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Messi y su cambio de fogueo

Minuto 66. El Barça va ganando por dos goles a cero al Ajax. Luis Enrique se viene arriba: "Messi, eh, tú, cambio". Ahí, valiente, para los que pensaban que no se atrevía. Y el argentino agacha la cabeza y se va del campo sin rechistar. Hasta saluda a su sustituto, Munir. Los pantalones los lleva el entrenador del Barcelona, qué se pensaban. "Se habló mucho, se dijeron muchas cosas, pero Luis Enrique es el técnico y me cambia cuando quiere", comenta luego el mejor futbolista del mundo. "Las malas interpretaciones suelen acercarse siempre cuando llega el clásico, qué casualidad", despeja el propio DT culpando del revuelo a la prensa partidista. En menos de tres días, tormenta zanjada.

Como escenografía estuvo bien, pero poco convincente. O más bien vacía. Fogueo. La imagen del sábado en el Camp Nou, con Luis Enrique rogándole a Messi su sustitución (venga, sí, déjame cambiarte), y con el argentino clavándose en el campo (no, estoy bien, me quedo), es de las que perduran, de las que se comentarán sin importar el número de años que hayan pasado, de las que retratan a un entrenador y cuestionan su personalidad no sòlo frente la grada sino también ante sus subordinados (el del bastón de mando y el resto). Messi no es uno más, siempre se ha sabido, pero un entrenador debe cuidar mucho de que ese matiz diferenciador no sobrepase su propia jerarquía. Un problema con el que Guardiola y Martino tuvieron que convivir, Luis Enrique, el de no le tose ni Dios, lo ha televisado a la octava jornada hasta quedar en evidencia.

Es verdad que en equipos como el Barcelona y el Real Madrid se exagera todo, el mínimo desliz tiene una repercusión mayúscula, desestabiliza. Pero es precisamente por eso por lo que es necesario ser más cuidadoso. Luis Enrique debe medir muy bien ante quién se desnuda. Haya clásico a la vuelta de la esquina o no. El entrenador del Barça es como la mujer del César. Es por eso que esos banquillos son más complicados que los de equipos sin tanto entorno, lo que justifica los salarios más altos. El pecado de Luis Enrique ante el Éibar, su sumisión ante el que le debía obedecer, no es propio de un jefe del Barça. Y esa sensación no se borra por más obras de teatro posteriores que se representen.


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