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Antonio Martínez Ron

ANÁLISIS

La oscuridad que iluminó el conocimiento

Buena parte de lo que hoy sabemos sobre la luz lo aprendimos quedándonos a oscuras. Los eclipses como el de este lunes sirvieron para abrir los ojos a la humanidad y para sobreponerse a las supersticiones. El viaje continúa.

La oscuridad es la ausencia de luz y por tanto una ‘no-cosa’, a pesar de lo cual parece adquirir corporeidad y es una magnífica fuente de información. Gracias a las sombras, los primeros hombres descifraron los secretos de la luz, midieron el diámetro terrestre y atisbaron el funcionamiento del ojo. Y también se aterraron. A partir de las 10h de este lunes (18h en la península), una sombra gigantesca recorrerá durante varios minutos el territorio de Estados Unidos y dejará centenares de lugares a oscuras, como lo estuvieron los primeros humanos que vivieron la experiencia de ver pasar la luna por delante del sol.

Los aztecas pensaban que los demonios de la oscuridad descendían durante el eclipse para comerse a los hombres

Técnicamente lo que vivirán será solo eso, una interrupción de la luz que nos llega desde el cielo, pero el fenómeno - incluso sabiendo a qué se debe - resulta sobrecogedor. El cielo se oscurece por completo, baja la temperatura y empieza a soplar el viento, como si una criatura monstruosa estuviera devorando el astro. Así lo creyeron los chinos, quienes golpeaban cazos y sartenes para espantar a los dragones que se estaban comiendo el sol; los habitantes de la India, que se sumergían hasta el cuello en el agua mientras aquella batalla se libraba en los cielos; o los aztecas, que pensaban que los demonios de la oscuridad descendían durante el eclipse para comerse a los hombres.

Solo cuando nos sobrepusimos a nuestros miedos, empezamos a obtener información de aquellos episodios de oscuridad sobre la Tierra. En el año 129 a. C. un eclipse total en el estrecho de Dardanelos que separa Europa y Asia y al que los griegos se referían como el Helesponto, inspiró a Hiparco para realizar un curioso cálculo. Como tenía los datos del eclipse en Alejandría, donde había sido parcial, podía usar las posiciones de la sombra de la Tierra sobre la Luna para triangular y calcular la distancia de la Tierra a la Luna mediante un simple problema de geometría. Y se quedó cerquísima del dato real. Muchos siglos después, con instrumentos de observación más modernos, los eclipses sirvieron para hacer grandes descubrimientos. En 1868, el físico francés Pierre Janssen viajó hasta la India para contemplar un eclipse total y apuntó al Sol con su espectroscopio. Entre las líneas del espectro encontró una fina marca amarilla que no supo identificar. Había descubierto en el sol un elemento nuevo, el helio, antes de encontrarlo en la Tierra. Y en 1919 el astrofísico británico Arthur Eddington viajó a la isla de Príncipe, en el golfo de Guinea, para observar el eclipse solar del 29 de mayo y poner a prueba la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein. Sus observaciones y fotografías mostraron supuestamente que, tal y como predecía la teoría, el campo gravitatorio del sol curvaba la luz de las estrellas que estaban detrás, algo que solo se podría observar cuando un objeto tan grande como la luna bloqueaba la luz solar.

El español José Joaquín de Ferrer fue el primero en llamar “corona” al anillo de luz

La lista de observaciones y descubrimientos a partir de los eclipses solares es muy extensa, pero su principal valor científico es que permite observar con bastante nitidez la llamada corona solar. En 1695 Johannes Kepler intuyó que aquella cabellera de “llamas rojas” que asomaba detrás de la luna cuando esta se interponía entre la Tierra y el Sol eran los rayos solares pasando por la atmósfera lunar. Pero se equivocaba, porque la luna carece virtualmente de atmósfera. En 1724 el astrónomo franco-italiano Giacomo Filippo Maraldi propuso por primera vez que aquel aura rodeaba al sol y no a la Luna, pero sería el español José Joaquín de Ferrer quien le pondría nombre al fenómeno. Ferrer formó parte de las primeras expediciones que estudiaban los eclipses solares a Cuba en 1803 y al estado de Nueva York en 1806. En el registro de este último eclipse, además de dibujarlo, describió como “corona” al anillo que aparece tras la luna durante el eclipse solar. “El disco solar”, escribió, “aparece definido, muy oscuro, en contraste con la corona luminosa”.

Esquema de la corona realizado por José Joaquin de Ferrer en 1806
Esquema de la corona realizado por José Joaquin de Ferrer en 1806 José Joaquin de Ferrer

Hoy en día los eclipses siguen siendo útiles para tomar datos de la corona y son, en palabras del astrónomo Jay Pasachoff, una ocasión única para tomar datos de esta región del sol. Por lo que se ha encontrado en el registro histórico, la observación de este fenómeno se remonta a la noche de los tiempos, y los primeros humanos dejaron testimonios que nos permiten pensar que vieron los rayos del sol asomando tras la luna durante los eclipses. El más antiguo es quizá el panel de arte rupestre encontrado en Aspeberget, en Suecia, y realizado hace más de 3.000 años, en la edad de bronce. La pintura representa el sol como un disco redondo del que parecen emanar una especie de rayos con formas caprichosas. En el cañón del Chaco, Nuevo México, los indios Pueblo dejaron un testimonio más reciente de la observación de una corona. En una roca llamada Piedra del Sol tallaron un petroglifo que a primera vista parece una especie de pulpo o una araña, pero que, según algunos científicos, representa en realidad el eclipse solar del 11 de julio de 1097 y una eyección de masa coronal. “Si nuestra interpretación es correcta, intentaron representar la visión extraordinaria de la corona, como algo nunca visto hasta ahora”, asegura el profesor J. McKim Malville, quien ha estudiado en profundidad este petroglifo situado en Nuevo México.

