Con la muerte de Santiago Carrillo, a los 97 años de edad, se pierde uno de los más significados opositores del franquismo y protagonista de la Transición. Su muerte se une a la de otros que, como Manuel Fraga, vivieron los momentos más convulsos del país, atesoraron luces y sombras para acabar mano a mano pilotando, junto a muchos otros, la suerte de un país que tenía que superar políticamente la muerte de Franco. El día en que Fraga, en un ya lejano año 1978, presentó a Carrillo en el Club Siglo XXI se inmortalizó esa España que había alcanzado la reconciliación y que ahora es tan profundamente cuestionada. "Hemos convivido en la política. Gastamos bromas y otras veces discutimos civilizadamente. En ese sentido, nos hemos reconciliado. Nunca he planteado ninguna incompatibilidad con quienes fueron ministros y colabores del franquismo que luego apoyaron la Transición", dijo Carrillo de Fraga, también recientemente fallecido, recordando aquellos años.

El que fuera secretario general del PCE durante más de tres décadas murió mientras se echaba la siesta. En mayo de este año todavía superó una apendicitis y en julio un problema de riego que le llevaron al hospital. Por detrás quedaba una larguísima e intensa vida política durante la República y el franquismo que, curiosamente se eclipsó cuando España consiguió la normalidad democrática. Antes de eso, este republicano aceptó la bandera constitucional abriendo la puerta al que fue uno de los movimientos más arriesgados del Rey y de Adolfo Suárez: la legalización del PCE el 9 de abril de 1977. Ese fue el rubicón de la Transición, maniobra sin la cual el proceso democrático que se abría en España no hubiera quedado del todo legitimado.

Su nombre irá ligado a asuntos terribles como la matanza de Paracuellos, durante la Guerra Civil, pero también a otros como el eurocomunismo, que supuso la ruptura con la ortodoxia soviética alimentada por el estalinismo y las purgas. Pero si pudo vivir y resistir los momentos más desgarradores de la historia reciente de España, su ascendente se va a apagando en democracia. El PCE, símbolo de la lucha antifranquista, cede escaños en la España constitucional a los socialistas de Felipe González, que se configuran como la alternativa de izquierdas. Su figura va sufriendo un desgaste interno progresivo y el PCE prescinde de él en 1982, cuando deja el partido de los comunistas españoles en manos de Gerardo Iglesias, confiado en que podría, desde la distancia, controlar los movimientos del asturiano.

Iglesias rompe con su padre político, pero Carrillo no se resigna a pasar a la reserva. Vuelve a protagonizar sonoros enfrentamientos con su partido y en 1985 le expulsan del mismo. Funda entonces el Partido de los Trabajadores de España, con el que se presenta a las eleciones generales de 1986. No consigue siquiera su escaño y acaba haciendo un último movimiento político profundamente incomprendido por sus antiguos compañeros de filas: abre la puerta a que los miembros del PTE se integren en el PSOE, pero su historia política le pesa demasiado como para que acabe formando parte de una formación política con la que el PCE estuvo muchas veces enfrentada.

Gaspar Llamazares ha señalado con acierto de este hombre que fue político, escritor y periodista que Carrillo es producto de su época y ejemplo de los errores de la izquierda. Luces y sombras, que de todo ha habido.


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