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Brady y Belichick: el corazón de los Patriots entre el éxito y la sospecha

El entrenador tiene fama de ultraprofesional, de huraño y de difícil trato. El quaterback es la imagen perfecta, correcto en el campo, hipercompetitivo, de buena presencia. Incluso está casado con una supermodelo, Giselle Bundchen.

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La relación del entrenador y el quarterback es el corazón del fútbol americano. No lo único, pero sí lo esencial. En un deporte marcado por las miles de variables tácticas es imprescindible un buen estratega y un brazo que sepa plasmar en la realidad los dibujos de un jefe.

Con esa premisa inicial no es de extrañar que los New England Patriots sean el equipo más exitoso de los últimos años. La franquicia ha conseguido juntar a Bill Belichick, uno de los mejores técnicos de siempre, con Tom Brady, que pelea con Joe Montana por la hegemonía histórica en la posición de mariscal de campo. Algunos medios estos días se empeñan en buscar dónde está la clave del éxito, si en el demiurgo o en el deportista, aunque es difícil entender al uno sin el otro. Este domingo jugarán su sexta Superbowl, contra los Seattle Seahawks, buscan su cuarto título. Bellichick igualaría a Noll en la cima de los entrenadores, Brady a Montana y a Bradshaw en la de los quarterbacks.

Belichick tiene fama de ultraprofesional, de huraño y de difícil trato –es especialista en saltarse ruedas de prensa–. El tiempo le ha mostrado como un revolucionario, entre otras cosas porque nunca tuvo miedo a tomar decisiones. Temporada tras temporada decide dejar marchar a algunas piezas teóricamente fundamentales de su equipo porque piden demasiado y consigue otros jugadores, supuestamente peores, a los que termina haciendo funcionar como un reloj. Entre todos sus cambios el más audaz fue el de confiar en Tom Brady, su obra magna.

Belichick tiene fama de ultraprofesional, de huraño y de difícil trato

Y no era fácil verlo, pues Brady no era nadie. Su historia representa el sueño americano en todo su esplendor. El chico californiano que no dejó de trabajar hasta llegar a la cima, sin hacer gran caso de las adversidades, que fueron muchas. Fue escogido en el draft con el número 199, una posición que normalmente significa que nunca se jugará en la élite. Comenzó como sexto quarterback de los Patriots, lo que en teoría significa no disputar nunca un partido oficial. Su capacidad de sacrificio y el buen ojo de Belichick le terminaron dando la posición de titular y convirtiéndole en leyenda. Es difícil encontrar en la historia del deporte alguien que llegase a más desde una esperanza nula.

Brady es la imagen perfecta, correcto en el campo, hipercompetitivo, de buena presencia. Suena a tópico de serie televisiva, pues incluso está casado con una supermodelo, Giselle Bundchen. Está obsesionado con la forma física y va a todas partes con Alex Guerrero, un fisioterapeuta de origen argentino mal visto por sus compañeros por incluir entre sus postulados cuestiones poco comunes como la medicina oriental. Guerrero es el confidente de la estrella, llegando incluso a ser el padrino de su segundo hijo, la mayor parte del año la pasa junto a Brady, cuidando su alimentación y sus ejercicios así como desarrollando el TB12, el método que ambos comercializan como clave del éxito físico del jugador. El quarterback pelea contra el tiempo, casi literalmente. Quiere no solo ser el mejor, también el más longevo. Tiene 37 años, solo Elway jugó una superbowl con más edad (38). Cuando es preguntado cuál es su título favorito siempre responde lo mismo: “el siguiente”. Muchos –incluso el padre del jugador– piensan que esta obsesión por no envejecer conducirá irremediablemente, más pronto que tarde, a enemistarse con su entrenador. No en vano este es conocido por su frialdad para prescindir de jugadores en declive, por más importantes que sean.

Brady no era nadie. Fue escogido en el draft con el número 199, una posición que normalmente significa que nunca se jugará en la élite

Todo podría parecer de color de rosa en el campamento de los Patriots, pero las historias perfectas son solo propias del cine, no de la vida real. El equipo de Nueva Inglaterra, en especial su técnico, tiene una larga historia de éxito, pero también de controversias. En 2007 la NFL abrió una investigación porque se dieron cuenta de que el equipo técnico de los Pats se dedicaba a grabar los gestos de los rivales, para así predecir los movimientos que estos indicaban. En un deporte en el que prima la táctica sobre todas las cosas (los quarterbacks tienen que aprenderse libros enteros llenos de rutas de corredores y receptores así como variaciones múltiples de cada acción) la ventaja de saber lo que va a hacer el rival es enorme. Fue sancionado con medio millón de dólares, la mayor multa que un individuo puede recibir en la liga y la más grande que ha existido nunca en la NFL, que no es precisamente un campeonato escaso de escándalos.

Nunca se ha podido determinar hasta que límite utilizó Bellichick este tipo de tácticas y, consecuentemente, tampoco se sabe cuál es la importancia del espionaje en su legado. Cierto es que, desde entonces, no ha vuelto a ganar una Superbowl, aunque también lo es que el éxito se ha mantenido, llegando a play off en todas las temporadas en las que Brady ha estado sano (se perdió la temporada 2008 por una lesión).

El Spygate, que así se llamó al caso, no es la única sospecha de trampas en los últimos años. En el último partido de los Patriots se dieron cuenta de que 11 de las 12 pelotas con las que jugaron los de Nueva Inglaterra (que llevan su propio material) estaban infladas por debajo de lo permitido. Este defecto permite a Brady un mejor agarre de la pelota  y una reducción de los errores que permite que haya menos fumbles –caídas del balón cuando se tiene en posesión–.

En 2007 la NFL abrió una investigación porque se dieron cuenta de que el equipo técnico de los Pats se dedicaba a grabar los gestos de los rivales

Aunque los especialistas en estadística, como los numerólogos de la web fivethirtyeight.com, consideran que este hecho no explica por si mismo las victorias de los Pats, sí que es una nueva mancha en el legado del equipo. Slate, una página especializada en reportajes, asegura que desde 2006 los Patriots son el equipo con menos problemas en el agarre del balón, los que menos bolas pierden en esas circunstancias y que los jugadores que se marchan de la franquicia tienen después más problemas para mantener la posesión. En aquel año se cambió la norma sobre el material a petición de Peyton Manning, uno de los mejores QB del mundo y, como no, de Brady. Antes el material lo aportaba siempre el equipo local, ahora cada equipo lleva el suyo.

En los últimos días Brady ha estado intranquilo. Habitualmente confiado de sus posibilidades, muy centrado, estos días no deja de decir que no sabía nada sobre el defectuoso hinchado de los balones que utiliza. Los tabloides neoyorquinos, que le tienen especial inquina –la rivalidad entre la Gran Manzana y Boston en el deporte es un clásico americano– no ceja de hacer titulares en los que se ríen de su uso de la palabra bolas, repetida hasta la saciedad en una reciente rueda de prensa en la que Brady no encontraba las palabras para justificar los hechos. Queda saber hasta que punto influyen esos nervios en el gran partido.   


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