OPINIÓN

Podemos acierta al volver a las barricadas

Aún hay mucha demanda política para un partido protesta porque los poderes fácticos, por mucho que intenten defenderse, no tienen la respuesta ideológica adecuada.

Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados.
Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados. EFE
Pablo Iglesias tiene razón cuando dice que Podemos debe volver al planteamiento inicial, más revolucionario, con él que nació, aunque cada vez que abre la boca se enrede en significantes vacíos y jerga académica: «La transversalidad es ponernos de lado de nuestro pueblo y estar dónde sufre la gente», fue una de sus conclusiones ayer en el consejo ciudadano del partido. «Empatía», lo llamaría yo; «escúchame», diría otro. También acierta Monedero cuando explica que «el 15-M sacó las catapultas para derribar las murallas de un sistema podrido y dispararon certeramente».
Si la semana pasada vimos cómo la evolución del todo había llevado a la crisis del PSOE, esta semana toca Podemos. Oliendo la sangre cuando Felipe González y Susana Diaz asestaron las primeras puñaladas a Pedro Sánchez, Iglesias anuló de inmediato su viaje a Colombia, cual tiburón blanco político, consciente del banquete que le estaban preparando.
«Fue como muchos dijeron el partido que más se parecía a España», dijo ayer, fingiendo dolor: «y probablemente a día de hoy sea el partido que más vaya a tener que cambiar o decidir como consecuencia de lo que nosotros definíamos como una crisis de regimen. Los hijos de aquellas clases medias ocuparon las plazas el 15M y de alguna manera señalaron que ya nada iba a ser igual en nuestro país».

El PSOE se ha rendido en la batalla por la izquierda, confirma el gestor Javier Fernández

Esos mismos hijos que comentaba Borrell la semana pasada, antes del golpe del cabo chusquero: «muchos de los hijos de los socialistas están allí». Tal como aseveraba Sánchez al irse, una encuesta hoy en El Confidencial señala que una mayoría de los militantes socialistas le prefieren a él que a Susana Díaz—sobre todo los que están en la izquierda del partido—y otro análisis en El País confirma que, efectivamente, de tener que elegir, probablemente la mayoría se marcharía a Podemos, que no a Ciudadanos o al PP.
El PSOE se ha rendido en la batalla por la izquierda, confirma el gestor Javier Fernández: «En ningún caso el PSOE debe moverse del centro izquierda para aspirar a ser solo la fuerza hegemónica de la izquierda. Con eso dejaríamos de ser la alternativa de Gobierno». Los nuevos jefes socialistas se limitarán a «defender […] el flanco izquierdo». Craso error histórico, visto la evolución del todo.
La contienda existe entre las fuerzas neoliberales reinantes, lo que sus contrincantes denominan "casta" o "régimen", y lo que de momento se está llamando la izquierda alternativa, lo que sus enemigos aquí llaman "perroflautas". Los primeros aún manejan todo el poder real, fáctico, estatal, financiero. Véase Tsipras vs. la Troika el año pasado—¿tantas ilusiones y tanto «Οχι» ("no") para qué?—o incluso el separatismo catalán, ya que estamos, inflado a retórica mediática pero ni rastro de una rebelión fiscal o una negociación real sobre la cuenca del Ebro. Las opciones alternativas, más populistas, más mediáticas, en cierto modo más empáticas con una gran parte de los votantes disgustados con los distintos fallos del poder establecido, aún no han sido capaces de convertir sus ideas en una realidad alternativa en sus distintos países.

Las opciones alternativas, más populistas, más mediáticas, aún no han sido capaces de convertir sus ideas en una realidad alternativa en sus distintos países

No convencen lo suficiente. No han tenido el coraje, como me sugirió el escritor inglés Paul Mason en junio de este año en un acto con Carmena en Madrid, de hacerse con el poder de esas instituciones del Estado. Es ahí, desde el puente de mando, dónde podrían cambiar el rumbo del país. Syriza lo intentó en Grecia durante seis meses de tormenta con Bruselas, el BCE y el FMI pero cuando llegó el momento de la verdad, mantuvo el rumbo marcado, para mayor desilusión del 61% de griegos que habían votado rechazar la oferta de la Troika. Ayer en su discurso, Pablo Iglesias reconoció la trampa: las instituciones "se pueden convertir en trituradoras de la decencia" si uno no está también en el Gobierno y dispuesto a cambiar de destino: "te pueden convertir en aquello que querías combatir".
De ahí la vuelta atrás para, espera, avanzar. De ahí el nuevo rechazo al monarca y al desfile del 12-O. Ese es el planteamiento que en junio de 2014, durante los días de la abdicación y la proclamación, daba miedo auténtico a los poderes establecidos a la vez que ilusionaba por primera vez en muchos años a los españoles que la crisis había dejado atrás. Temían que Podemos se les metiera en las instituciones y dudaban del rumbo del PSOE una vez que Rubalcaba había anunciado su dimisión (Madina era el nombre en ese momento que provocaba más pánico). Por eso no se fue al final hasta julio. Esta vez, temían que Sánchez—sospecho que habiendo entendido todo esto que estamos diciendo—llegara a un acuerdo con Podemos y los nacionalistas para gobernar, y se volvió a dudar del rumbo del Partido Socialista. De nuevo el PSOE, de nuevo Podemos y de nuevo su cercanía al poder real. De nuevo, pues, una actuación in extremis para evitarlo.

A veces en la vida, uno no elige sus batallas, sino que le vienen dadas

Hemos visto como en esa fórmula, la relevancia del PSOE tiende cada vez a menos, y la de Podemos a más. En uno de esos días de junio de 2014, la misma semana de la abdicación si recuerdo bien, me entrevisté con el (ahora fallecido) senador del PP Alejandro Muñoz Alonso en su despacho en el Senado. El día anterior, Sol se había llenado de republicanos al grito de "muerte al Borbón". Alonso había sido director en los años setenta del Instituto de Opinión Público (predecesor del CIS) y le pregunté si la aparición de Podemos representaba un desplazamiento del electorado español hacia la izquierda por los efectos de la crisis. Quieto, me dijo, que aún es muy pronto para declarar algo así. Con todo lo que ha pasado en los últimos dos años y medio, incluido los muchos fracasos de Podemos y ahora el bochorno en el PSOE, estoy cada vez más seguro de que la respuesta a mi pregunta es que sí. El centro cede.
A veces en la vida, uno no elige sus batallas, sino que le vienen dadas. Esté usted en lado que esté, esa lucha, esa dicotomía, sigue siendo la que es, provocada por razones históricas y sistémicas que son más grandes que cualquiera de los cuatro partidos principales e incluso que España. Es el entorno, el campo de batalla político económico que nos ha tocado en la segunda década del Siglo XXI. Podemos ha surgido de esas tendencias, y aún hay mucha demanda política para un partido protesta porque los poderes fácticos, por mucho que intenten defenderse, tampoco tienen la respuesta ideológica adecuada a dicho entorno ni han sido capaces de arreglar los problemas de esos muchos millones de ciudadanos y votantes. Les queda mucho por hacer si algún día quieren dirigir el rumbo del país, pero Iglesias hace bien en volver a sus raíces. De ahí les tiene que salir todo lo demás.

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