Mundiales de atletismo en Moscú

Del disco rayado de Pestano a la mochila de la sospecha con la que debe correr Ángel Mullera

El canario se metió en la final del lanzamiento de disco, aunque una vez más sin llegar a la mínima, mientras que el catalán, que antes de Londres 2012 fue relacionado con productos dopantes, lo hizo en la de los 3000 obstáculos.

Las finales a medias de Pestano

Por la mañana Mario Pestano se metió en la final del lanzamiento de disco, sin llegar a la mínima pero entrando entre los doce mejores al lanzar 62.80. A los pocos segundos empezaron a salir noticias que decían que el canario se convertía con esto en el atleta español que más veces ha conseguido llegar a la final de unos Mundiales, lo cual es sorprendente porque también es recordado como un competidor mediocre, por decirlo de alguna manera, incapaz de soltar el brazo en la alta competición.

Entonces, ¿qué pasaba? Pues que la información era cierta, pero sólo a medias. Sí, por sexta vez Pestano lanzó suficiente en la clasificación, pero eso no es exactamente ser finalista, pues sólo los ocho mejores se consideran en esas posiciones de privilegio. Es decir, técnicamente sólo lo serán los que superen la mejora mañana en la final. Con esa definición sabemos que en una ocasión, en 2003, Pestano llegó realmente a la final, pues fue octavo. El capitán de la selección, un hombre de poderosas marcas en el disco, tampoco ha estado nunca entre los ocho mejores de los Juegos. En la segunda jornada del disco le acompañará Frank Casañas, que también tiró el plato a 63.17 metros y quedó octavo en la clasificación.

La sonrisa de Shelly-Ann

La velocidad femenina no tiene a Usain Bolt, motivo por el cual sus carreras nunca tendrán una atracción ni similar a la masculina. El problema no es únicamente la ausencia del mayor coloso del atletismo actual. Hay otro tema que lastra la competición aunque, en realidad, no tenga influencia en el devenir del campeonato. Su problema es Florence Griffith-Joyner y su estratosférica marca de 10.49, fuera del alcance de cualquier mujer. Una de las gracias del atletismo está en transportar los bordes de la realidad, dar la sensación de superación del género humano. Y para ello se piensa en récord, un récord que es imposible por una marca legal pero muy sospechosa en una época en la que los controles no tenían la capacidad de hoy en día para detectar tramposos.

Shelly-Ann Fraser-Pryce, la campeona, paró el cronómetro en 10.71, es lo máximo que se ha corrido esta temporada. La jamaicana ha conseguido, en la sombra, unos resultados asombrosos, ya es dos veces campeona olímpica y otras tantas campeona mundial. Es, además, una atleta curiosa, sólo levanta del suelo 1.52, nunca deja de sonreír y corre como lo hacían zipi y zape, con el torso por delante de las piernas y cierta sensación de que puede romperse antes de la meta. Efectivo en cualquier caso.

El suspiro de 400

Amantle Montsho, campeona del mundo en Daegu, enfilaba confiada la última recta del 400. Iba fatigada, pero su distancia parecía suficiente para ser la reina de la vuelta al estadio. La atleta de Botsuana se las prometía felices, pero apareció Christine Ohuruogu (plata en Londres, oro en Pekín) para aguarle la fiesta y poner incertidumbre a la tarde. La británica esprintó hasta alcanzar a Montsho, ambas cruzaron simultáneamente la línea, se miraron con cierto recelo, se dieron la mano. Las rivales saludaban y felicitaban a las dos, pues nadie tenía claro a quién pertenecía el oro. El videomarcador señaló a la británica. Ohuruogu había vencido por cuatro milésimas, una diferencia nimia que separa la gloria de la consolación, una vibrante carrera.

Mullera y la credibilidad

Era pronto cuando se corrieron las series de los 3000 obstáculos. Allí estaba Ángel Mullera, ese atleta que no estuvo en Londres, apartado porque se habían descubierto unos planes de trabajo que incluían también una intensa relación de productos dopantes. El TAS le dio la razón por aquellas y terminó sobre el tartán británico.

Este lunes se metió en la final de su prueba. Lo hizo por tiempos, pues fue cuarto en su serie. Verle correr, sin embargo, causa desasosiego. Los que aman este deporte y la limpieza del mismo, los que creen que se puede ganar sin ayuda química, desconfían de aquellos papeles que vieron en su día. Es difícil que un atleta con esa mochila haga levantarse de la silla al verdadero aficionado.


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