Sueños ciudadanos

¿Qué vamos a hacer?

En cualquier sistema político existen una serie de factores y de reglas que determinan las facultades y los límites de los distintos poderes, y las elecciones libres, con todas sus limitaciones, son el mejor sistema conocido para definir la situación de fondo de la opinión pública, cosa muy importante en las democracias, pero raramente sirven por sí solas para resolver nada. Las elecciones son una especie de gigantesco sondeo que sirve para establecer cuotas, en el caso del legislativo, o para determinar un ganador, caso de las presidenciales, que en España no existen, pero poco más.

La política es justamente lo que hay que hacer para que los problemas comunes se resuelvan o se aminoren, pero cuando se entiende la política como un juego en el que sólo cabe la victoria o la derrota se confunde la naturaleza del caso. Esto es lo más grave que nos ha sucedido tras las elecciones de diciembre, que los partidos políticos se han olvidado de su función y, so excusa de defender el mandato electoral, no han hecho posible ninguna investidura, algo que podría volver a pasar, aunque quepa imaginar que el poco respeto que tienen a los electores pueda menos que el miedo a que el sistema descarrile de manera irreparable.

Estamos yendo al revés de la Transición y cobran insólito vigor los extremismos

Contra la Transición

Se diga lo que se diga, en la transición triunfó la política frente a sus caricaturas, en aquel momento, el bunker o lo que se llamó la ruptura, el sucedáneo de la revolución que ofrecían inicialmente las izquierdas. Ahora está de moda subrayar los defectos del modelo que entonces se puso en pie, pero se olvida que los más graves no derivan del clima de consenso, sino de los abusos posteriores de la mayoría, y de las concesiones a los nacionalistas para alcanzarla, como cuando el PSOE de Felipe González, ahora tan añorado, decidió ponerse la Justicia de escabel de su magistratura plenipotenciaria, de forma que se ha dado pie a una política cainita, cuya continuidad está amenazando  la viabilidad del sistema parlamentario. En resumidas cuentas, estamos yendo al revés de la Transición y cobran insólito vigor los extremismos, el de una izquierda polimorfa y voluntarista que promete lo que nunca podrá darse para ocultar lo que realmente traería, y el de una derecha que, muy lejos de sus mejores momentos, no promueve la imagen de la concordia, sino la de la confrontación, y ha ayudado, insensatamente, a que, frente a ella, predomine el absurdo arbitrismo de los iluminados, para eliminar del panorama a una izquierda posibilista, europea y aseada, al tiempo que le roba su política en un ejercicio de travestismo con pocos precedentes y sin futuro alguno.

Una falsa segunda vuelta

Antes que resolver el problema que se les había planteado, las fuerzas de los extremos, el PP y Podemos, para simplificar, han preferido torcer el brazo de los electores y obligarnos a una especie de sumisión incondicional, a votar a la derecha si tenemos o creemos tener miedo, a votar a los extremistas de esa izquierda oportunista y absurda, si queremos, todo lo mágicamente que se quiera, que las cosas cambien. Entre ambos, han decidido poner las cosas difíciles a los partidos más moderados, a los que debieran ser el eje de cualquier solución política. El 26 de junio optaremos o por la dialéctica de los extremos, o porque nuestro voto haga viable una solución política que lleve acompañado un programa de reformas, algo que el partido de Rajoy nunca va a hacer, porque se ha metamorfoseado con los peores rasgos de un sistema corrupto e ineficiente, y que la supuesta extrema izquierda ni siquiera considera, porque lo que busca es algo muy distinto, el poder absoluto para su imaginario, la destrucción de cualquier forma de libertad política.

Hemos de escoger, pues, entre más cucharadas del mismo brebaje y experimentos que no salen bien ni con gaseosa, o potenciar el voto de los partidos que no han jugado a extremar las tendencias de los electores. En este caso, haríamos posible un Gobierno capaz de afrontar alguna de las reformas que se necesitan, impidiendo el acceso al poder de los chalados, y obligando a la derecha a despertar de su sueño autoritario, estatista y paradójico.

Carecemos de una fuerza política capaz de defender un modelo económico, social y cultural inspirado en la idea de libertad

El trasfondo que no se aborda

Para nuestra desgracia, siempre relativa porque es un error jugar el juego del catastrofismo, los políticos van a seguir estando mucho más pendientes de sus problemas que de los nuestros. Ayer mismo aludía Manuel Muela en estas páginas al ejemplo de incompetencia de las diversas administraciones que ha supuesto el incendio de Seseña. Se trata de un caso paradigmático de cómo nuestras administraciones rehúyen casi todo lo que no supone grandes inversiones, lo que no deja hueco a las tramoyas de la corrupción que es claro que son un auténtico cáncer que ni se sabe ni se quiere combatir. Lo impide el falso consenso socialdemócrata, la coyunda de los socialistas de todos los partidos dispuestos a gastar sin control en la obra pública que se puede adjudicar de manera arbitraria, y extrañamente remisos a adoptar las medidas de reforma que no supongan nuevos renglones de gasto abultado. Gracias a eso ha conseguido Rajoy batir el endeudamiento del dispendioso Zapatero y mantenernos en un déficit del cinco por ciento con una economía que crece por encima del tres, rara habilidad que espera su recompensa en votos interesados, una vez que se ha renunciado por completo a ganar las elecciones con argumentos y con un proyecto distinto al de una socialdemocracia disfrazada de estado de obras, en la mejor tradición de la derecha autoritaria española.

Carecemos de una fuerza política capaz de defender un modelo económico, social y cultural inspirado en la idea de libertad, y eso no se va a arreglar el próximo 26 de junio, pero sí podemos tratar de que no se agudicen los rasgos de autoritarismo, paternalismo y estatismo que la derecha defiende como medidas de eficacia, como mero sentido común. No es que exista una alternativa ideológicamente más cercana a las posiciones conservadoras y liberales, pero es urgente desprenderse de la hipoteca que supone poner esos votos al servicio de un partido que ha renunciado a cualquier forma de promoción de la libertad y que tan bien ha sabido asociarse con intereses nítidamente contrarios al más general mediante una administración opaca, arbitraria y cada vez más costosa e ineficiente para el ciudadano de a pie. Cuando no se puede hacer que los políticos cambien de ideas, puede ser una solución pasajera cambiar de políticos, tal vez sea nuestra única oportunidad.


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