OPINIÓN

Ganó Trump y los medios corrieron a tapar sus vergüenzas

Si los medios hubiesen tenido más cobertura permanente por todo el país, si no se hubiesen fiado de las encuestas para intentar contar un futuro cierto a sus lectores, y si no hubiesen traspasado el límite editorial hasta la propaganda, no tendríamos este lío.

Encuentro entre Barack Obama y Donald Trump en la Casa Blanca.
Encuentro entre Barack Obama y Donald Trump en la Casa Blanca. EFE y Gtres

Así que ganó Trump. Toma. Y enseguida se llenó Internet de artículos explicando cómo había ganado, escritos por periodistas que hasta la misma noche electoral llevaban semanas diciendo que tal cosa era imposible, cuando no hacían propaganda abierta a favor de Clinton. Se basaban en los últimos sondeos, o trackings o analistas o simplemente su propia incredulidad de que Trump no…podía…ser. Pues ha sido, y las lamentaciones transatlánticas tardaron poco en aparecer; y no sólo eso sino que ya hay también varios centenares de artículos súplica, rogando al nuevo presidente que no sea Donald Trump, que no haga de Donald Trump o que no lleve a cabo las políticas de Donald Trump. Tras ganar como Donald Trump.

La Asociación American de Investigación de Opinión Pública ha admitido que las encuestas fallaron

La Asociación American de Investigación de Opinión Pública ha admitido que las encuestas fallaron. Chris Wallace, presentador de Fox News y el moderador del último debate presidencial, dijo al New York Times el jueves que «Donald Trump se había pasado y [mucho medios] decidieron que ya no tenían que observar las reglas normales del periodismo y de la objetividad». El director ejecutivo de ese gran periódico, Dean Baquet, admitió en el mismo artículo que, aunque estaba orgulloso de la "agilidad y creatividad" de sus periodistas, «tenemos que salir mucho más a la calle, al país, para hablar con gente distinta […] y recordarnos a nosotros mismos que Nueva York no es el mundo real». La defensora del lector, Liz Spayd, sentenció: «espero que los directores piensen mucho en la mitad de EE UU de la que el periódico informa poco», llegando incluso a preguntarse si el New York Times «tiene interés en cruzar la línea roja [a los estados republicanos] para ver lo que estos EE UU quieren ahora».

En MSNBC, Joe Scarborough dijo del Times que «habían dejado de ser periodistas durante el último mes [de la campaña] para convertirse en animadoras, y se convirtieron en gente con una conclusión a la que ya habían llegado, y buscaron luego hechos para demostrar que Clinton tenía un 92%, un 93%, un 99,999% de probabilidad de ganar». Él y Mark Halperin, director de Bloomberg Politics, destrozaron el titular de la portada: en vez de destacar el hecho, el cambio histórico que se acababa de producir, el periódico resaltó la reacción de «demócratas, estudiantes y aliados extranjeros» quienes tendrían que «enfrentarse a la realidad de la presidencia de Trump».

Luego están los comentaristas como Jeff Jarvis o Paul Krugman, quienes creen que los medios deberían haber hecho aún más para impedir la victoria de Trump. Es decir, defienden el periodismo activista, como arma política, cual Cebrián con El País contra Pedro Sánchez. El New Yorker sugirió que era un fallo de análisis, más que un error de información u observación.

No es fácil intentar informar al mundo de cómo está cambiando un país o de cuáles son los cambios profundos subyacentes que están a punto de causar una hecatombe en la historia de una nación

No es fácil intentar informar al mundo de cómo está cambiando un país o de cuáles son los cambios profundos subyacentes que están a punto de causar una hecatombe en la historia de una nación. Aunque acerté la semana pasada con Trump, en junio fallé como todo el mundo con el ansiado sorpasso de Podemos al PSOE aquí en España. En mi opinión, los fallos principales han sido tres, achacables todos a la dirección de los medios que no periodistas individuales, y todos asimilables a lo que pasó en junio con las elecciones en España o con el Brexit en el Reino Unido.

