Cultura

Miqui Otero, el hombre que no necesita escribir 37 finales de un mismo libro para provocar una tormenta

El escritor y periodista catalán ha viajado a Madrid para hablar de su más reciente novela, que lleva por título Rayos (Blackie Books)

Miqui Otero fotografiado por Elena Blanco.
Miqui Otero fotografiado por Elena Blanco. Elena Blanco

“¿Quieres una verbena de quesos españoles?”, pregunta Miqui Otero tras dar un vistazo a la carta del bar de Malasaña acordado para la entrevista. La camarera permanece junto a la mesa. “También hay lentejas con curry. Es el plato del día”. La chica señala un cuenco rebosante de legumbres. Acaso porque han transcurrido 20 minutos desde que llegaron al lugar, periodista y entrevistado se refugian en la tabla de semicurados, o lo que sea que han inferido que puede llegar a ser una verbenera de quesos en el menú de un local hipster.

-También hay croquetas- dice la camarera.

-Sí, eso, croquetas; también croquetas – responde el autor.

-Las hay de jalapeño, chipirones en su tinta y jamón ¿Queréis una bandeja con dos de cada?

-Sí –asegura el escritor mientras quien escucha intenta conseguir, de una vez por todas, la pluma que ha ido a parar al agujero negro de un bolso sin fondo.

Después de lidiar con la batería sin carga de un móvil y hacerse con un sitio próximo a un tomacorriente –y del que habrán de levantarse, porque el salón está lleno y ellos son dos en una mesa de cuatro-, algo parecido a una entrevista está por comenzar. “Al final, esto será como el Tristam Shandy”. Se refiere Miqui Otero (Barcelona, 1980) a la novela de Laurence Sterne, una 'versión' anglosajona del Quijoteen cuyas páginas pasa de todo sin que ocurra realmente nada.

“Tendrás que contar cómo nos fuimos a las tres y media, sin que consiguieras hacer la primera pregunta sobre Rayos”. La palabra queda en el aire, cual descarga eléctrica: Rayos, el título de la novela que ha motivado esta  conversación,  una historia tan satírica como melancólica, una que no desea cumplir las expectativas de nadie y que revela a Miqui Otero como alguien que ya no necesita escribir 37 finales de un mismo libro para desconcertar a quienes lo leen. Pero acaso, también, para provocar un incendio... o una tormenta.

La palabra queda en el aire, cual descarga eléctrica:

Rayos, el título de la novela que ha motivado esta  conversación

Si Miqui Otero es capaz de sorprender y enternecer, de hacer reír y a la vez callar a quien se desternilla, es justamente porque algo en sus libros posee precisión, belleza y cierta mala baba, toda la que podría esperarse de alguien con largas patillas y unas gruesas gafas de pasta que delatan nostalgia más que hipsterismo. Y aunque todo en Miqui Otero podría resultar pretencioso a simple vista, no lo es. Mucho menos su escritura.

Tras Hilo musical (Alpha Decay, 2010) y La cápsula del tiempo (Blackie Books, 2012), el barcelonés acomete el que –dice- es su libro más personal. En sus páginas retoma, con la intención de liquidarlos, aquellos que hasta ahora han sido sus temas esenciales. “En este libro hay una voluntad para cerrar el ciclo de mis novelas anteriores y que tiene que ver con la dificultad para hacerse adulto”.

Miqui Otero está convencido de que su generación se comporta como esos niños disfrazados de adultos en una función del cole: “Reímos demasiado en las escenas cómicas y somos demasiado melodramáticos en las trágicas”, dice. Cuando está a punto de continuar y redondear esa idea, llegan las croquetas. Son seis. Así, desmayadas sobre el plato, tienen la misma pertinencia que un pisotón. Entonces todo vuelve a comenzar, otra vez.

Sobre los Rayos, el Centella y la talla menos de una novela

-Esta historia es demasiado trágica para dar risa, pero también demasiado ridícula para ser trágica. Lo que comienza como una novela de iniciación va mutando hasta convertirse en una especie de novela satírica sobre Barcelona - dice Miqui Otero, quien nació en la capital catalana en 1980, el mismo año en que Jordi Pujol ganó la primera de las siete elecciones que lo mantuvieron como presidente de Cataluña durante 30 años.

