OPINIÓN

Ocho apuntes sobre el Brexit desde Inglaterra

Los 'Brexiteros' creen que todo saldrá bien porque, simplemente, no puede salir mal dada la importancia de los intereses compartidos entre Londres y las demás capitales europeas. Están convencidos de que habrá una solución a pesar de la batalla retórica.

La primera ministra británica, Theresa May.
La primera ministra británica, Theresa May. EFE

Llevo varios días en el Reino Unido, en los condados de Cheshire y Lancashire, cerca de Manchester. Se acaba de casar mi hermana. Al volver, siempre me chocan (aún, después de casi 20 años fuera) el menor nivel de ruido (relativo) y lo verde que es todo comparado con el sur de España. 100.000 tonos de verde distintos. Y, esta vez, observo más banderas británicas que nunca en pueblos, calles y casas. Mientras Hugo ha practicado el inglés con los abuelos y los primos, y ha alucinado con las vacas y las flores, he aprovechado para interrogar a familiares, amigos de toda la vida e invitados a la boda sobre el Brexit, a ver si nos lo pueden aclarar un poquito más. Aquí lo que he descubierto.

Ninguna de las personas con quien he hablado cree que hay posibilidad alguna ya de darle la vuelta y permanecer en la Unión Europea

Punto primero: va a pasar. Ninguna de las personas con quien he hablado cree que hay posibilidad alguna ya de darle la vuelta y permanecer en la Unión Europea. Ni entre los que votaron en contra (los "remainers"). De hecho, mientras mi hermana y mi cuñado pronunciaban sus votos matrimoniales, YouGov publicaba un nuevo sondeo describiendo "las nuevas tribus del Brexit". El resultado del referéndum fue muy ajustado (52%-48%) pero en mayo de 2017, un 68% del electorado británico está a favor de llevar a cabo la escisión y sólo un 22% se opone.

Punto segundo: entre el Brexit y lo que ha hecho Jeremy Corbyn con el Partido Laborista (podemizarlo, diríamos en España), Theresa May va a arrasar en las elecciones generales de junio. Los anti-Brexit lo dan por perdido y no hay oposición creíble a la vista, ni para luchar contra el Brexit duro, ni en el sentido más general. Los liberal demócratas aún no se han recuperado de la hecatombe tras estar en el gobierno de coalición con David Cameron y, conseguido el Brexit, UKIP ya no sirve para nada. Todo para May, quien hace bien en aprovechar el momento político.

Farage logró su gran objetivo político... y sin ocupar nunca un escaño en Westminster

Punto tercero: Nigel Farage y UKIP, aunque ya no sirven para otra cosa, han logrado lo que se propusieron, el Brexit. Desde su perspectiva, Farage logró su gran objetivo político, y eso sin ocupar nunca un escaño en Westminster. Nadie ha sabido decirme en qué momento de los últimos 10 años todo esto cambió, pero todos estaban de acuerdo con la crítica a Cameron que hemos leído en España. UKIP y los medios anti-europeos canalizaron y animaron el fervor popular, e influyeron en las filas conservadoras y, con el funcionamiento del sistema electoral británico (uninominal, que no listas cerradas), los diputados Tory presionaron a Cameron quien, a su vez, acabó cediendo y permitiendo el referéndum.

Punto cuarto: había antes de la votación, y sigue habiendo, un descontento generalizado acerca del rumbo que había tomado la Unión Europea como proyecto, que tendría tres vertientes. Primero, la creciente burocratización de todo lo europeo, lo engorroso que ha sido. Segundo, una sensación de descontrol fiscal a lo bestia, en general pero también con ideas más específicas sobre el uso o despilfarro de fondos europeos—los impuestos de los ingleses—en los países del sur. Y tercero, la creciente dominación de Alemania. Que cuando Berlin se crece en Europa, los británicos, por razones históricas, se ponen muy nerviosos. Ha gustado mucho el libro de Varoufakis, por lo que dice de Merkel.

Hay un sentimiento más específico de injusticia con respecto a la implementación de las leyes y las normativas europeas

Punto quinto: relacionado con el malestar por el rumbo general, hay un sentimiento más específico de injusticia con respecto a la implementación de las leyes y las normativas europeas. Que mientras los británicos se esfuerzan por cumplir con todo, hasta el punto de abandonar costumbres inglesas antiguas, los franceses (con los inmigrantes o los agricultores), los griegos (con la crisis económica y el despilfarro) o los españoles (con el déficit o la corrupción) ni se esfuerzan tanto ni hacen mucho por cumplir en la vida real. Que estar, están las normativas "para todos" pero que luego cada país hace lo que le sale de las narices.

Punto sexto: todo esto ha sido alimentado entre los votantes mayores (la generación de mis padres y tíos) por el recuerdo de cómo eran las cosas antes de 1975, antes del último referéndum británico sobre si entrar o no en Europa. "Sólo nos apuntamos al mercado común", me han dicho varias veces: "pero luego la Unión Europea, los tribunales europeos y el euro". Eso no formaba parte del plan y obviamente ahora no les gusta nada la idea de una integración europea aún mayor, en materia de Defensa, por ejemplo, o a nivel fiscal, o la elección directa de un presidente europeo. Horrorizados.

Los británicos están convencidos de que habrá una solución a pesar de la batalla retórica inicial sobre Gibraltar, los bancos, los residentes o una Irlanda unida

Punto séptimo: está claro que los medios han influido mucho en el Brexit, pero no sólo los famosos tabloides. Hay clases y clases de periódicos. Los lectores del Daily Mail, por ejemplo, se creen una clase aparte que los de The Sun, y los del Telegraph por encima de los otros dos. Pero editoriales y artículos pro-Brexit ha habido en los tres. Es decir, cada clase social ha contado con un medio de referencia anti-europeo durante los últimos 10 o 20 años. La referencia en el otro bando sería The Guardian, que además ha sido siempre de izquierdas. Este fin de semana, por poner un pequeño ejemplo, mientras The Guardian publicaba artículos sobre la conexión entre las dos campañas pro-Brexit (que infringiría las leyes electorales británicas) y una pieza larga sobre los peligros del director del Daily Mail, Paul Dacre, éste el sábado publicó sendos artículos sobre Theresa May y Jeremy Corbyn. El de May declaraba, con una primera ministra sonriente, que incluso a los votantes de otros partidos ya les caía bien. El de Corbyn le presentaba con gorra obrera y puño en alto al lado de la bandera roja de la unión soviética, la hoz y el martillo bien visibles: tontos y malvados a la vez (no es éste un discurso ajeno a los medios españoles, como bien sabemos).

Punto octavo: sobre las negociaciones en sí, hay más división. Los Brexiteros creen que todo saldrá bien porque, simplemente, no puede salir mal dada la importancia de los intereses compartidos entre Londres y las demás capitales europeas. Están convencidos de que habrá una solución a pesar de la batalla retórica inicial sobre Gibraltar, los bancos, los residentes o una Irlanda unida. Están de acuerdo con Varoufakis en que el plan de Europa es adoptar una línea dura con May para que a los demás países no se les ocurra irse o intentar cambiar las reglas de juego. Incluso sería un punto existencial para Bruselas, porque si dejan más o menos intactos los distintos pactos con Reino Unido pero liberan a Londres de sus obligaciones actuales como país miembro, ¿por qué Grecia o España no va a intentar hacer algo parecido? Los anti-Brexit dicen entender más las complejidades de la vida real a nivel del comercio o los pasaportes o el turismo o un largo etcétera. Pero ahora se sienten abandonados, sin opciones políticas y sin oposición efectiva a la vista.


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