Sueños ciudadanos

Del incierto porvenir

Los partidos son problemáticos en todas partes, pero lo insoportable es que desconecten de lo que representan, y creen una atmósfera política enteramente artificial.

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en un acto en Valladolid.
El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en un acto en Valladolid. EFE

Que el porvenir es incierto y que el oficio de profeta está muy desacreditado son cosas que se saben con certeza milenaria, pero todavía hay clases. Desde finales de la última guerra, Europa ha vivido en una senda de crecimiento, esperanza y construcción que, sin duda, está en severo entredicho. España se incorporó tarde, pero no del todo mal, a esa aventura que había sido para nosotros una utopía al alcance de la mano. Pero la orgía reglamentista, el Brexit, la victoria de Trump, y el previsible éxito de Le Pen, han subrayado que estamos ante un final de época, con un sistema que renquea, y que las cosas son más inciertas que nunca. Jean Claude Juncker, un político típicamente europeo, ha tenido el valor, sin embargo, de plantear públicamente la necesidad de buscar fórmulas que permitan la continuidad de un proyecto que se encuentra más allá del agotamiento.

Un escenario asaz difícil

La certeza de ese desfondamiento viene a ocurrir en un escenario en el que brotan las políticas del miedo porque, en efecto, se prefiguran en el horizonte, unas amenazas muy nuevas, y nada pequeñas, algo que no ocurría en los años treinta. Se supone que los políticos existen para suscitar respuestas frente a esta clase de horizontes, pero en el solar hispano todo se arregla mirando para otra parte, o inventando y aventando problemas que no hacen sino agravar nuestra menesterosidad.

Nuestro gobierno cabalga como puede, sin la menor elegancia, la coyuntura, y se ha acostumbrado a las mentiras muy gordas

Nuestro gobierno cabalga como puede, sin la menor elegancia, la coyuntura, y se ha acostumbrado a las mentiras muy gordas, como que hay que reformar la Constitución para acabar con los aforamientos, o, su especialidad, las verdades alternativas en economía, como que habiendo más paro que en 2008 tengamos mayor PIB, o que la recaudación impositiva no aumente, a tipos iguales, pese a un crecimiento que se supone del 3,2, y otras lindezas semejantes, muy bien comentadas en Vozpopuli por Juan Carlos Bermejo.

Rajoy ante el espejo de la historia

El presidente adopta poses estatuarias, mientras elude, una tras otra, las cuestiones que se suponen propias de un líder político. Delega en la vicepresidenta el asunto catalán, y deja acariciar sus oídos por quienes valoran la cariñosa pose de su Soraya con el ogro feroz y separatista. Empieza a sugerir, no le faltan portavoces, que su mandato podría prolongarse de forma indefinida, pese a Ciudadanos, a quien no suele pesar nada, o a quien fuere, porque cree haber encontrado la fórmula del motor de agua en política, tras haber sabido transformar una crisis de caballo en una investidura, un poco asnal, pero investidura, al fin y al cabo. Por la parte de Podemos todo indica que se disponen a endosar un nuevo compromiso histórico, con tal de quedarse con el santo y la limosna de la izquierda.

El PP de Rajoy, ha quedado reducido a un negociado de apenas ocho personas

El PP de Rajoy, ha quedado reducido a un negociado de apenas ocho personas y, como ha advertido con sinceridad poco frecuente una anónima diputada, aquel que se mueva se cava la tumba, que esa sí que es perpetua. Maillo, que no debe saber mucha historia, ha dicho que no hay duda quién es el jefe, que Rajoy es el que manda, tratando de legitimar un partido que parece convertirse en una mezcla de la CEDA y la Falange, puro regreso a los años treinta, que asoman por todas partes.

Por la izquierda

Hay personas que, no siendo muy duchos en números, en realidad en casi nada, se empeñan en que sea posible una recomposición del bipartidismo entre PP y PSOE dejando fuera del saco electoral cerca de seis millones de votos. En el PP calculan que ya no pueden perder más, pero eso depende de cómo sea la alternativa que tengan en frente. Iglesias puede firmarle un seguro de vida a este PP jibarizado, capaz de alinearse con las versiones más tontas de la supuesta progresía moral, y encantado de tener cogido por salva sea la parte a los millones de españoles cuyos cabellos se erizan al imaginarse en manos de los rudos modales de la troika podemita.  

Sánchez está protagonizando un segundo asalto a Ferraz con bastante éxito del público que ha de decidir con su voto

Hay una variante en el aire, cuyo despeje será decisivo: quién se hará con las riendas del PSOE. Hay quienes se atienen a la versión maruhendista, por llamarle algo, que presenta a un Pedro Sánchez henchido de ambición, torpe, incapaz y bobo, e imaginan, además, que el instinto de supervivencia (¿?) de ese viejo partido hará que la llegada al poder de Susana Díaz, o, en caso de mal menor, de Pachi López, devolverá las aguas a su cauce. Incluso esta clase de expertos tiene que reconocer que Sánchez está protagonizando un segundo asalto a Ferraz con bastante éxito del público que ha de decidir con su voto. Sánchez ha tenido el acierto de rodearse de parte de la mejor historia del PSOE en esta nueva navegación, y no deja ninguna duda sobre su intención de recuperar el voto de una izquierda desanimada y presa del desconcierto. Su victoria no es imposible y, de producirse, alterará completamente el calendario político, y hasta puede que obligue a los miles de afiliados al PP que todavía persisten en su marca a exigir cambios: Rajoy se ofrecerá para protagonizar la mutación decisiva, pero, para entonces, tal vez no resulte creíble.

Los partidos, ese mal necesario

Los partidos son problemáticos en todas partes, pero lo insoportable es que desconecten de lo que representan, y creen una atmósfera política enteramente artificial. Eso es exactamente lo ocurrido con el PP, y, en parte, con el PSOE. Lo que se ha llamado crisis del bipartidismo está todavía por resolver. Es obvio que, si se pone a la mayoría de los electores entre la pared de un partido sin alma, pero nominalmente conservador, y la espada de un partido que anuncia una revolución chapucera, mezcla escasamente sutil de lo peor con lo malísimo, pero con gotas de verdad en sus mensajes, las gotas de quienes más han sufrido una crisis, primero negada, luego mal gestionada, y a la que no se sabe poner nombre ni solución…, una buena mayoría apostará por el mal conocido. Pero eso puede cambiar si quien se ofrece como alternativa acierta a combinar la esperanza con una dosis razonable de realismo y respeto a la democracia, que, con todos sus defectos, sigue siendo la menos mala de las soluciones.

No hay que esperar que un cambio de escenario político supere milagrosamente nada, pero debería hacer posible que podamos hablar de nuestro incierto porvenir con alguna libertad, y que tratemos de encontrar soluciones a los enormes problemas que nos afectan, en España, en Europa y en el futuro, sin continuar perdiendo el tiempo con las naderías que nos arrojan para entretenernos mientras conservamos el sentido común de no creer en ningún Paraíso.


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