Sueños ciudadanos

Dos tazas

La política española parece regirse por el dicho de “si no quieres caldo, dos tazas”, que expresa paladinamente la voluntad de imponerse al deseo ajeno, por las bravas, si hace falta. Son muchos los aspectos de nuestra vida pública que se atienen a ese paradigma prepotente y autocrático. Para empezar, estamos repitiendo unas elecciones por el simple hecho de que los electores no hemos sabido interpretar adecuadamente los deseos de los elegidos, lo que es todo un síntoma de quién es el que aquí manda. Por si acaso ya se nos avisa de que pudiera no haber dos sin tres, y, si no lo hubiere, no será porque los elegidos se decidan a apearse de sus respectivos burros, sino por el miedo que les pueda entrar a la cólera del español sentado.

Las elecciones se interpretan como la legitimación, sin restricción alguna, del poder para el que las gana

La política del nudo poder

Las enormes carencias de nuestra cultura política permiten que se interpreten las elecciones como la consecución de un trofeo, como la legitimación, sin restricción alguna, del poder para el que las gana. Por si fuera poca desgracia esa miopía, resulta que ahora aparecen quienes la convierten en el eje de sus designios, como los chicos de Podemos, y los viejos gansos que les hacen la ola, dispuestos a montar el monopolio con una chamarilería de los restos del sistema, convencidos de que en cuanto alcancen la mayoría, si no ahora, a la tercera, y que llegue cuanto antes, todos tendremos que bailar al ritmo de la coleta del machito alfa.

En un sistema democrático que se precie, las elecciones son una forma de distribuir el poder, no de otorgarlo a nadie en exclusiva, claro que para eso se requiere que el sistema se dote de reglas que permitan la separación de poderes, la poliarquía, y aquí, desde que Felipe y Guerra decidieron que la Justicia era para ellos, se han estado destruyendo minuciosamente los más leves vestigios de cualquier sistema de equilibrio, de controles y balanzas. El Parlamento está a las órdenes del Gabinete, y los Jueces sensatos procuran no perder de vista los más leves gestos del que de verdad manda. Lo único que queda un poco al aire es el poder territorial, porque, pese a ser designado por el caudillo del partido, tiene una cierta capacidad de hacer la puñeta al conjunto, justo lo que hacía falta para que esta vieja España emponzoñase sus heridas en lugar de cicatrizarlas. Peor, casi imposible, y que conste que el casi se dice a la vista de lo que puede venir.

Negociar y traicionar

Al no reconocer que la política es algo más que esa especie de torneo de Dios en el que se decide quién manda, se olvida completamente el fin mismo de la política, su justificación final que no es otra que trabajar en bien de la comunidad partiendo de que toda comunidad está, inevitablemente, atravesada por conflictos que nunca pueden resolverse negándolos u otorgando todo el poder a una de las facciones enfrentadas. Eso es la política democrática, el oficio de quienes trabajan por encauzar y sacar energía positiva de los conflictos sociales que enfrentan a quienes los eligen, buscando que sean crecientes las mayorías que aceptan las soluciones halladas que nunca, por definición, pueden ser de la completa satisfacción de todos, y de ahí que se haya de volver a dar la palabra a los electores cada cierto tiempo, para que aprueben o desaprueben lo que han hecho quienes recibieron su voto en la ocasión anterior. Precisamente por eso cabe distinguir entre negociar y traicionar, de forma que el oficio político no resulta particularmente sencillo. Pero, cuando se pierde la mayoría, en una democracia parlamentaria, es absurdo pretender cualquier derecho a gobernar por el mero hecho de ser el primero.

Cuando se pierde la mayoría, es absurdo pretender cualquier derecho a gobernar por el mero hecho de ser el primero

Dimitir, verbo intransitivo

Empeñarse en retener el derecho a gobernar obteniendo el voto de menos de un tercio de los electores, con la oposición de otros dos tercios, es un ejercicio de reducción al absurdo de la política que en las democracias normales se resuelve marchándose a su casa el dirigente que ha perdido la mayoría más que suficiente que poseía.

Concebir la política de otra manera, como una revolución o como una guerra, es, naturalmente posible, pero no ha dado nunca los mismos resultados que una política basada en principios, en una determinada visión, en la Constitución y en el patriotismo, e inspirada en la necesidad de abrir cauce a las novedades y a los estados de opinión, siempre cambiantes en el mundo en que vivimos. La mayor paradoja del rajoyismo, y hay mucho donde escoger, tal vez sea que disolviendo ideológicamente su partido, con la excusa de situarse en el centro, esté protagonizando la más persistente política de enfrentamiento que ha realizado cualquier derecha desde la transición, al tiempo que el PP de Rajoy es percibido por el electorado como una fuerza muy marginal, más allá del ocho en una escala ideal que va del cero de la extrema izquierda al diez de la extrema derecha, con el cinco en el centro. Ciertamente es muy duro pasar de ser la solución a ser el problema, pero eso es lo que tienen las democracias, según lo veía Popper, que pueden destituir al Gobierno de manera pacífica, sin que al austríaco se le ocurriera nunca pensar que un gobierno democrático pudiera resistirse a actuar con la lógica de la mudanza ante un dictamen tan inequívoco. Si alguna posibilidad tenía Rajoy de conservar la Moncloa era la de haber forzado la negociación, aunque su resultado fuese muy incierto, pero al haberse encastillado en su posición de “o yo o el caos”, se ha buscado, con mucha probabilidad, un despido sin demasiados honores.

España necesita un plan, una nueva política digna de ese nombre, y Rajoy ofrece exactamente lo contrario

El juicio de Dios, o váyase señor Rajoy

Al elegir la política de las dos tazas, Rajoy ha optado por infundir miedo, pero no parece que la jugarreta vaya a ser recompensada con el éxito. La sociedad española está ya lo suficientemente dividida como para que los políticos jueguen a acentuar el abismo que separa a las múltiples Españas que se empeñan en una especie de fiat Iustitia et pereat mundus con bastante rudo motivo. Rajoy ha preferido arriesgarse a que le suceda una especie de variopinto frente de izquierdas, tras haber tenido la mayoría más amplia, antes que retirarse discretamente y abrir paso a fórmulas menos enloquecidas. Él sabrá por qué, pero la jugada no parece que vaya a salirle ni medio bien, porque un resultado muy similar al de diciembre, escaño arriba o abajo, no modificará en nada la situación y no va a tener ahora más motivos para arriesgarse a la investidura que los que entonces no supo encontrar. Más allá de las zalamerías de los incondicionales, a sueldo o por afición, va a ser muy difícil encontrar una manera de salvarle las posaderas a don Mariano, y espero que no abunden los editoriales pidiendo una tercera oportunidad.

España necesita un plan

El argumento decisivo para desestimar cualquier posibilidad de éxito para Rajoy es que no resulta verosímil que pueda hacer sin apoyos sólidos lo que España necesita a ojos vista, dado que nada hizo, salvo hacer como si hiciera, teniendo mayoría absoluta. Decir que no a Rajoy, no es nada personal, está claro que no merece un segundo partido visto el rendimiento de su primera alineación, como lo diría el Marca. España necesita un plan, una nueva política digna de ese nombre, y Rajoy ofrece exactamente lo contrario, una segunda taza de lo mismo: es evidente que, salvo que a los electores les dé un yu-yu y le otorguen mayoría absoluta, deberá dedicarse a escribir sus memorias o a pergeñar las explicaciones que no ha sabido dar, ya sin plasma. Eso sí, podrá seguir siendo, si quiere, diputado por Madrid que es, exactamente, aquello para lo que será elegido.


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