Sueños ciudadanos

El enorme error de una campaña vacía

En términos médicos, podríamos decir que España no está afectada por una crisis, que algunos podrían considerar casi terminal, sino, más bien, por una enfermedad crónica, aunque considerablemente agravada por tratamientos enteramente incorrectos. Creo que ese es exactamente el diagnóstico que dan a entender quienes emplean el término, sumamente equívoco, de regeneración, y, en cierto modo, también quienes hablan del derrumbedel sistema. Frente a esas metáforas biológicas o jurídico ingenieriles, prefiero una analogía marinera que ha empleado recientemente Javier Zarzalejos: cuando un barco zozobra o se pierde, hay que pensar no sólo en que el navío esté mal diseñado, sino en la competencia de la tripulación.

Políticos manifiestamente mejorables

Sin desconsiderar la responsabilidad de todos en nuestros males, es lógico subrayar la ineptitud de los políticos. Ahí está nuestro problema añadido, la perversa selección de las élites de gobierno, la estúpida retórica cainita que consentimos a los partidos, nuestra indolencia al aceptar grotescas mentiras como verdades preciosas, y la absoluta falta de sentido de responsabilidad de los políticos que contribuyen a mantener a los ciudadanos en un estado perpetuo de minoría de edad, en situaciones de sometimiento y vasallaje al maná supuestamente inagotable de las subvenciones, manteniendo en la oscuridad que solo nos dan una parte de lo que previamente nos quitan cobrando sustanciosas comisiones por esos supuestos regalos.

Los partidos seguirán discutiendo en nuestra presencia sus ambiciones, sus añagazas, sillones y cuotas

Qué discutiremos en la campaña

Puede que alguien espere grandes sorpresas en la campaña que se avecina. Me temo, sin embargo, que los partidos seguirán discutiendo en nuestra presencia sus ambiciones, sus añagazas, sillones y cuotas, pero raramente se acordarán de referirse a lo que nos pasa y, todavía menos, de explicar con claridad que es lo que podrían hacer para remediarlo. Son muchos años domando un lenguaje equívoco y confusionario para que ahora se dejen llevar por un viento de realismo que habría de ser necesariamente sucio. Como no han sabido abrir espacio al realismo crudo, ha aparecido una fuerza que simula hablar desde la desesperación y el desengaño, pero que ya ha dado muestras suficientes de ofrecer más de lo mismo, demagogia populista y drama social.

Nadie se atreverá a decir que España no puede seguir gastando como si tal cosa y aumentando una deuda que habrán de pagar quienes vienen detrás de nosotros, nuestros hijos y nietos. Nadie dirá que, de seguir como pretenden que sigamos, no se cumplirán los objetivos de déficit, y que, cuando todo el tinglado se venga abajo estaremos en las peores condiciones para levantarnos. Nadie dirá que el costosísimo e innecesario sistema de autonomías que se ha puesto en píe tiene que ser severamente podado, porque es tan inútil como insoportable, ni que gastamos enormes cantidades de dinero en sistemas sociales perfectamente ineficientes, que nuestras universidades son meras bolsas de empleo mal pagado y paro aplazado, que no podemos seguir manteniendo una Justicia politizada y con unas administraciones cuya verdadera especialidad es poner trabas a los que pretendan hacer cualquier cosa que no sea inútil o rutinaria, eso sí, bajo ventanillas que anuncian ayuda al emprendimiento.

Nadie nos dirá que ya no podemos seguir esperando el auxilio de una Unión Europea que está en sus peores momentos

Nadie nos dirá que ya no podemos seguir esperando el auxilio de una Unión Europea que está en sus peores momentos, y que nuestra obligación como nación es contribuir a que la burocracia de la UE se simplifique y a que la Unión sepa afrontar los enormes problemas que nos esperan en un mundo en el que Europa es, cada vez más, algo del pasado con un futuro sumamente incierto si no acertamos a vivir a nuestra costa, y ya fuera del paraguas norteamericano que se ha cerrado definitivamente.

¿Hablarán los partidos durante la campaña de algo como esto? ¿Se atreverán a decir que no están dispuestos a que la unidad nacional se vaya al carajo para que cuatro señoritos inútiles puedan estrenar embajada en Zambia, que es posible les reconozca?

Siempre más, nunca mejor

La enfermedad nacional que ahora adquiere caracteres más dramáticos consiste en habernos acostumbrado a que el gobierno de unos pocos se haga a costa del interés de los más, mientras que esa situación se presente con tintes suficientemente engañosos. El engaño no puede ser ni más simple, ni más perverso. Se trata de hacernos creer que todo se hace por el bien común, pero que para que eso pueda hacerse con eficacia, debemos mirar siempre para otra parte. No fijarnos en las cuentas, sino en los cuentos, no pensar en lo que pagamos, sino en el esquema envidioso que da en suponer que se le saca más al que más tiene porque nosotros no pagamos nada, porque los impuestos mayoritarios no son evidentes sino transparentes, invisibles. Los españoles se han acostumbrado a esperarlo todo del gran padrino estatal porque son poco dados a hacer números y prefieren los cuentos de buenos y malos, imaginar a los políticos como bandidos generosos, como una especie de Curro Jiménez frugal, simpático y bienhechor.  Ni siquiera la larga serie de episodios de corrupción, esos 6.000 euros por piso que se ha dicho reclamaba el que fue secretario general del PP madrileño, señor Granados, han sido capaces de sacar a los españolitos del cuento de la sopa boba.

Bastaría con que empezásemos a pensar que debemos exigir no más sino mejor, que no es lógico tener tres malos bolígrafos si por ese precio se puede comprar uno excelente, y que es un desastre y un engaño tener cerca de cien universidades sin que ninguna de ellas ocupe un lugar medianamente discreto en el panorama internacional de la enseñanza superior, no digamos en el de la investigación.

En política la cobardía puede ser rentable para el que está en el poder, piénsese en Rajoy, pero es letal para los aspirantes

Faltan líderes

En política la cobardía puede ser rentable para el que está en el poder, piénsese en Rajoy, pero es letal para los aspirantes, porque sólo puede vivir de la inercia y del miedo, pulsiones de decadencia y de muerte. Necesitamos políticos que digan cosas valientes, que se atrevan a romper el círculo maloliente en el que la mayoría de los ciudadanos, pese a toda su sumisión y exceso de candidez, incluye, casi sin excepciones, a la clase política establecida. Si nadie de los que ha de hacerlo se atreve a eso, cabe temer que habremos perdido otra oportunidad, que el resultado será un calco del de diciembre, que entraremos en ese bucle desesperado y estéril que define a los Estados fallidos. Estamos ante una oportunidad, que podría ser la última, de recuperar el impulso de ilusión que supuso el comienzo de la democracia, y que nos podría permitir zafarnos de la tendencia a perder oportunidades, a ir a peor cuando, a poco que se hiciese, tendríamos mimbres para superar los mejores momentos de nuestra historia, porque existe una España que podría ser mejor que el sistema ineficiente y corrupto que ahora nos sofoca.


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