Cultura

'Negro', sobre Félix Romeo: un libro fallido. Ni literatura, ni periodismo

Jorge Martínez Lucena, filósofo y profesor en Comunicación, se ha atrevido con un grande; y ha salido perdiendo. Mejor dicho, han perdido todos: el protagonista y el lector. Se trata de Negro, un libro sobre Félix Romeo que en lugar de arrojar luces sobre el escritor, lo desenfoca. Transforma en rara e imprecisa mueca a alguien que merecía algo más, algo mejor. Algo, al menos, bien escrito.

Un detalle de la portada del libro.
Un detalle de la portada del libro.

Una. Sólo una página de este libro es salvable. Y ni siquiera es suya.Se la debe, completa, a Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011), el personaje con el que se ha atrevido Jorge Martínez Lucena en Negro. Desde que te fuiste se nota el silencio (Libros del K.O, 2014), un volumen que pretende acercarse a uno de los mejores escritores de su generación, acaso uno de los más influyentes, y cuya muerte, demasiado reciente todavía, hace difícil cualquier retrato que haga verdadera justicia al creador y al ser humano. Quien lea las páginas de este libro notará, muy pronto, que esbozar, describir, documentar, completar no parecían la intenciones de Jorge Martínez Lucena. No. Las suyas eran otras. Las que tendría alguien que se ha sentado a escribir con una idea ya clara –y muy suya- de quién era el hombre que quería retratar; o aquel junto al que quería retratarse.

Una página -solo una- de este libro vale la pena.La número 86, que transcribe un fragmento de Por qué escribo, un potente texto de Félix Romeo que exprime la pulpa de lo que el oficio significó para él y que sirve de bitácora para aquellos que se toman, con seriedad, el oficio de la palabra. Publicado en 2013 en una recopilación de los artículos de Romeo que hicieron Eva Puyó e Ismael Grasa en la editorial Xordica, Por qué escribopuede que sea lo único real que de Félix Romeo exista en este libro. Ese folio, solo ese, con las comillas que le protegen y le preservan. El resto, es un ejercicio fallido. Un intento de alguien –Martínez Lucena- a quien parece importarle más imponer su voz que abrir camino a las muchas otras –la de amigos, personas cercanas, familiares- que intentan contar quién fue Félix Romeo. Se trata de una voz que se entretiene en sí misma –que disfruta escuchándose; explayándose, a veces truculenta, otras frívola- y deja de lado, incluso, el material más importante: la obra de Romeo.

Escrito con la fórmula de quien levanta una misiva, Negrointenta usar el registro que empleó Félix Romeo en Amarillo (Plot, 2008), su tercer libro tras Discothèque (2001) y Dibujos animados (1994). En aquellas páginas, Romeo se dirigía –a través del diálogo que permite la ficción- a su amigo y compañero de piso en Barcelona, el escritor Chusé Izuel, quien se suicidó a principios de los años noventa. Con Amarillo, Romeo buscaba resolver un episodio devastador en su vida. Martínez Lucena usa ese modelo, mejor dicho, lo usurpa. Porque ni él es Félix Romeo para conseguir sostener ese registro, ni llegó a conocerle como para tomarse esa atribución.

Se asoma a la vida de Romeo con una mirada indiscreta y poco elegante que se entretiene en anécdotas más domésticas que personales y busca mugre allí donde debería rastrear verdad.

Esa decisión –arriesgada, aunque también a su manera legítima-, no sería reprochable de no ser por un elemento de base: la poquísima humildad con la que Martínez Lucena la ejecuta. Mal utilizando las herramientas del reporterismo –la entrevista, el testimonio de quienes sí conocieron a Romeo e incluso los textos del escritor-, Martínez Lucena no hace ni periodismo ni literatura. Acaso una rara e irregular colección de anécdotas e imprecisiones que no logran sostenerse ni con la seriedad de la comilla. En un arranque acaso demasiado sincero, Martínez Lucena se confiesa más interesado en un muerto que en un escritor. Le interesa el hombre tendido en un sofá,fulminado por un ataque al corazón, que el autor. Se asoma a la vida de Romeo con una mirada indiscreta y poco elegante que se entretiene en anécdotas más domésticas que personales y busca mugre allí donde debería rastrear verdad, o las versiones de una verdad que le ofrecen quienes hablan con él.

“Pese a que no te conocía, pese a que no sabía tu nombre, te había visto alguna vez en televisión presentando La Mandrágora. Quizás ya entonces habías despertado en mí una cierta simpatía. No sé. Lo que está claro es que tu muerte me impactó reiteradamente. Tantas veces como fue necesario para que me diese cuenta (…) Desde el principio, lo que fui leyendo sobre ti me llamó la atención. Tu vida, que tu muerte comunicaba, era algo interesante”, escribe Martínez Lucena, convirtiendo su perplejidad en aceite malo para lubricar una prosa que se atasca, que busca el efecto en lugar del dato. Se trata de alguien que se preocupa más por ahondar en cosas como el sobrepeso de Romeo, su afición al negro o su supuesta encubierta tendencia a la melancolía, en lugar de explicar al lector –por ejemplo- por qué Félix Romeo se negó a hacer el servicio militar y cuál fue el significado que tuvo –en su escritura- el tiempo que pasó en la cárcel de Torrero, por insumisión, entre 1994 y 1995. Episodio que el propio Romeo relata en las páginas de su novela póstuma Noche de los enamorados.

Da la sensación de que se entretiene Martínez Lucena en entresijos ya previamente urdidos y que poco aportan a la figura de Romeo.

