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Karina Sainz Borgo

Cultura

Arrancarse el anzuelo o dormir en aceite hirviente

Un detalle de la portada de 'La mirada de los peces'.
Un detalle de la portada de 'La mirada de los peces'.

A la hora de cenar el barrio de San José olía a fritanga y a vidas no vividas. El ganador de un Oscar o el delantero centro que nunca llegaron a ser tales compartían un plato empanadillas ultracongeladas con su familia. Así, con esas palabras aquí afeitadas de comillas, arranca Sergio del Molino La mirada de los peces, una novela que posee tanto de lucidez como de demolición. Un libro que arroja a la cubeta a quienes habitan ese cardumen que se forma en los calderos de aceite para freír.

En las páginas de La mirada de los peces (Literatura Random House), Del Molino ejecuta un retrato de sí mismo a la vez que reconstruye la vida del profesor Antonio Aramayona, docente partidario de la educación pública, el laicismo y el derecho a una muerte digna. Valga decir que las tres cosas las llevó hasta el final Aramayona; las tres. Una narración que se alterna entre el pasado y el presente, más como una interpelación que como un diálogo, aunque en el fondo sea ambas cosas.

En La mirada de los peces, Del Molino ejecuta un retrato de sí mismo a la vez que reconstruye la vida del profesor Antonio Aramayona

En un barrio del extrarradio de Zaragoza en el que sólo parecen existir la niebla, las pipas, los porros y el heavy metal, Sergio del Molino se retrata como un adolescente lleno de rabia y extrañamiento. Alguien que ansía escapar de una ciudad a la que no pertenece y de la que no es capaz de fugarse. El asunto no tendría nada de extraordinario –la adolescencia, ya se sabe, adolece-, de no ser porque es el Sergio del Molino adulto quien ilumina esa soledad que habrá de acabar en una fuente de empanadillas ultracongeladas.

Es en ese ambiente donde el autor de La España vacía narra la aparición de un profesor de filosofía que inoculó la capacidad de decidir entre quienes parecían tener la elusión como única alternativa. Adolescentes que crecían escapando de la paliza del macarra o del repertorio de desprecio de las coplillas de los Cabezones, llenas todas ellas de burricie y tradición. Aramayona: alguien que pedía a sus alumnos que lo convencieran, que le diera una razón, una sola, para no matar seis millones de judíos con el botón imaginario colocado en su pierna derecha.

Sergio del Molino ilumina esa soledad que habrá de acabar en una fuente de empanadillas ultracongeladas

El recorrido que hace Sergio del Molino por su adolescencia y la temprana juventud avanza de forma paralela con el envejecimiento de Aramayona. Ese proceso en el que uno camina hacia la vida y el otro se despide de ella. Surge así algo parecido a una novela generacional, aunque no lo sea... del todo. La mirada de los peces no es una descripción pastelera ni hagiográfica de un hombre excepcional. Es mucho más. Y por eso su lectura resulta tan necesaria como el puñado de sal sobre la herida abierta. 

El ajuste de cuentas está ahí, complejo como suelen ser casi siempre los asuntos pendientes. Aramayona gana músculo ante el lector con la hebra de lo humano: aquello que es contradictorio, insuficiente y al mismo tiempo extraordinario. Un profesor que se imprime en la vida de sus discípulos. Esa cosa iniciática que habrá de decantarse con el paso del tiempo. La enseñanza como proceso vital.

Un libro hermoso. Demoledor. Puñetero. Un elogio a la educación. A la capacidad de mirar y hacerse preguntas

A diferencia del maestro encarnado por Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos, el Aramayona que retrata este libro -como advierte Del Molino nada más arrancar- no aparece para enseñar a sus alumnos a sobrellevar la vida con Walt Whitman, sino para asaltarla. Para convencerlos de que se puede tener la sartén por el mango, en lugar de freírse en el aceite caliente junto a un puñado de calamares. Así lo escribe Del Molino. Como si nos arrancara las escamas, como si nos recordara que cada pez del cardumen de la fritanga está a punto de boquear fuera del caldero en el que nada.

Un libro hermoso. Demoledor. Puñetero. Un elogio a la educación. A la capacidad de mirar y hacerse preguntas. También, por qué no, de desconocerse. De abrazar y renegar. Una historia que viene como anillo al dedo en una semana donde alguien parece haber arrojado LSD en el agua potable que bebemos todos y que demuestra que algo no está del todo bien cuando existen 25 versiones distintas de una asignatura en una misma nación. Aunque ese no sea el objetivo de Sergio del Molino –sabrá él lo que en verdad quiso al escribir este libro- después de completar La mirada de los peces, el lector se palpa el paladar. Busca el anzuelo, aunque sea para arrancárselo.


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