El petroglifo del cañón del Maco que representa una corona solar durante un eclipse en 1097
El petroglifo del cañón del Maco que representa una corona solar durante un eclipse en 1097 J. M.Malville

El investigador español José Vaquero participó en 2014 en el estudio para comprobar si la representación puede corresponder con una eyección de masa coronal del sol en un momento de gran actividad. Su trabajo consiste precisamente en reconstruir la actividad del sol del pasado a partir de documentos y registros históricos y el petroglifo del cañón del Chaco era una ocasión ideal. “La corona cambia de forma dependiendo de la fase del ciclo solar”, me explica. “Cuando el ciclo está en su máximo la corona tiene una forma siempre mucho más circular, mientras que cuando está en un mínimo la corona es mucho más ecuatorial, salen unos rayos por el ecuador del sol”. Así que tomaron datos de los anillos de los árboles antiguos de la zona, donde queda registrada la actividad solar, y recopilaron los testimonios de auroras observadas aquel año en Europa y todo les llevó a concluir que efectivamente, en aquel elipse de 1097, la actividad solar era alta y se corresponde con lo representado en la roca por los indios.

“Por los eclipses podemos ver cómo la Tierra se está frenando”

“Una de las utilidades de estudiar eclipses del pasado es que si el eclipse está bien datado podemos saber en qué estado estaba el sol en ese momento, lo que complementa con la información de la gente que trabaja con isótopos en testigos de hielo o los anillos de los árboles”, asegura Vaquero. Conocer las variaciones de la actividad solar también nos sirve para mejorar nuestras predicciones sobre futuras tormentas solares y estudiar el cambio climático, y para algo aun más interesante de lo que ya se había dado cuenta Edmund Halley en 1695: medir la velocidad a la que la Tierra está girando en los últimos miles de años. “Si tienes un eclipse bien datado como el de Chaco Canyon, tener ese conocimiento nos ayuda a conocer cómo rota la Tierra, cómo son las variaciones de velocidad”, sostiene Vaquero. “En otras palabras, por los eclipses podemos ver cómo la Tierra se está frenando y cómo lo ha hecho en los últimos 2.000 años”. De hecho, si tuviéramos un reloj atómico funcionando desde entonces y lo hubiéramos comparado con un reloj basado en la rotación de la Tierra, “habría acumulado unos 10.000 segundos en 2.000 años, es decir, casi tres horas de diferencia en dos milenios”.

El petroglifo en la roca de Nuevo México en la que se encuentra
El petroglifo en la roca de Nuevo México en la que se encuentra J. M. Malville

El asunto va más allá de lo anecdótico porque gracias a estos datos, y a las mediciones de distancia a la Luna que se hacen disparando un láser contra los espejos que dejaron los astronautas de las misiones Apolo, ahora sabemos que nuestro satélite se separa de la Tierra a un ritmo de unos 3,8 cm por año. De manera que la observación de los eclipses nos ha servido para saber que los propios eclipses serán cada vez menos frecuentes - debido a que el disco de la luna será cada vez más pequeño y no podrá cubrir el sol entero - e incluso habrá un momento en que no haya más eclipses totales, aunque se fecha para dentro de 620 millones de años.

Quizá aquellos indios aprendieron a celebrar lo hermoso que era el universo

Pero si hay algo especialmente interesante en el eclipse representado en las rocas del Cañón del Chaco es lo que nos dice sobre los hombres y mujeres que lo contemplaron. Se trata de una representación de celebración, no de temor, y esto lleva a Malville a pensar que es una prueba de que no todas las culturas vieron este fenómeno como una amenaza y que en algunos pudo despertar el sentido del asombro y la maravilla. En los años siguientes, los indios Pueblo construyeron más casas situadas en un risco desde el que podían ver mejor el sol y los solsticios. Quizá aquella experiencia les hizo interesarse aún más por el cosmos y lo vieron como un fenómeno maravilloso y no terrorífico. Quizá los eclipses fueron señal de mal augurio para casi todas las culturas menos para aquellos indios que celebraron lo hermoso que era el universo y atisbaron las escalofriantes dimensiones del sistema solar y el espacio que nos rodea. Quizá, cuando todo está oscuro y las señales son aciagas, merezca la pena mirar de otra manera y mantener un hilo de esperanza. Quizá, si aprendemos a mirar, siempre haya un motivo de optimismo cuando nos acecha la oscuridad.

Ver también: Cuando la NASA disparó contra el eclipse


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