El primero tiene que ver con el despliegue de recursos humanos y tecnológicos. No es tanto que en campaña o pre campaña algunos periodistas hagan viajes a lugares interesantes para realizar reportajes sobre tal o cual candidato o entrevistas más o menos relámpago a éste u otro grupo de votantes, sino que debe haber una presencia permanente de corresponsales o delegaciones regionales cubriendo esos territorios mejor todos los días, para entender cómo están cambiando dichos entornos y cómo se encuentran sus habitantes. Por lo que cuentan en EE UU, los viajes relámpagos se han hecho pero los medios han ido abandonando poco a poco los estados centrales del país para concentrarse en Nueva York, Washington y Los Ángeles. En España este año hemos visto, por ejemplo, el cierre de las delegaciones de El Mundo en Andalucía y el País Vasco, y una reducción del 50% en Baleares. Desde el comienzo de la crisis económica, han sido muchos más. Eso tiene sus consecuencias.

El segundo fallo es una especie de error doble, relacionado con el primero. A falta de corresponsales o delegaciones permanentes haciendo un buen trabajo sobre el terreno—que eso cuesta mucha pasta—hay que intentar informar a los lectores igualmente sobre las tendencias y acontecimientos que están cambiando el país: ahí entran las encuestas. Con números, tablas, datos cruzados, y gráficas de colorines cuyas líneas sugieren una dirección más o menos cierta y—ya el éxtasis periodístico—dibujan cada mes o cada semana la carrera hacia el poder, el conflicto, quién va ganando, con pequeños giros y batallas incluidos y no resaltemos los márgenes de error o el tamaño de las muestras porque eso haría que el titular fuera mucho menos potente y de todos modos nadie lee las notas a pie de página. Pero, como se ha demostrado una y otra vez este año pasado, este año 2016 tan potente, en todos los casos que hemos comentado—Brexit, elecciones en España, referéndum de paz en Colombia y ahora Trump–han fallado. Estrepitosamente. Y los medios nos hemos fiado de su metodología errónea demasiado. El verdadero problema, sin embargo, no es que los medios les hagamos demasiado caso sino que, a través de ellos, creemos que podemos predecir el futuro para nuestros lectores de manera certera. Y eso no puede ser. Nadie sabe cuál va a ser el resultado…hasta que se publique el resultado.

Miremos sino la alegría de Alberto Garzón tras las israelitas el 26J, que salió corriendo para decir que Pablo Iglesias estaba haciendo las maletas para Moncloa. Una hora y media más tarde, les faltaba un millón de votos y no hubo ni sorpasso.

Habiendo fallado en el despliegue de recursos y en la dependencia excesiva en los sondeos, algunos medios se toman la molestia de decirle al futuro cómo debe ser

Peor aún que los primeros dos errores es el tercero. Habiendo fallado en el despliegue de recursos y en la dependencia excesiva en los sondeos, algunos medios se toman la molestia de decirle al futuro cómo debe ser, porque los intereses del periódico, del grupo mediático o de los partidos que respaldan al director dictan que el mundo debe ser así. Es decir, pasan la frontera de una apasionada línea editorial a la propaganda política a servicio de un fin político: se saltan la norma esa de que el periodista nunca debe ser la noticia. Se convierten en uno de los actores principales de los acontecimientos de los que deberían estar informando. Vimos cómo pasó aquí en octubre con Pedro Sánchez y ahora hemos visto lo mismo con Trump en las elecciones en EE UU.

Si los medios hubiesen tenido más cobertura permanente por todo el país, si no se hubiesen fiado de las encuestas para intentar contar un futuro cierto a sus lectores, y si no hubiesen traspasado el límite editorial hasta la propaganda, no tendríamos este lío ni tendrían algunos que intentar tapar las vergüenzas corriendo. Como colofón, tendríamos que encuadrar todo este esfuerzo dentro del nuevo marco tecnológico que habitamos todos. Que si Facebook ayudó a elegir a Trump. Pero de eso quizás podremos hablar la semana que viene.


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