OPINIÓN

El fin del Estado menguante

España no se puede permitir ningún nuevo error, ninguna marcha atrás, ni una sola debilidad de Estado menguante.

El fin del Estado menguante.
El fin del Estado menguante. EFE

Las consecuencias de las elecciones catalanas están por ver, en especial por lo que se refiere a la reacción política de fondo del electorado español en su conjunto. La gran paradoja, que muchos habían previsto, es que la premura rajoyana por salir del mal paso en que se metió por su fracaso al aplazar el 155, que debiera haber servido para impedir el referéndum del 1 de octubre de manera terminante, le han conducido a un atolladero del que busca salir desesperadamente: se le ocurre de todo, por ejemplo, subir el salario mínimo con foto, menos lo que se le tendría que ocurrir, que es rectificar su política. Rajoy ha sido, una vez más, previsible, pero seguramente no alcanza a vislumbrar cómo esa supuesta impavidez  le puede acabar sepultando. 

La fórmula del problema

El problema con el separatismo supremacista catalán es tan grave como pueda serlo cualquier dificultad mal tratada y cogida a destiempo. Rajoy, llevado por su tendencia a la inercia, creyó que podría repetir las políticas que hicieron posible la deslealtad de los independentistas, incluso una vez que estos la habían convertido en un plan político preciso y nítido, tan obvio como disparatado, pero nada que pudiera tener otra interpretación que la literal. Esa política consistió en la deserción del Estado, en el abandono completo de sus estrategias de legitimación, en la confianza de que la lealtad al pacto constitucional no sería puesta en entredicho. Aquello fue un error, un error histórico no menos grave por explicable, pero persistir en esa actitud de fondo, ofreciendo diálogo, cuando los separatistas comenzaron a legislar como si ya fuesen de hecho soberanos, consentir el menoscabo continuo de un Estado menguante, no ha sido sólo un error sino un auténtico crimen.

Tras el resultado electoral, no cabe persistir ni un minuto  más con esa clase de políticas, y el problema consiste en que los electores se temen que Rajoy pueda ser incapaz de aplicar cualesquiera otras

Tras el resultado electoral, no cabe persistir ni un minuto  más con esa clase de políticas, y el problema consiste en que los electores se temen que Rajoy pueda ser incapaz de aplicar cualesquiera otras, de dejar de esconderse detrás de los Tribunales para cumplir con su obligación de acatar la ley y hace que se acate por todos.

Responder a las provocaciones

Desde que el mundo es mundo, las políticas de apaciguamiento han respondido a una esperanza casi invariablemente vana, la de que los agresores se conviertan en palomas de la paz. Ahora tenemos a los supremacistas dispuestos a repetir una por una sus maniobras de desestabilización, su abuso del derecho, queriendo investir a un prófugo que perora tras una pantalla repitiendo toda clase de sandeces. Si la política tradicional de los gobiernos ha sido la de dejar pasar, mirando para otro lado, ahora ya no se puede actuar así, y Rajoy debería saberlo. No se puede porque los catalanes no secesionistas, que no son minoría, se han puesto en píe frente a los abusos del supremacismo, y porque el conjunto de los españoles, se ha dado cuenta de que algo hay que hacer para que no se les robe un bien muy querido, la igualdad de derechos, la libertad política, la unidad de la patria común, de la única nación política que se llama, desde hace siglos, España.

Rajoy estará sopesando sus escasas alternativas y, diga lo que diga, decidirá más pronto que tarde, si convoca elecciones de manera inmediata

El presidente del Gobierno deberá responder a esa clase de desafíos perfectamente previsibles de manera nítida, y cabe sospechar que Rajoy no se atreverá a hacerlo con la debida diligencia. Como nadie mejor que él sabe hasta qué punto esto pueda ser así, Rajoy estará sopesando sus escasas alternativas y, diga lo que diga, decidirá más pronto que tarde, si convoca elecciones de manera inmediata para tratar de salir del mal paso en el que le ha metido su tradicional, y desquiciada, prudencia, o si trata de sobrevivirse a cualquier precio. Él verá el asunto desde su peculiar ángulo, pero el panorama con el que tiene que contar para decidirse le resultará particularmente incómodo.

El paisaje electoral

El electorado español en su conjunto, no presenta la misma consolidación de fondo que se ha hecho evidente en Cataluña, donde han cambiado los representantes pero sigue existiendo una brecha ciudadana perfectamente definida. En España, en buena medida por el efecto catalán, todo indica en que las fronteras políticas se pueden estar moviendo de manera difícil de controlar.

Si Rajoy convoca de manera inmediata, puede aspirar a hacer valer una cierta mayoría, muy en riesgo de cualquier modo, mientras que, si tarda en hacerlo, puede encontrarse con que el PP bajo su dirección  emprenda un camino similar al de la UCD, tal vez sin tintes tan extremos, pero con una melodía decadente muy similar. Nuestro sistema electoral ha permitido tres modelos parlamentarios bastante distintos: el de 1977 y 1979, con dos partidos en la derecha y predominio del más moderado, y dos partidos en la izquierda; el de la hegemonía del PSOE sobre una única derecha muy alejada del centro, que duró de 1982 a 1996, y el que inauguró el aznarismo tras recuperar el voto del centro derecha, y que es lo que habitualmente se conoce como bipartidismo (imperfecto), que ha estado vigente desde 1996 hasta ahora mismo.

En la actualidad todo indica que el modelo de resultados va a cambiar, puesto que Ciudadanos ha emergido en Cataluña como una fórmula preferible para buena parte de los votantes populares

En la actualidad todo indica que el modelo de resultados va a cambiar, puesto que Ciudadanos ha emergido en Cataluña como una fórmula preferible para buena parte de los votantes populares; sería insensato negar que Cataluña es muy distinta, por ejemplo, de Galicia, pero Rajoy deberá escoger el momento preciso para la prueba de fuego: de lo que no cabe duda es de que el PP que construyo Aznar en 1996 está ahora mismo muerto.

Lo que conviene a España

España ha superado con éxito una prueba constitucional bastante difícil, y lo ha hecho apoyándose en factores que persistirán: la solidez del Estado, magníficamente defendida por el Rey como máxima expresión simbólica, la inequívoca solidaridad europea e internacional, la realidad económica, y el impulso ciudadano que ha sido incuestionable y muy poderoso. Pese a todo eso, los que nos han desafiado, tratarán de repetir, porque todavía siguen creyendo en que todos esos factores son tigres de papel que no resistirán nuevos embates del poble con el que sueña Puigdemont.

Lo que es evidente es que España no se puede permitir ningún nuevo error, ninguna marcha atrás, ni una sola debilidad de Estado menguante, y que eso deberá hacerse con un Gobierno sólidamente apoyado por la opinión y por la mayoría de las fuerzas políticas, por un Gobierno sin miedo. Caben muchas dudas respecto a que el actual Gobierno sea capaz de hacerlo, y de ahí que un nuevo Gobierno sería lo mejor que pudiera pasarnos. Tal vez Rajoy tema que ese nuevo Gobierno no pueda ser suyo, pero no cabe duda de que debiéramos exigirle que sepa poner el bien de todos por encima del propio, que, en cualquier caso, está bastante en el aire.


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