OPINIÓN

Guarda bien tu atención en un mundo de canutazos y tortura en directo

La tecnología nos ha dado acceso a más personas y datos que nunca pero también ha fragmentado las noticias, la información colectiva y el discurso público, mediante los filtros y las burbujas, llevándonos a un debate cada vez más partidista y divisorio.

Imagen de los atentados de París del 13 de noviembre de 2015.
Imagen de los atentados de París del 13 de noviembre de 2015. EP

Les juro que lo intenté. Iba a escribir una super columna sobre la deriva y la crisis de la izquierda europea en la semana en la que llega Donald Trump a la Casa Blanca, en la que la libra esterlina se ha desplomado de nuevo con la anticipación de los comentarios de Theresa May el martes sobre el Brexit "duro", y en la que los socialistas franceses empiezan a decidir quién se va a enfrentar a François Fillon o Marine Le Pen en mayo. Prometía, había material. No uno, sino dos debates televisivos de los franceses con sus primarias—en uno de los cuales llegaron incluso a hablar de la Sexta República o la robotización de la economía—luego discurso y entrevista con Jeremy Corbyn en Reino Unido y, aquí en España, la candidatura de Patxi López, el Comité Federal, y los programas de Iglesias y Errejón para disputar el liderazgo de Podemos.

Pedí una entrevista pero no contestaron; preferían vender lo que llaman el "canutazo" y lo que en inglés se llama "soundbite"

Todos opinando sobre cuáles creen que serían las soluciones a tanta transformación en este Siglo XXI. Incluso se acercaba a Murcia Errejón para participar en un pequeño mitin local de Podemos. Pedí una entrevista pero no contestaron; preferían vender lo que llaman el "canutazo" y lo que en inglés se llama "soundbite": los minutos previos al encuentro en sí que luego las teles usan para meter 30 segundos en el telediario, o dónde tal vez un periodista puede hacer alguna pregunta rápida para luego escribir que "Errejón dijo a El Mundo/Voz Pópuli/Financial Times que…bla, bla, bla". Tiene una tesis doctoral de 656 páginas y disputa el liderazgo del partido que ha surgido de la crisis económica en la duodécima economía del planeta pero venden el tuit, el canutazo, la declaración potente. La misma dinámica, por cierto, que ha llevado a Trump al Despacho Oval en EEUU.

Los que veían el partido desde el campo o en directo por todo el mundo oyeron el estallido de la primera bomba y Kuper tuiteó un minuto después que el partido, de momento, seguía

No siempre fue así. Tras la batalla de Waterloo en 1815, tardaron tres días en dar la noticia de la victoria de Wellington. El oficial mensajero tuvo que llevarla a Londres a caballo, en carruaje y en barco. Se ganó un domingo pero no se supo hasta el miércoles o incluso el jueves por la mañana. En 1865, la cosa había mejorado un poco y la noticia del asesinato de Abraham Lincoln se transmitió por telégrafo el mismo día. En 1963, Cronkite interrumpía un programa de la CBS para informar a los estadounidenses de un tiroteo a Kennedy en Dallas. Sujetaba para los espectadores, que le veían en pantallas en blanco y negro, una foto impresa pegada a un cartón, la primera imagen del suceso. Había empezado la época multimedia. En 1991, la CNN interrumpía a su propio corresponsal del Pentágono con una primicia de su otro corresponsal en Bagdad, quien hablaba por teléfono satélite desde la capital iraquí, para anunciar al mundo que había empezado la Guerra del Golfo. En 2015, el corresponsal del Financial Times, Simon Kuper, estaba en el Estadio de Francia en Paris. Los que veían el partido desde el campo o en directo por todo el mundo oyeron el estallido de la primera bomba en directo y Kuper tuiteó un minuto después que el partido, de momento, seguía. 20 minutos más tarde—casi una eternidad—entraron en el Bataclan. La tecnología ha moldeado la distribución de las noticias y del conocimiento en cada momento.

Hace 15 años aún era posible sentarse a leer un periódico, incluso dos, y sentir que controlabas más o menos lo que ocurría en el mundo

Hace 15 años, antes realmente de las noticias en Internet, y mucho antes de las redes sociales y las notificaciones instantáneas en el smartphone, aún era posible sentarse a leer un periódico, incluso dos, y sentir uno que controlaba más o menos lo que ocurría en el mundo. Se preparaban a lo largo del día anterior, se imprimían, se distribuían en camiones a kioskos y el lector los leía unas horas más tarde con el desayuno o el café de la tarde. No había tanta prisa y sí más tiempo para un poco de reflexión. Si tan importante era, lo anunciarían en el telediario o, como Cronkite o la CNN, interrumpirían el programa si el tema prometía a nivel de ese primer borrador de la historia. Aún recuerdo la emoción de acercarme al kiosko de Sol en Madrid y comprar las noticias "de mañana" a última hora de la noche en las primeras ediciones. Obviamente ese mundo informativo ya no existe, y el kiosko de Sol tampoco. En 2016, y aquí volvemos al canutazo de Errejón, logramos otro nivel—desde el bebé de Bescansa y el beso de Iglesias y Domenech en el Congreso hasta los tuits de Trump—y se nos llenó el entorno de noticias basura cuando no directamente falsas. Hemos inaugurado 2017 con un secuestro y tortura por Facebook Live. Sólo tenemos—periodistas y lectores iguales—24 horas en al día. Nuestra atención es limitada, el bien más escaso hoy en día, y estamos inundados.

La tecnología nos ha dado acceso a más personas y datos que nunca pero también ha fragmentado las noticias

Si esas horas, o minutos más bien—visto todo lo demás que tenemos que hacer durante el día—se llenan de basura y notificaciones y tuits, no nos deja tiempo para reflexionar sobre las tendencias más profundas que surgen para cambiar nuestro mundo. Al contrario, si nos encerramos en una biblioteca para estudiar los clásicos con el iPhone apagado, perdemos los cambios de última hora que también son relevantes. Ahora, si se hace bien, y hay medios que lo están haciendo bien, podemos relacionar lo nuevo y lo existente, la historia y la última hora, el mundo y nuestra ciudad, como nunca antes. La tecnología nos ha dado acceso a más personas y datos que nunca pero también ha fragmentado las noticias, la información colectiva y el discurso público, mediante los filtros y las burbujas, llevándonos a un debate cada vez más partidista y divisorio, e incluso creando problemas psicológicos personales a nivel de sentir empatía hacia los demás. Dentro de ese entorno, cuyas consecuencias aún no entendemos bien, políticos, periodistas y propagandistas luchan por un trozo de tu valiosa atención. Guárdela bien.


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