Sueños ciudadanos

El dilema político

Un conjunto poderoso de fuerzas está tratando de convertir esta campaña en una especie de juicio de Dios, de forma que habría que escoger entre formas excluyentes de encarnación del Bien y del Mal, con la notable propiedad de que para unos el mal está en lo que se muestra como una amenaza, y, para otros, el mal está en la no sanación, en la continuidad del sistema. Mediante una operación de la que hay cada vez testimonios más elocuentes, Rajoy se las ha arreglado para potenciar una forma de oposición radical que le sirve a las mil maravillas para aparecer como la única opción posible frente a una perspectiva de corte revolucionario.

O yo, o el caos

Esta estrategia de confrontación practicada por el PP, no sin la ayuda de errores ajenos, aleja al partido de la derecha de su discurso histórico, de su estrategia más reiterada, de su deseo de presentarse como una fuerza moderada, como la encarnación del centro y de los intereses de la mayoría de los electores. Es interesante preguntarse qué ha hecho posible un cambio político tan llamativo, que se ha llevado a cabo, por cierto, sin que haya mediado ningún Congreso del Partido, ninguna declaración formal, enteramente de tapadillo.

Montoro llegó a decir que se habían atrevido a hacer una reforma fiscal que superaba cualquier sueño de la izquierda

Rajoy pudo darse cuenta muy pronto, en el primer año de su mandato, que la reciente victoria en las generales, no garantizaba una mayoría duradera. Las elecciones andaluzas celebradas unos meses después de su llegada a Moncloa le hicieron ver que el enorme capital político del que disponía, no le había servido para acabar con el predominio del PSOE en su feudo andaluz, y que esa podía ser la tónica a la que se atuviesen las sucesivas convocatorias. La lección que sacó de esa humillante derrota no fue la que podría sacar cualquiera: “hemos renunciado a hacer nuestro programa y los electores nos han dado la espalda”. Rajoy practicó, por el contrario, la dialéctica gallega y decidió apuntarse a la hipótesis más cómoda para él, echarle la culpa a la crisis y a los muy tímidos esbozos que había hecho de hacer algo distinto a lo que pudiera haber hecho Zapatero. Por paradójico que parezca, decidió entonces que había que quedarse sin otro programa político que su supuesto buen Gobierno, y comenzó a aplicar, a hora y a deshora, su retórica de lo inevitable, su monserga de que había que hacer lo que había que hacer, y que eso lo hacía mejor que nadie él y sus ministros, que son muy listos y resalaos. En vena de entusiasmo por el hallazgo, Montoro llegó a decir que se habían atrevido a hacer una reforma fiscal que superaba cualquier sueño de la izquierda, y que esa medicina brutal, además de ser la del supuesto adversario, nos llevaría a los verdes campos del edén, a superar la crisis.

Los tecnócratas necesitan al demonio

Frente a esta reducción de la política a una tecnocracia de las cifras, que no significan nada para el común de los mortales, había que inventar un enemigo creíble, alguien que fuese todavía más atrevido con nuestros bolsillos de lo que lo había sido Montoro, que diese no ya miedo sino pavor, y los que saben de estas cosas se encontraron a un candidato idóneo en las moquetas de la Facultad de Políticas de la UCM, lo que dio lugar al rápido y sorprendente ascenso del señor de la coleta, dispuesto a lo que fuera para hacerse con el título de rival oficial de la casta. El PP no sólo le robó la política a un PSOE sumido en la desdicha, sino que fue más lejos, adoptó el lema leninista de que “cuanto peor, mejor” para preferir la confrontación con un enemigo de diseño, pero peligroso para todos, en lugar de medirse con el adversario habitual.

Tirando de fondo de armario

Por eso, si el próximo 26 de junio se produjese, como algunas encuestas anuncian, un resultado en que el PSOE quedase postergado tras Unidos Podemos, y Ciudadanos perdiese la posición alcanzada, el éxito de Rajoy sería completo. Para los españoles eso sería seguramente desastroso, pero para Rajoy podría suponer la ansiada continuidad en Moncloa, la preciosa oportunidad de dedicarse a aquello en lo que es el mejor, a no hacer nada. Por eso, aunque Rajoy se haya atrevido a vestirse con ocasionales galas centristas, quien aparece por el fondo no es la figura de Suárez, sino la caricatura del peor Fraga, el orden frente a la revolusión, y hasta su poco de “la calle es mía” con tirantes a juego. La fórmula rajoyana para superar los resultados de Fraga, que son los obtenidos en diciembre, vuelve a ser la apelación a una nueva forma de la mayoría natural, no la conquista del centro, y para eso se pacta, si hace falta, con el diablo.

Quieren hacernos vivir en un mundo simplificado de miedos y promesas absurdas, pero cabe otra forma de afrontar el dilema político

Otra forma de ver las cosas

Desde el final del franquismo, la sociedad española ha venido apostando de manera instintiva por la moderación; el miedo a la guerra y el deseo de libertad dieron lugar a fórmulas de concordia, a soluciones positivas. Sin embargo, décadas después, esa fórmula parece haberse agotado, no está vigente, desde luego, en el recetario del PP de Rajoy ni en la botica de Unidos Podemos que ha hecho del descrédito de la transición y del pacto santo y seña de una nueva política purificadora. También en esto los extremos se tocan, ambos acunan una forma exagerada de confrontación, un relato tenebrista. Cuando unos hablan de salir de la crisis, los otros exhiben índices de pobreza, cuando Rajoy habla de lo bien que nos va, le responden con malnutrición infantil y lindezas similares. Quieren hacernos vivir en un mundo simplificado de miedos y promesas absurdas, pero cabe otra forma de afrontar el dilema político, y cumple esperar que quienes no quieran alimentar esa mentirosa confrontación, que puede terminar saliéndonos muy cara, sepan hacerse entender y logren suscitar en muchos electores la esperanza perdida, la convicción de que se puede mejorar sin recurrir al catastrofismo, a la exclusión y a formas de hacer política que están a un paso de incoar la violencia. No es lo que dicen las encuestas, pero podría pasar, no depende sino de nosotros.


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