OPINIÓN

Cuando la política sale por la ventana

Empieza a resultar obvio que estas décadas de democracia han entrado en una fase de descomposición en la medida en que los partidos han dejado de ser instrumentos electorales al servicio de corrientes de opinión, de creencias y valores, y se han convertido en aparatos del Estado con vocación de adueñarse de todo.

Cuando la política sale por la ventana.
Cuando la política sale por la ventana. Vozpópuli

El mundo entero parece padecer una extraña enfermedad: el desprecio de la política, y, lo que puede ser peor, la convicción de que existen soluciones mejores, fáciles de poner en práctica. Por esta vía, aunque no únicamente por ella, se están aproximando al poder soluciones simplistas, esa especie de taumaturgias que no resisten el menor análisis, pero que son intensamente deseadas por los supuestos perjudicados. Supongan que miles de coléricos enfermos enfurecidos con la casta médica asaltan los hospitales, no creo que lleguen a pensar que, de llegar a hacerse con los quirófanos, lograsen grandes mejoras de la salud: la imagen propuesta es sólo una mala metáfora, porque la política no es una ciencia, y en ella es esencial la opinión de los pacientes, pero si puede servir para señalar la diferencia que existe entre testimoniar una dolencia y encontrarle solución, aunque ahora se haya puesto de moda la absurda idea de que estar fuertemente quejoso es la condición suficiente para conocer el remedio. 

Ha pasado en Venezuela, por poner el ejemplo más cercano, en donde una democracia corrupta dio paso, hace ya unos años, al narcotráfico disfrazado de revolución

Por resumir, venimos llamando populismos a esa clase de propuestas, pero deberíamos de dejar de pensar en lo que nos ofrecen, que no pasa de ser una broma, y darnos cuenta de que existen a causa de errores que podrían evitarse, y que, si los políticos no aciertan a corregir las causas del desafecto, los errores de fondo pueden acabar derrumbando el edificio. Ha pasado en Venezuela, por poner el ejemplo más cercano, en donde una democracia corrupta dio paso, hace ya unos años, al narcotráfico disfrazado de revolución, con ayuda, por cierto, de alguno de nuestros radicales más obtusos y/o pérfidos, y donde los gorilas motorizados ametrallan a la gente que está harta de vivir en el horror y que no supo evitar su llegada. 

España, por ejemplo 

La negación de la política es siempre la peor política, pero para llegar a ello se pasa necesariamente por el grado inferior en la escala de perversidad que lo ocupa no la negación directa de la política, sino su extralimitación, la enfermedad que consiste en que el partidismo y el fanatismo se extiendan a las instituciones, y anonaden cualquier intento de autonomía de la sociedad civil y cualquier atisbo de independencia del resto de poderes, y en esas estamos.

Deberíamos empezar a preocuparnos no solo por la extensión e intensidad de la corrupción política, sino por el hecho evidente de que las instituciones no estén sabiendo sustraerse a esa mancha y sobrepongan las relaciones de amistad y pertenencia, una especie falsamente blanda de fanatismo, al cumplimiento de sus obligaciones con todos nosotros. En este aspecto, mucho de lo que se viene publicando del caso Lezo (ya es torpeza haber escogido un nombre de incuestionable valor y nobleza para referirse a las chapuzas de unos facinerosos) resulta demoledor para el prestigio de la Justicia y la presunción de independencia de los medios de comunicación, dos pilares esenciales para la pervivencia de cualquier democracia liberal.

Si la prensa adapta la realidad a los deseos de sus señoritos, y los que han de defender y aplicar la ley, se la saltan, para quedar mejor, estamos, en lo que a ellos respecta, a un milímetro del matonismo

Que la fiscalía y la misma judicatura se enreden con lo que supuestamente investigan, que procedan sin respetar las reglas que les confieren autoridad, que se “chiven” de lo que sospechan y acusen a ver si aciertan, es realmente grave, no solo porque haya que defender la improbable inocencia de alguno, sino porque no se puede permitir que la Justicia haga apaños y sea tan ineficiente como resulta ser, lenta, confusa, finalmente estéril. Pero el retrato que cierta Prensa ha dado de sí misma no es mejor: que un boquirroto director justifique sus zafias campañas comparándolas con las que supuestamente han hecho otros, es la mejor muestra de desprecio a sus lectores a quienes llama idiotas, él sabrá por qué. Si la prensa adapta la realidad a los deseos de sus señoritos, y los que han de defender y aplicar la ley, se la saltan, para quedar mejor, estamos, en lo que a ellos respecta, a un milímetro del matonismo, por más que traten de ocultarse con ropones de nobleza y dignidad.

