Cultura

'Combustión': mucho ruido, poca gasolina y menos vértigo

Cuando daba clases de conducir, ni por asomo se me hubiese ocurrido que algún día podría estar pilotando los mandos de cualquier coche de más de sesenta mil. Me siento en una de las últimas butacas del cine dispuesta a ver cualquier cosa que me haga sentir que en Madrid existe algo más rápido que el metro y será el señor Calparsoro quien me ayude en mi empeño. Saltan chispas de los primeros motores, el chico de al lado se acomoda y se queda medio atontado cuando ve aparecer un Porsche blanco. Yo empiezo a temer por mi seguridad y antes de que el semáforo pueda ponerse en verde, alcanzo a abrocharme el cinturón.

Combustión cuenta la historia de un chico de dudoso pasado que está a punto de casarse con la heredera de una joyería. El mismo día que anuncian su compromiso conoce a Ari (Adriana Ugarte), una perfecta buscavidas que se dedica a cazar a jóvenes adinerados para luego, con la ayuda de su delincuente novio Navas (Alberto Amman), despropiarlos.

De esta forma tan sibilina, Ari se acerca a Mikel (Alex González) para captar su atención. Lo tenía perfectamente preparado, así que esperó a que el pijito tomase un respiro en medio de su fiesta de compromiso para fumarse un pitillo, se acerca a pedirle fuego y espera ver su reacción. El chico, que está de toma pan y moja, con rostro serio se dirige a ella, prende el mechero y le enciende el cigarro. Ella, que sabe jugar sus cartas, intenta provocarle y lo consigue. Aquí empieza el juego de seducción de la peli.

Ni curvas, ni tensión

Frente a mí, el típico film de adolescentes con mucha velocidad, pocos cambios de sentido, escasa tensión, un poco de chunda chunda, un par de disparos mal dados y algo de riesgo. Si la peli tiene muchas curvas no son precisamente por el circuito, es la señorita Ugarte la que le da el toque picarón al metraje. En la primera escena que protagoniza con Mikel ya saltan algunas chispas pero la chica, en su intento por salirse con la suya, quiso acelerar antes de que González pudiese meter primera. Tanto es así que en lugar de que la escena arranque, el coche se cala.

De esta forma el niño pijo se mete por dirección prohibida y, pese a que está pendiente de casarse, no se puede resistir a los encantos de nuestra femme fatale, así que antes de dar marcha atrás decide implicarse a fondo. No tarda en aparecer Navas, el chico malo de la historia, que interpreta el papel de un atracador amante de las carreras ilegales de coches. Desde este momento la peli es solo suya, del trio la, la, la. El pijo utiliza su ‘área de descanso’, un apartamento situado en pleno centro de Madrid, como picadero y lugar de encuentro con la chica guapa. Mientras, el duro de la peli, preocupado más por las apuestas y la velocidad, tiene que ver como en el primer cambio de rasante el atontado de Mikel le quita la novia.

La peor parte se la lleva Julia (María Castro). Su prometido se salta todas las normas habidas y por haber: la deja tirada tras anunciar su compromiso, se enamora de la chica de Amman y roba su dinero para ayudar a la panda de delincuentes. Es todo un tira y afloja entre malos, buenos, lo permitido y lo que no. Mucho ruido, poco olor a gasolina, nada de vértigo, algunos coches molones, un código de circulación mal aprendido y unos actores encantados de conocerse a sí mismos.

Una vez aquí me quito el cinturón. Ni vértigo, ni riesgo ni adrenalina, alguna escena "picantona" con una subida de termostato al ver a Alex González semidesnudo, porque es guapo y con pedigrí. Lo mismo habrán pensado ellos de Adriana Ugarte, que ha sabido utilizar muy bien su sex appeal. Me levanto de la butaca y miro mi carnet: debe de ser que yo no lo hice tan mal, porque regreso a mi casa sin multa, con los puntos intactos y sin que nadie me pare para hacerme la prueba de alcoholemia. Eso sí, nada de coches de lujo, porque regresar, regreso tal y como me fui: en transporte público.


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