OPINIÓN

Una dimisión ejemplar

Sea la que fuere la intención personal del fiscal anticorrupción, al dimitir ha dibujado en el ambiente enrarecido de las defensas de los políticos públicamente cuestionados un nivel de exigencia personal que no tardará en mostrarse como insoportable para muchos de los que piensan, guarecidos tras esa presunción de inocencia que vale lo mismo para un roto que para un descosido, que lo suyo se arregla con aguante y meses de papeleo.

Una dimisión ejemplar.
Una dimisión ejemplar. EFE

Puede que algún político despistado perciba la dimisión del fiscal Moix como un alivio en la presión al PP por la interminable serie de episodios de corrupción, y tal vez piensen que, con ella, se ha conseguido que se libre Maza, se libre el ministro, y que, además y como siempre, se libre Rajoy. No parece que éste sea el caso. Moix ha sentado un precedente muy peligroso en la actual situación, porque se ha ido tras una mera cadena de indicios en contra de su honorabilidad, algunos realmente alambicados, de forma que hay que considerar ejemplarmente responsable, como muestra de una clara conciencia de que para ejercer un cargo público hay que ser ejemplar y, además, parecerlo. Si se aplicase el criterio a cualquiera de los casos que llaman la atención del público, no habría sitio en España para los dimisionarios.

Moix ha dejado con el trasero al aire a decenas de personajillos, y a algún que otro gerifalte

Sea la que fuere la intención personal del fiscal anticorrupción, al dimitir ha dibujado en el ambiente enrarecido de las defensas de los políticos públicamente cuestionados un nivel de exigencia personal que no tardará en mostrarse como insoportable para muchos de los que piensan, guarecidos tras esa presunción de inocencia que vale lo mismo para un roto que para un descosido, que lo suyo se arregla con aguante y meses de papeleo. Moix ha dejado con el trasero al aire a decenas de personajillos, y a algún que otro gerifalte.

Rajoy en el banquillo

Rajoy ha recomendado dedicarse a lo serio, que es lo que él hace según su privilegiado punto de vista, y dejarse de “chismes”, que es lo que hace casi todo el mundo, según el mismo excepcional observatorio. Puede que se refiera a la cita judicial de que ha sido objeto y que ha desatado enormes casuísticas y eruditas excusas a cargo de muchos de sus conmilitones. No le falta algo de razón, si al caso se refiere, porque ya es fijarse en el dedo, y no en la Luna, discutir acerca de si debe acudir en persona o puede perorar por vía plasmática, cuando lo realmente significativo es que un presidente de gobierno, y en la fecha de autos, presidente del PP, tenga que declarar en asuntos tan turbios. Por muchísimo menos que eso, Moix ha presentado su dimisión, rarezas de fiscales, supongo.

Es fijarse en el dedo, y no en la Luna, discutir acerca de si debe acudir en persona o puede perorar por vía plasmática, cuando lo realmente significativo es que un presidente de gobierno tenga que declarar en asuntos tan turbios

Claro que frente a esta reflexión elemental, los mismos que argumentan indefensión, discriminación y abuso por exigir su presencia argüirán, sin duda, que Rajoy nada tiene que decir en materia de corrupción, es más, que ya ha dicho muchas veces que es honrado, y que lo único que se le puede achacar es cierta especie de piedad hacia corruptos y pecadores, como quedó sobradamente de manifiesto con el “Luis se fuerte, hacemos lo que podemos”, porque, como es público y notorio, el PP es una organización sumamente descentralizada, en la que todo el mundo actúa por su cuenta sin que el de arriba tenga que preocuparse ni tenga nunca la menor responsabilidad sobre nada de lo que pueda ocurrir.

Una legislatura amarrada

Maestros en el arte del halago, los medios próximos al presidente no cesan de proclamar sus excelsas capacidades de supervivencia, su magnífica astucia para eludir el bulto, su rara habilidad para conseguir 176 votos con apenas 137. Según este modo de ver, Rajoy habría logrado ya culminar la legislatura para encaminarse a su tercera y triunfal reelección. Puede que el político gallego consiga todo eso, pero afirmar que ahora mismo lo tiene ya en la mano resulta un tanto prematuro. Y no lo digo porque sería bueno examinar los costes para el común de tanta filigrana, ya que se da por hecho que los electores del PP suscriben esa peculiar forma de asegurar la permanencia y la seguridad del presidente como si fuera una parte indistinguible del puro Bien Común, sino porque el panorama con el que se enfrenta Rajoy resulta ser manifiestamente mejorable.

A Rajoy le espera una oposición poco previsible del PSOE y una moción de censura

A Rajoy le espera una oposición poco previsible del PSOE y una moción de censura que, por más que sea atrabiliaria, es seguro que no se va a dedicar a poner en endecasílabos las loas y los suspiros de admiración que Rajoy despierta allí por donde va. Iglesias tratará de atacar a su verdadero rival, pero es seguro que no lo va a hacer afeándole que llamase indecente a Rajoy, entre otras cosas porque tiene que demostrar que ha presentado la moción de censura para algo distinto a asegurarle a don Mariano un año de permanencia. Aunque Rajoy llegue a ausentarse del hemiciclo, y aunque no se digne responder al proponente, dejando que se luzca Hernando, si se opta por el tremendismo, o la señora Sáenz de Santamaría, si se prefiere la suficiencia, Rajoy va a recibir unos cuantos salivazos de los que escuecen, y eso no va a ayudar a su hagiografía.

¡Força Catalunya!

El señor Puigdemont está a punto de inventar una forma nueva de secesión, lo que no es poco. Conseguir la secesión con una conferencia en el ayuntamiento de Madrid, que lo mismo vale para un pan que para unas tortas, y una ley aprobada a oscuras no está al alcance ni siquiera del Mago Dynamo, aunque es posible que sea imitado por la versión del ilusionista inglés que realiza José Mota. Como para curarse en salud, el astuto Puigdemont ha preguntado a Rajoy si pretende usar “la fuerza contra Cataluña”. No sé cómo el PP no ha salido en tromba, como ellos dicen, a defender a Rajoy de semejantes insinuaciones, pero todavía me sorprende más la jeta del ex alcalde al hacer una pregunta semejante. Tal vez crea que él y sus secuaces están usando procedimientos exquisitamente liberales e inmaculadamente limpios para tratar de poner en píe esa paparrucha, pero me temo empiece a maliciarse que hasta alguien tan decididamente blando como Rajoy pueda enfadarse un poquito si sigue tocando las narices y haciendo por la fuerza lo que ni él ni nadie puede hacer de otra manera. Si Rajoy estuviera a lo que tiene que estar, podía haberle contestado a Puigdemont con alguna gallegada, pero ha preferido callar frente a tanta tontería. Puigdemont, y quienes le siguen y corean, está demostrando más ignorancia que atrevimiento, pero su inquietud resulta bastante infantil, algo así como si Zapatero hubiese dejado en el aire si Obama se atrevería a enviar a los Navy Seals a castigarle por no levantarse al paso de la bandera de los EEUU. La mala educación y los delirios de grandeza pueden confundir a cualquiera.


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