¿Para qué queremos La isla de las tentaciones, ese subproducto audiovisual, cuando ya tenemos a los representantes públicos de este viejo trozo de planeta que todavía se llama España? Esa comparación puede parecer frívola, pero no lo es en absoluto, sobre todo si tenemos en cuenta todo lo que ha pasado en los últimos días a raíz de una moción de censura en Murcia. La política española funciona ya como un reality show cualquiera.

No conviene generalizar del todo porque hay realities y realities, claro, como hay políticos mejores y políticos peores, pero es indiscutible que el panorama general de la cosa pública en España ha adquirido no pocos modos y maneras de los programas que emite Telecinco, tan criticados como vistos, por otra parte.

Tal vez la telerrealidad imitó a la política primero y ahora vemos que la política -o, mejor dicho, todos esos políticos y/o politólogos que aspiran a ser como Iván Redondo- imita a ese tipo de televisión. Pero, fuera antes el huevo o la gallina, la verdad es que los parecidos son obvios y más que razonables. La inmediatez. La prisa. El engaño. La sorpresa. La triquiñuela. Los golpes de efecto. Los pactos oscuros. La fuerza de la imagen. Llamar la atención sea como sea. Humillar al rival. Buscar la audiencia (o los votos) sin escrúpulo alguno. Y un largo etcétera.

Las dos coinciden en la ausencia de reflexión, la primacía del vuelo corto por encima de los planes a largo plazo, el reinado del oportunismo o la carencia de seriedad

Las similitudes se ven quizás aún más en las carencias de la una y la otra. Las dos coinciden en la ausencia de reflexión, la primacía del vuelo corto por encima de los planes a largo plazo, el reinado del oportunismo o la carencia de seriedad. En ambas, además, se nota que los protagonistas intentan tomar al espectador o al votante como si fuera idiota.

Este fenómeno de la influencia televisiva en la forma de hacer política se antoja ciertamente lógico en una sociedad mediática como la actual. Al igual que, por ejemplo, las maneras de los youtubers son cada vez más imitadas en otras formas de comunicación. El problema, al cabo, es que en lo político se están cruzando tantos límites en tan poco tiempo que resulta ya inevitable, casi obligatorio, equiparar el impúdico transfuguismo a los cuernos que se ponen las parejas en La isla, comparar los debates políticos con las hogueras de confrontación o sentir que cada vez hay menos diferencia entre lo que pasa en el plató de Sálvame y lo que se ve en las sesiones parlamentarias.

Podría aducirse también que las consecuencias de esta forma de hacer política y de los realities son igualmente nocivas para la sociedad que habitamos. Por aquello de que lo uno y lo otro aborregan al personal. No iremos tan lejos aquí, porque el debate parece demasiado sesudo como para afrontarlo en un puente.

En todo caso lo peor de este asunto, como ya sabemos de sobra, es la hipocresía. Porque la fuerza de los hechos demuestra que muchos políticos tienen que ser adictos a La isla o Supervivientes. Sólo así se explican sus comportamientos. Pero, qué cosas, el único que admitió que le gustaban estos formatos, que fue Ignacio Aguado, ya está en su casa viendo las elecciones madrileñas también desde el sofá.