Rayos, como su título, tiene la propiedad de partir en dos a quien la lee. Se comporta como un fogonazo que presagia tormentas –las que ya se acercaban en La cápsula del tiempo, el libro de los 37 finales- a la vez que ilumina aquello que permanece a oscuras. Ambientada en la Barcelona del año 2007, una ciudad encantada de haberse conocido, aunque se olvide a sí misma en su empeño de cosmopolitismo. Barcelona es como la lluvia, dice Miqui Otero citando a Eduardo Mendoza: precipita pocas veces, pero cuando lo hace, es a lo bestia.

Aquella capital que parece ocurrir a golpe de grandes ocasiones: desde la Exposición Universal que se celebró en 1929  -año en que se instalaron en Montjuic los rayos de luz que completan la metáfora de la novela-, hasta los Juegos Olímpicos de 1992. “Una de las cosas que más me gusta de Barcelona es que es mentira. Tiene una autopercepción que no se corresponde con la realidad, como una caniche que ladra a un perro grande porque en su cabeza ella también lo es”. En esa ciudad travestida en plató, los protagonistas de Rayos hacen lo que los figurantes o los pesos muertos: dejarse arrastrar.

“Una de las cosas que más me gusta de Barcelona es que es mentira. Tiene una autopercepción que no se corresponde con la realidad"

Todo comienza con la imagen de Fidel Centella al abandonar la casa de sus padres -a los que ya Miqui Otero se ha referido en una preciosa Obertura de árboles que sobreactúan-. No lo hace porque lo haya decidido, sino porque no tiene otra opción. Se ha quedado fuera tras dejar las llaves del lado de adentro. Su padre y su madre pasan unos días en el pueblo, aquel del que llegaron hace ya décadas. Esta vez, justo ésta, no están. Nadie vendrá a abrir. Vestido con un pijama,  Fidel Centella –el apellido del chico como una versión de baja intensidad, un desaire para el título- atraviesa la ciudad hasta el Raval, donde compartirá piso con sus amigos de infancia –se hacen llamar los Rayos-. Ninguno tiene más de 20 años, les queda todo por hacer y sin embargo no dejan de mirar atrás. Algo en ellos delata una niñez que ha durado demasiado.

Como Miqui Otero, Fidel Centella es lo que cualquiera podría entender como un charnego reloaded. Ambos –autor y personaje- son hijos de una pareja de gallegos que emigraron en los años 70 a Barcelona desde una aldea remota. El tiempo parece, en su caso, un desagravio entre generaciones: Fidel vive mucho mejor que ellos y parece no notarlo. Trabaja en un periódico llamado La verdad en el que, si realmente quisiera, podría quedarse a trabajar por dos duros; alguien que pudiendo elegir, prefiere que los hechos lo hagan por él. Vestido con esa camisa de Barcelona ’92 tres tallas menos que la suya, recita Balzac a la vez que echa de menos el niño que fue y que dejará de ser.

-Al leer esta novela, al lector le invade una sensación de tristeza, a la vez que de risa. Hay un humor entre cruel y paródico. Aún así, delata nostalgia. ¿Padece de tal cosa?

-La nostalgia es paralizante, retrógrada y reaccionaria, pero retrata bien. Es fotogénica. En un momento de la novela, Fidel asegura que la nostalgia es ponerse camisetas que te gustaban mucho y que ahora no te caben. Lo dice alguien que camina por la calle con una camiseta demasiado pequeña, demasiado infantil. En esta novela quería rescatar parte de memoria familiar propia y de la ciudad.

-La novela comienza en una larga carretera donde los padres de Fidel, como los suyos, se dirigen desde Galicia hasta Barcelona.

- Rayos comienza como una novela de iniciación pura y dura. La historia de los padres funciona como un contra relato de Fidel saliendo de casa de forma muy quejica y melodramática. Eso me permitía tensar un relato tragicómico y melodramático: sus padres deben salir a buscarse la vida y Fidel, que lo tiene todo y que va a mudarse a un piso que está a media hora de su casa caminando, es melodramático y excesivo. Es una novela tramposa en ese sentido, empieza con un primer plano y acaba ampliándose para retratar Barcelona.

-Fidel habla como quien evoca, con un aire de posteridad; algo pretencioso que lo vuelve hilarante.

