Lo bueno de esta Superliga que tanto ha sorprendido esta semana -y cuyos detalles desveló previamente Joaquín Hernández en Vozpópuli durante meses- es que sirve para reabrir diferentes debates sobre el fútbol actual. Un fútbol que, como siempre decimos ya no es fútbol o ya no sólo es fútbol. Pero ese es otro tema. De todos esos debates uno que se antoja clave tiene que ver con el consumo televisivo del balompié.

El presidente de la Superliga, Florentino Pérez, por una vez derrotado en sus ambiciosas aspiraciones, se quejaba de que a los jóvenes no les atrae el fútbol. Concretaba hablando del desinterés de las personas de entre 16 y 24 años que "tienen otras plataformas" y se quejaba de que "hay muchos partidos pero de poco interés". Argumentaba todo ello para justificar que la nueva competición es una forma de "hacer atractivo el fútbol".

Respondía poco después el presidente de La Liga, Javier Tebas, exponiendo algunos datos de audiencia reveladores. "El Real Madrid-Liverpool sólo hizo 100.000 espectadores más que el Barcelona-Valladolid. Son datos. Es la realidad. La competición nacional interesa mucho y va a seguir interesando".

Quizás el problema no está en que los partidos tengan más o menos calidad o más o menos interés, sino que está en que puedan resultar o ya resulten caros a los espectadores

Quizás a uno y a otro se les escapó un pequeño detalle que explica lo que ocurre con las audiencias: el fútbol es de pago. O, dicho de otra manera, quizás el problema no está en que los partidos tengan más o menos calidad o más o menos interés, sino que está en que puedan resultar o ya resulten caros a los espectadores. La realidad es que ya hace muchos años que funciona como un reloj una dictadura de los derechos televisivos sobre este deporte pero también sobre el resto.

Aquello del "interés general", sea del fútbol o de cualquier otro deporte, pasó a mejor vida. Es lo normal en estos tiempos. Es la ley del mercado por la que el pago por visión se ha impuesto sin retorno. Los hacedores de la Superliga defienden que gracias a la nonata competición el fútbol sería más atractivo, de manera que más personas querrían abonarse e incluso la gente que ya paga estaría dispuesta a pagar más dinero. Los críticos con este proyecto elitista consideran que el interés ya es suficiente porque en estos momentos hay muchos espectadores que pagan. Ambas posturas son más que discutibles. Pero, en todo caso, entroncan con la forma en que se consumen los deportes.

Las televisiones generalistas no pueden permitirse pagar los derechos televisivos. Las plataformas de pago son las que pagan porque luego pueden cobrar a sus abonados. Esto quiere decir, en suma, que los deportes se han privatizado televisivamente hablando. Y ello impide que sean fenómenos de masas y los convierte en espectáculo segmentados, destinados a un público muy concreto, que es el que está dispuesto a pagar por verlos. Esto, claro está, afecta sobre todo a los deportes minoritarios que por esto mismo son cada vez más minoritarios. ¿Cómo va a gustarle a un joven de 14 años el motociclismo si en su casa ese servicio no está contratado y, en buena lógica, el muchacho no ha visto una carrera de motociclismo en su vida?

Volvemos al principio. La Superliga ha fracasado porque es un artefacto que evidencia el egoísmo y la arrogancia de los grandes clubes. Pero al menos nos ha servido para reflexionar, aunque sea un poco, sobre por qué los deportes en general y el fútbol en particular pierden fuerza televisiva. Cuestión aparte es que esto tenga arreglo, porque parece que no lo tiene.