Sociedad

Las apps abren paso a la economía colaborativa

Una nueva forma de entender el funcionamiento del mercado amenaza con terminar el modelo de hiperconsumo tradicional, y gracias a las apps, está extendiéndose de forma viral.

Las apps nos están facilitando la forma de organizarnos como sociedad
Las apps nos están facilitando la forma de organizarnos como sociedad EUROPA PRESS

Es difícil no hallar respuesta a la siguiente aseveración: ¿existe una app para eso? Puede parecer una perogrullada, pero el ingenio de los programadores, unido a la necesidad humana, están potenciando una faceta que hasta ahora, había pasado desapercibida en las sociedades capitalistas: la colaboración. En otros tiempos más estables, las personas colaboraban entre ellas porque era la única manera de subsistir. Cuando la economía y el sistema se convirtieron en algo tan grande y complejo, la colaboración pasó a un lado y se transformó en competición, algo sano, pero peligroso según para quién. Si bien el concepto de apps no es nuevo, su aplicación en el sector móvil sí lo es, y esto ha permitido que viejas necesidades del ser humano puedan ser resueltas mediante la colaboración de los agentes del mercado.

Pero, ¿qué es la economía colaborativa?

Podríamos decir que la economía colaborativa es la utilización de la tecnología para reducir el coste transaccional entre personas. Para David de Bedoya, economista y banquero de inversión, la economía colaborativa “es un modelo de consumo que puede sin duda hacerse un hueco del mercado, pero ahora está en fase experimental y probando qué mercados puede penetrar y cuáles no”. “Es una forma de consumo compartido. Y me atrevería a decir que es un comportamiento de consumo que tiene rasgos más sociológicos que económicos. La formas colaborativas de consumo han existido siempre, pero no han tenido relevancia hasta que ha llegado la sociedad global donde los individuos tienen enormes redes de relaciones”. Parece que en el mercado app está funcionando razonablemente bien. Las familias están adaptándose a esta realidad. “Una unidad familiar tiene un patrón de consumo colaborativo, comparte vivienda, comida, transporte, vacaciones, etc. Hoy en día esto se ha extrapolado a muchísimos otros ámbitos: residencia vacacional, transportes, residencia habitual, reparto de bienes de equipo por turnos, etc”. Familias que se turnan pisos en la playa, que comparten coche, los hábitos de consumo están cambiando, pero aún es pronto para alzar las campanas al vuelo. “La economía colaborativa sí es cierto que puede arrebatar a un número nada despreciable de consumidores que antes consumían de manera individual”.

Uber, BlaBlaCar, Airbnb…y la legalidad

Nada parece detener a la nueva economía. Esta economía surge como consecuencia de la innombrable, de la que todos hablamos a diario pero preferimos no recordar, si bien hubiese sido inimaginable sin la figura de internet. Pero, ¿se nos hubiese ocurrido hace 10 años una aplicación para que pudiésemos ser taxistas, vendedores, compartir el coche o nuestra plaza de aparcamiento? Si bien había portales de internet que ofrecían servicios parecidos a los que hoy sirven dichas aplicaciones, ninguno podía hacer en tiempo real lo que apps como Uber pueden hacer.

Uber –una aplicación prácticamente desconocida en España, pero muy utilizada en capitales europeas– es el vivo ejemplo de cómo esta economía colaborativa no gusta según qué sectores. El gremio taxista ha puesto el grito en el cielo por lo que consideran una intromisión ilegítima en su labor. La respuesta de la UE, del ministro De Guindos, y de otras personalidades ha sido clara: “Necesitamos emprendedores en Europa”.

Las apps, aunque realmente solo son la vía, porque esto hubiese sido imposible sin la combinación de todos los factores, están consiguiendo que los agentes económicos más importantes de la sociedad decidan unirse y colaborar entre ellos para conseguir sus fines. Si quiero comprar algo de segunda mano, voy a Wallapop. Si quiero hacer un pedido de comida a domicilio, me meto en LaNeveraRoja.com . Y si quiero ir al festival de determinada ciudad, o bien pongo un anuncio en BlaBlaCar, o bien lo busco. Y la fiebre ya está desatada, apps para compartir piso, sofá, plaza de aparcamiento, cientos de utilidades que otrora hubiésemos creído que eran inimaginables, pero no porque no existiesen las necesidades, sino porque no existían las vías. 

En vez de alquilar un carísimo coche en Hertz, se lo alquilo a un particular que me cobra la mitad. El problema viene cuando queremos las mismas garantías que un servicio no colaborativo. ¿Qué ocurre si mi conductor de Uber choca contra otro coche y me lesiono? ¿Qué ocurre si el conductor de BlaBlaCar me roba y me deja tirado en medio de la nada? ¿Qué ocurre si me estafan en Wallapop? Tantas preguntas que podríamos hacer listas kilométricas. Por ello, es quizá necesario una regulación clara sobre la economía colaborativa.

Los gobiernos están empezando a plantearse meter mano

Era de esperar. La economía colaborativa está muy bien en la teoría, pero llevada a la práctica es mucho más compleja. Si bien es difícil cobrar a una persona por utilizar un servicio sin ánimo de lucro como compartir un coche para ahorrar gastos, el resto de servicios pueden ser tasados sin prácticamente subterfugio. La pugna va a recrudecerse, puesto que el potencial económico de dichas aplicaciones y portales es enorme. Hay muchos puestos de trabajo en juego, y no interesa que monopolios parcelados de repente estén abiertos a la libre competencia.

BlaBlaCar ha recibido 100 millones de euros en financiaciónen la última semana, una cifra enorme para una infraestructura relativamente pequeña. Y el interés de los inversores no deja de crecer. Y los gobiernos están comenzando a vislumbrar que cuando las cosas vienen mal dadas, las personas reducen su consumo y comienzan a compartir. ¿Cómo tasar un bien compartido?

¿La economía colaborativa es una moda o ha venido para quedarse?

Según David, parece que es muy pronto para poder analizar nada al respecto. “La economía colaborativa no está enfocada a día de hoy a ir a por todo el pastel, pero sí a ir a por su trozo de pastel. Creo que es más interesante preguntarse a qué otros campos se va a extender. En Australia, por ejemplo, se ha lanzado una plataforma muy curiosa llamada TuShare para compartir objetos cotidianos”. De momento, esta forma de economía está moviendo, según Forbes, de 2500 a 3500 millones de euros al año. Y está en constante progresión.

Crowdfunding: la respuesta a la pasividad bancaria

La economía colaborativa también tiene respuesta a la falta de crédito. Cuando los bancos no prestan dinero y se requiere crédito o alguna forma de pagar un proyecto, la falta de recursos agudiza el ingenio. Plataformas como Verkami y Kickstarter dan ese apoyo económico a través de pequeñas cantidades –dependiendo del inversor- y a través del mismo, se han financiado notables productos, como la consola basada en Android OUYA, el proyecto Impossible de papel para Polaroid, el smartwatch Pebble, así como numerosos proyectos fotográficos y audiovisuales.

En resumen, quizá estemos comprendiendo que a veces es mejor colaborar entre todos para conseguir un determinado objetivo que pelearse fútilmente por las migajas del mismo. Veremos si se afianza el modelo, o si se desvanece al final.


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