OPINIÓN

La generalización del particularismo

Tras los años de la transición, que ahora se pretende describir como años de falsía y de engaño, en los que primó un razonable interés por el bien de los españoles, hemos llegado a un escenario político en el que se prima esencialmente la deslealtad.

La generalización del particularismo.
La generalización del particularismo. EFE

Ortega y Gasset presentó el particularismo como uno de los males más característicos de la sociedad española, nada menos que hace más de noventa años. Para el filósofo madrileño, el particularismo consistía en la tendencia a olvidar el todo del que se forma parte, y, según él, esa inclinación propiciaba la “acción directa”, el tomarse a justicia por propia cuenta, y el olvido de cualquier clase de afecto hacia lo común, hacia los principios de la representación, la participación y el respeto. Esa fue la tesis de su “España invertebrada”, que seguramente puede verse como un caso especialmente singular, podríamos decir, del fenómeno más general que describió como “rebelión de las masas” una década después.

El particularismo desbordado

Ortega acertó a interpretar la tendencia del poder político a constituirse en una fuente más de particularización, y lo describió como la creencia de que los españoles suelen verse reducidos a la condición de mera oportunidad para que los políticos se puedan dar el gusto de existir, lo que, evidentemente, es una forma de poner el carro antes de los bueyes. De premisas similares Ortega extrajo una interpretación melancólica, pesimista, la idea de que España se reducía a ser, más que un pueblo, la polvareda que queda de su paso por la historia. Esta clase de meditaciones resultan harto discutibles como visión esencialista sobre el ser de España, pero puede seguir conservando un cierto valor como aproximación analítica a los problemas de una España felizmente bastante distinta a la de hace casi un siglo.

Es razonable apostar por que, ya en la segunda década del siglo XXI, los españoles seamos capaces de discutir razonablemente sobre lo que nos pasa

Es razonable apostar por que, ya en la segunda década del siglo XXI, los españoles seamos capaces de discutir razonablemente sobre lo que nos pasa, entre otras cosas porque ya no resulta sostenible la afirmación orteguiana de que no sabemos lo que nos pasa y que eso sea, precisamente, lo que nos pase. Muy por el contrario, nuestros problemas están sobradamente diagnosticados y lo que se echa en falta es la suficiente determinación para abordarlos, lo que no es sino una muestra obvia de que existen amplios e influyentes sectores de la sociedad española que viven muy cómodamente con una serie de dolencias perfectamente conocidas. Pero diversas formas de activo “particularismo” lo impiden con notoria eficacia.

El paradigma Ortega-Cambó, por ejemplo

En un reciente, y brillantísimo, artículo en el diario El País, Juan Claudio de Ramón Jacob-Ernst, un joven ensayista y diplomático, ha mostrado que el modo orteguiano de explicarse el problema catalán y su recomendación de “conllevanza”, está inspirado en el mismo esencialismo histórico que llevó a Ortega a ese pesimismo melancólico al que nos acabamos de referir. Lo que afirma Juan Claudio de Ramón constituye un luminoso ejemplo de esa falta de aplicación de remedios a dolencias claramente diagnosticadas. En efecto, el llamado “encaje” del catalanismo será por completo imposible mientras el nacionalismo sea la forma exclusiva de hacer política en Cataluña, y mientras el resto de partidos renuncie a hacer una política distinta, y se refugie, por ejemplo, en la mera ley. Abandonar ese esencialismo exige creer sinceramente en la posibilidad de ser catalán y español sin traumas ni “conllevanzas”, como una mayoría de ciudadanos actualmente sojuzgada en aquella parte de España espera pacientemente que se haga.

El particularismo de los partidos

Mientras los partidos políticos persistan en ir a lo suyo, en lugar de entregarse, de verdad, a tratar de superar los problemas que a todos nos afligen, seguiremos padeciendo las carencias que nos agobian. Los dos grandes partidos han sufrido castigos históricos por su comportamiento ensimismado y egoísta, pero no dan señas suficientes de ser capaces de hacerse cargo de lo que se espera de ellos. El PP, en particular, constituye un caso notable de calma chicha en momentos en que el partido se encuentra en un auténtico callejón político sin salida. Lo único que parece preocuparles es la eventualidad de “perder Murcia” y aflicciones similares, mientras continúan empeñados en vender un doble engaño, que estamos saliendo de la crisis y que eso se debe a los méritos de Rajoy, Soraya y Montoro.