-Me interesa lo pretencioso, porque es una ambición fallida. Fidel intenta darle una pátina de solemnidad a un hecho completamente ridículo. Muestra cómo consideramos que nuestras vidas son especiales cuando no lo son. Por eso la salida de Fidel de casa de sus padres es tan solipsista y autocomplaciente. Al avanzar la trama, tendrá que salir de sus obsesiones y retratar otras realidades.

El libro 'salsa':  intensivo de Barallet o cómo hacer surcos en el corazón del lector

Quien pregunta se da cuenta de que ha estado bebiéndose la cerveza del entrevistado. Este ya lo ha notado, pero no dice nada. En el número seis de una calle con nombre de poeta, un plato de quesos, uvas y nueces permanece intacto como una verbena sin baile. De vez en cuando, Miqui Otero gira su cabeza –sí, ya sabemos, los entrevistados siempre miran por la ventana o ladean la cabeza, pero es lo que hay-, fija la vista en un punto cualquiera del paisaje de Malasaña y permanece callado unos segundos, los suficientes para reordenar sus ideas.

"Creo hay una actualización del estereotipo del

charnego, además de la descripción de toda una época postolímpica que no se había explicado"

Siempre hay distracciones para llegar a La Verdad… la sede del periódico en el que trabaja Fidel y que acompañará su tránsito por un mundo distinto: el de la alta burguesía barcelonesa en el que lo introduce Diana, una chica que sirve a Miqui Otero para evocar a la niña pija que Juan Marsé hacía subir en un descapotable hasta el Carmelo en Últimas tardes con Teresa. Y aunque Fidel no es un pijoaparte ni mucho menos, el homenaje funciona. Diana forma parte de una clase a la que Fidel se muere por entrar y desprecia a la vez; a una familia en la que todos parecen haber tocado las teclas correctas. El padre de Diana, un arquitecto que practica la corrupción como un acto de estilo, lo invita a recepciones a las que jamás entraría por su propio pie y le presenta a su socio Tito – trasunto de Mariscal, el diseñador valenciano que pasó de hacer fanzines a diseñar la Barcelona olímpica-, un personaje sin el que no sería posible entender la Barcelona de los últimos 30 años: una ciudad hecha de migrantes. Del charnego fabril, pasando por el que se apoltronó en el status quo hasta llegar al vendedor ambulante.

En el transcurso de la trama, Fidel Centella también conocerá a Tinet Rocamora, el último afilador del Raval, un hombre que habla un idioma inventado –el barallete- y guía a Fidel por las nervaduras de un barrio donde se cuecen burbujas y los paquistaníes venden botes de cerveza por un euro. Dice Miqui Otero que Rayos es una novela de síntomas. “Creo hay una actualización del estereotipo del charnego, además de la descripción de toda una época postolímpica que no se había explicado. Y no lo hice porque pensara que la literatura estaba llamada a eso. Lo hice porque quería entenderlo”.

-¿Charnego sigue siendo un insulto en la Barcelona de hoy?

-Lo fue, pero es un arquetipo que ha mutado tanto que resuelta irreconocible. El mito del charnego ya no existe. Lo sustituyó un tipo de comunidad de inmigrantes muy distinta. Habrá que ver si el nuevo charnego genera otra literatura charnega. Y que saldrá de esa inmigración: los paquistaníes. Un día me referí a ellos como pakis. Mi padre me dijo que no les llamara así. ‘Nuestra situación y la de ellos era casi la misma, sólo que a nosotros sólo se nos notaba cuando abríamos la boca’. Mi padre trataba de explicarme que él inspiraba el mismo tipo de miradas por encima del hombro que inspira ese paquistaní.

-¿Fidel de siente interpelado por eso?

-Totalmente, Fidel va descubriendo en paralelo la corrupción de la amistad con sus amigos con la corrupción de la ciudad. Descubre las mentiras que puede llegar a explicar un periódico llamado La verdad, a la vez que descubre por su cuenta historias en el barrio. Las leyendas urbanas que circulan, que justamente son leyendas porque tienen una base real. Descubre una inmigración que existía, y que no me inventé para hacer ese barrio más folclórico, y que me permitía dialogar con las historias de migración de mis padres.

-¿Y Miqui Otero, qué? ¿Se siente interpelado por ese tema?

-Claro que me siento marcado por esa herencia. No puedo dejar de pensar que mis padres, al menos uno de ellos, no tenía luz eléctrica en la aldea donde vivió. Me parece un salto tan demencial.

