío. No se preocupe, quizás su cerebro le agradezca más el sexo o la ingesta… ¿Y el 70% restante? Pues van trepando por la escalera del señor Hamilton hasta llegar a la cumbre del placer. El escalofrío.

El motivo por el que la dopamina riega nuestras neuronas cuando escuchamos una música que nos gusta parece asociado a tareas grupales de supervivencia en las que la música funcionaba como pegamento. Quizás sea algo arriesgado llamar música a los gritos de nuestros ancestros ante la amenaza de una manada de fieras en la noche, quizás sea más fácil pensar en la música de las grandes batallas o en la música de todas las religiones para darnos cuenta de la enorme importancia que ha tenido en la formación y consolidación de grupo a lo largo de nuestra historia evolutiva... y la que tiene. La opción “me gusta la misma música que a mis amigos” fue votada en nuestra encuesta por el 80% de los jóvenes entre 15 y 24 años, pero no crean que baja excesivamente con la edad. La música proporciona placer y nos engancha al proceso de formación y consolidación de grupo hasta el fin de nuestros días.

Por último: “¿Y qué puedo hacer yo para que me den esos escalofríos, oiga?” No lo sé, lo siento. Pero puedo darle algunas pistas además de aconsejarle que escuche música en vivo.

La primera es que los picos emocionales no tienen ninguna relación con el tipo de música que escuche. Es más, sesudos compositores contemporáneos experimentan el orgasmillo en cuestión con el Hey Jude de The Beatles, concertistas de piano escuchan a escondidas el último éxito de Alejandro Sanz y peligrosísimos 'heavies' se refugian en sus auriculares para disfrutar el Ave Maria de Schubert. Servidor practica el sexo musical con cualquiera, por si les interesa.

La segunda es que tendrá una probabilidad más alta con timbres determinados y volumen altito. La voz, una trompeta, un violín o una guitarra eléctrica con buen 'sustain' aumentarán las probabilidades de éxito. La tercera y última es crucial. Escuche la música. No preste atención a otra cosa, nada de pasar la aspiradora, estudiar el examen de mañana o hacer el amor (esto sería una redundancia). Para que el delta luminoso le invada dedíquele algo de su tiempo sólo a ella. ¡Es muy celosa!

Ah, se me olvidaba. ¿Han escuchado a algún artista lo de “la droga del escenario”? ¿Verdad que sí? ¿Cómo no va a crear adicción? La dopamina se expande, el pulso se dispara, el ritmo cardiaco se acelera y el delta luminoso invade la espalda del gran sacerdote.

Vamos, que un liquidillo nos gobierna y que nuestro cerebro no lo libera por capricho.

Corríjame si me equivoco.


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