Su insensibilidad hacia el fenómeno de la corrupción está alcanzando cotas legendarias, lo tratan como si fuera un fenómeno natural, una serie desafortunada de tormentas de verano

Su insensibilidad hacia el fenómeno de la corrupción está alcanzando cotas legendarias, lo tratan como si fuera un fenómeno natural, una serie desafortunada de tormentas de verano, y esperan que no se les culpe por la lluvia inclemente, pero es que los partidos que han surgido al socaire de la crisis de los dos grandes pronto han aprendido a comportarse como sus mayores, a posponer las intenciones de quienes les votaron

a su propio interés, electoral por supuesto, al cobro del dividendo y la subida de la acción.

Un catálogo de problemas que no se abordan

Es absurdo pretender que no nos afectan las graves cuestiones que están en el aire en el mundo entero, extender la mentalidad de Ínsula Barataria, para seguir presentando la vida política como una trama compuesta de episodios como el murciano, querellas que a nadie importan en la forma en que se tramitan, y que transmiten la impresión de que la corrupción se ha convertido en un elemento más en el sainete partidista para decidir quién se sienta en la silla. Y mientras tanto, la Justicia, la universidad, la educación, las pensiones, el empleo, las expectativas de los jóvenes, y en especial de los que se dedican, heroicamente, a investigar, la revisión de los planes ferroviarios, o el necesario debate sobre los problemas demográficos quedan en la reserva, como si careciesen de cualquier interés para ocuparse de ellos.

La acción política se ha estructurado de tal manera que todo parece consistir en una especia de lucha de todos contra todos para repartirse un presupuesto siempre creciente

Todo ocurre como si España entera estuviese encantada de conocerse, pero no es el caso, aunque la acción política se ha estructurado de tal manera que todo parece consistir en una especia de lucha de todos contra todos para repartirse un presupuesto siempre creciente, a costa de una deuda insoportable, y basado en una previsión de ingresos difícil de creer, especialmente por cuanto no se hace nada distinto a esperar que aumente de manera casi milagrosa, sin actuar ni ligeramente sobre enormes renglones de gasto que, de ser conocidos con cierta precisión por los españoles del común, podrían hacer que se desbordase la famosa cólera del español sentado. 

El particularismo elevado a método

El sistema vigente para discutir la adjudicación territorial de los caudales públicos constituye todo un homenaje al éxito de la acción directa, como lo muestra el que sean, inequívocamente, las regiones más belicosas las que consiguen arrancar la parte más mollar de los caudales públicos, encabezados, naturalmente, por los secesionistas que han hecho del desafío abierto a la Constitución la verdadera regla de oro para llevarse la mejor parte. Si esto no es un disparate que sería del interés común corregir, para que podamos tener una auténtica política nacional y territorial que venga Dios y lo vea.

Prima esencialmente la deslealtad, el particularismo, la demanda, en el que nadie tiene nada que ofrecer y todos se afanan en exigir al común unas demandas sin mayor fundamento

Tras los años de la transición, que ahora se pretende describir como años de falsía y de engaño, en los que primó un razonable interés por el bien de los españoles, hemos llegado a un escenario político en el que se prima esencialmente la deslealtad, el particularismo, la demanda, en el que nadie tiene nada que ofrecer y todos se afanan en exigir al común unas demandas sin mayor fundamento. Que esto se haya hecho, en buena medida, al abrigo de cierta forma de entender la izquierda, resulta uno de esos incomprensibles enigmas de la política. Que ese particularismo destructivo pueda ser sometido a la razón y al interés común es solo una esperanza, pero debería ser un objetivo principal de cualquier política decente, algo de lo que, en verdad, no hay ahora mismo excesivas muestras.


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