Para formar parte de una generación que se viste con ropa tres tallas más pequeña de la que le corresponde y que experimenta suficiente nostalgia como para convertirla en rabia… o risa floja, Miqui Otero ha fabricado una novela que tiene la rara propiedad de partir en dos a quien la lee. Una en la que el lector de corazón correoso queda repartido a ambos lados de una grieta mientras arde como una zarza chamuscada. Eso ha hecho Miqui Otero: imaginar un incendio que el viento atiza de vuelta a casa… Si es que todavía existe algo como eso, una casa a la cual volver.

En el idioma inventado de Tinet, el afilador más antiguo del Raval, escribir significa arar. Esta novela está escrita así: haciendo surcos en el corazón de quien la lee.

Quienes cierran este libro ansían aprender Barallete, la lengua de Tinet, el afilador más antiguo del Raval. Alguien que se inventa un idioma en el que escribir significa “arar”. Esta novela está escrita así: haciendo surcos en el corazón de quien la lee. No llegaremos a saber si Fidel es un cobarde. Tampoco alcanzamos a ver cómo será cuando tenga 50. Lo ignoramos de la misma manera en que evitamos saber cómo seremos a esa edad. Al atravesar sus páginas, el lector siente tan inmensa tristeza como ganas de reír. Todo junto. Atronador y luminoso a la vez.

Así luce una novela que se comporta como la salsa: una de esas pocas melodías con las que se puede llorar y bailar a la vez. Ha de ser ese el Secreto de Los Rayos, esa canción que Fidel y sus amigos bailan ruidosamente en su piso lleno de ratones. "Por qué brillan solo si es de noche”… acaso para iluminar lo que permanece oculto, ya sea la historia de una ciudad que devino en exageración o el viaje de ida y vuelta que hace la memoria para conseguirlo. Habrá que esperar a que la próxima vez que llueva, “sea ron con limón lo que caiga del cielo”.

Son las cuatro de la tarde. En el número seis de una calle con nombre de poeta, quedan en el mantel los bordes mordisqueados del queso que habitó una verbena. También unas cuantas croquetas; algunas con el vientre rajado, ejecutadas malamente. Vamos, la casquería inofensiva de una bechamel. Ni rastro de la camarera que aparecía a cada rato, como un recurso de suspense que alguien olvidó retomar. Da igual. El final de la entrevista conjura su destino de no existir. De ella quedan como trozos de una verbena extinta, una imagen. La de un hombre que ya no necesita escribir 37 finales de un mismo libro para desconcertar a quienes lo leen. Alguien que no necesita de ninguna pose, que no pone cara de autor ni mete tripa al escribir. Pirómano en corazones ajenos, Miqui Otero se abre paso en Malasaña, ese huerto de nostálgicos que él habrá de arar con la mirada.

dicen sus editores de él...

Miqui Otero es muchas cosas, porque no para, pero detrás de ellas se esconde su única y más poderosa vocación: escribir. Novelista, periodista, organizador de eventos emocionantes (codirige los festivales Primera Persona, del CCCB, y Cine Low Cost, del Arts Santa Mònica), colaborador en múltiples medios como El País y Fotogramas, y ahora también profesor de periodismo y literatura en la UAB. En 2010 publicó su aplaudido debut en narrativa Hilo Musical(Alpha Decay), al que siguió La cápsula del tiempo (Blackie Books) y ahora Rayos.

Durante el resto del tiempo (¡aún le queda tiempo!), Miqui vive rodeado de historias. Historias que imagina a todas horas y que escribe en secreto desde muy pequeño, probablemente contagiado por esa gran cantera de la fantasía que es Mondoñedo (cuna de Álvaro Cunqueiro, y de personajes míticos como el Rey de las Tartas o el Mago Merlín), donde ha pasado todos sus veranos; también historias que escucha, siempre predispuesto (será por vocación), en bares o bodegas con nombre propio como Ramón o Rafel (ya amigos suyos), en el Mercat de Sant Antoni: sus sempiternas ganas-de-saber-más se muestran tan sinceras a ojos de los demás, que Otero acaba siempre enterándose de historias increíbles sobre ucranianos sin pasado, bangladeshíes sin presente y otros muchos héroes sin futuro; y pasaremos por alto las otras historias, las que lee, porque eso daría para un capítulo muy largo. Diremos solo que empezó en el mundo de los libros como nosotros, con Rodari. Y con eso estamos diciendo mucho.


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