“Puede que se piense que exagero si digo que te he conocido en tus amigos”, escribe. Y, sí, es cierto que Martínez Lucena dice hablar –en algunas veces escribirse- con el círculo cercano de personas que acompañaron a Félix Romeo: sus padres; las dos mujeres con las que compartió su vida: Cristina Grande y Lina Vila; sus amigos, entre ellos,Pepe Cerdá, Daniel Gascón, Aloma Rodríguez, David Trueba, Jonás Trueba, Malcom Otero Barral, Marcos Giralt Torrente, Javier Tomeo, Ismael Grasa, Chusé Raúl Usón, Antonio Pérez Lashea, Carlota del Amo, Miguel Aguilar, Ignacio Martínez de Pisón –cuyo prólogo es uno de los pocos salvavidas con el que cuenta el lector-… Se jacta de entrar en los afectos de Romeo. Y da la sensación de que se entretiene Martínez Lucena en entresijos ya previamente urdidos; en alusiones acaso demasiado personales de quienes hablan y que poco o nada tienen que ver en el perfil del escritor, dejando a su paso un reguero de confusión: hechos contados a medias, poco contrastados –muchas veces falta precisión en fechas y acontecimientos- y lo que es peor,intrascendentes.

No pretende esta nota decir quién era el verdadero Félix Romeo –no pretende ni puede quien escribe hacer tal cosa-, pero sí apuntar cómo un mal libro sobre un gran personaje puede perpetrar la imprecisión, la ambigüedad e incluso la vanidad como el peor martillazo. Desdeña Martínez Lucena no sólo la obra narrativa de Romeo –cita muy poco sus novelas- sino su obra periodística. Se entretiene en hacer valoraciones críticas de los libros de los amigos de Romeo –Tiempo de vida de Giralt o Entresuelo de Daniel Gascón, por citar algunos- en lugar de ir a la fuente, a las muchas reseñas y ensayos que dedicó Romeo a los libros. Se atreve incluso a compararlo con Limónov, el personaje de la última novela de Emmanuel Carrère. Intenta una bitácora de las lecturas de Félix Romeo y lo que consigue es crear un gran desastre.

Habría que quebrar una lanza y preguntarse cuánto de honesto –o de valiente- tiene este libro que pretende difundir la obra y la figura Félix Romeo a la vez que lo desdibuja.

Ya José Luis Melero –escritor, investigador y amigo cercano de Romeo- hizo una crítica en el Heraldo de Aragón acerca del desconcierto que le produjo Negro. De la perplejidad que causaron los silencios de Martínez Lucena sobre ciertos personajes clave en la vida del escritor –por ejemplo Labordeta- o del uso anárquico, a veces inconexo, que hace este de testimonios y hechos. Sin embargo, habría que quebrar una lanza y preguntarse cuánto de honesto –o de valiente- tiene este libro que pretende difundir la obra y la figura Félix Romeo a la vez que lo desdibuja.

¿Por qué ejecutar un libro de una forma tan errática? Amplísimas digresiones llevan a hablar de cómo si Romeo leía a determinado autor, Martínez Lucena leía a Umbral en El Gijón; para decir que Amarillo tiene algo de “plató televisivo”, se enreda el autor en alusiones a Mercedes Milá; si aclara que Romeo vivía en el Edificio España, acota que él, al llegar a Madrid, pensó en rentar allí un piso. El problema no es sólo que lo haga, sino las muchísimas veces que incurre en ese protagonismo exagerado.

Martínez Lucena se mete a la fuerza en lugares donde nadie le llama –ni el lector, ni la obra de Félix Romeo- y en aquellos donde no consigue entrar por la vía del periodismo–porque le falta el dato, el testimonio, la cita- lo resuelve con sentimentalismo del malo, como quien deja los dedos marcados en un cristal a través del cual ya no se puede ver nada. Es cierto que hacer un relato total de alguien complejo es una empresa tan difícil como arbitraria. Pero no hay nada peor que las buenas intenciones. Y, en el caso de que así fuesen las suyas, puede que este libro sea una prueba de ello. De lo contrario sería algo peor, mucho peor, a mitad de camino entre el oportunismo y la frivolidad.

Negro. Capítulo i

"Encontraron tu cuerpo el viernes 7 de octubre de 2011. Te habías quedado a dormir en casa de unos amigos que viven en Madrid: Aloma Rodríguez y su novio David Barreiros. Encontró tu cuerpo Barreiros. Aloma se había ido ya a trabajar. Cuando Barreiros te fue a despertar encontró tu cuerpo como muerto. Eso fue lo que dijo Barreiros a Daniel Gascón, uno de tus mejores amigos, cuando le llamó por teléfono: ven corriendo, Félix está como muerto. Y realmente habías muerto. Aquel era tu cadáver.

Y tu cadáver empezó a comunicar la noticia: Félix Romeo Pescador, escritor, crítico literario y agitador cultural, había muerto. Y fue una noticia que corrió como la pólvora. Entre tus amigos de Facebook, entre tus amigos periodistas, entre los periodistas culturales que no eran tus amigos, por las redes sociales, en multitud de publicaciones en papel y digitales, en blogs. Apareciste de nuevo como una noticia tanto en la televisión como en la radio. En aquella onda expansiva de dolor se escribía ya tu hagiografía posmoderna.

Fue a través de Facebook como me llegó reiteradamente a mí, que no te había conocido (...)"

Negro. Desde que te fuiste se nota el silencio. Jorge Martínez Lucena. Libros del K.O (2014)


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