La causa de la causa 

Sin que sea necesario glorificar los años de la transición, empieza a resultar obvio que estas décadas de democracia han entrado en una fase de descomposición en la medida en que los partidos han dejado de ser instrumentos electorales al servicio de corrientes de opinión, de creencias y valores, y se han convertido en aparatos del Estado con vocación de adueñarse de todo, de la Justicia, de las universidades, de la prensa, de las ONG, de cualquier cosa que se moviera. Al hacerlo se han olvidado de su mandato constitucional, han dejado de ser instrumentos al servicio de los ciudadanos y se han convertido en fines en sí mismos, lo que ha favorecido la jibarización de la democracia y el predominio de unos métodos de selección de sus elites absolutamente perversos, en los que la trampa, el fulanismo y el juego sucio han acabado por adueñarse de todo. Si a este proceso se le superpone la mala digestión socialista de las victorias de Aznar, el trauma del 11M, y el desastre de la gestión zapateril de una crisis económica muy honda y difícil, se comprende que la cosas hayan ido tan mal como lo han hecho, hasta llegar a la situación en que la derecha, que no tiene la mayoría social, entre otras cosas porque ha renunciado a conquistarla, trata de mantener el control del poder político con el espantajo de una amenaza radical, al tiempo que ha procurado destruir cualquier alternativa verosímil.

No estamos todavía condenados al desastre, pero si no se advierten, pronto, síntomas enérgicos de reacción, el proceso de deterioro comenzará a ser inevitable

El funcionamiento deficiente de los partidos no es, como es obvio, un problema únicamente nuestro, pero adquiere caracteres especialmente graves cuando apenas queda resquicio para castigar a quienes lo hacen mal sin poner en riesgo el conjunto del sistema. Si a eso se le añade que otras instituciones, en especial la Justicia y la prensa, no hayan acertado a defender su independencia esencial, lo que nos sale es que el sistema político no acierta a encontrar remedios contra el descrédito de las políticas inadecuadas, y eso supone abrir la puerta a lo peor. No estamos todavía condenados al desastre, pero si no se advierten, pronto, síntomas enérgicos de reacción, el proceso de deterioro comenzará a ser inevitable y serán muchos los que piensen seriamente que la solución está en manos de esa especie de Robespierre de pacotilla que se insinúa con torpeza solo comparable a su determinación. De los partidos, de las togas, de los periódicos y de misma la sociedad civil, tendrá que surgir una fuerte reacción en defensa de la política en su ámbito y de expulsión radical del partidismo de los lugares en los que ha pretendido instalarse sin la menor vergüenza.

El caso del PSOE

Ante las primarias del PSOE se dibujan con nitidez algunos de los peores males que nos afligen, y hay que esperar que ese partido sepa no destruirse del todo, pese a los numerosos y muy graves errores cometidos. Que entre ellos empiece a predominar un espíritu de guerra civil es dramático, pero siempre se puede dejar de cometer el último disparate. Aunque el debate sobre el papel de la izquierda esté soterrado y se subordine a una guerra de facciones podría no resultar fatal si se deponen las armas de destrucción del adversario capaces de acabar con todo. Están en una querella en que se superponen planos que no debieran haberse mezclado jamás, pero si no son capaces de advertir que no pueden reducir el partido que ha representado a media España a una jaula de alimañas, se habrán ganado el derecho a desaparecer, y nos habrán causado un último perjuicio del que nadie decente podrá alegrarse: esperemos que no sea así.


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