OPINIÓN

La corrupción de la política

Recae sobre los ciudadanos una tarea realmente titánica, como es la de remover los edificios institucionales desde los cimientos, y será algo que llevará muchos años, y de resultado incierto.

Hemiciclo del Congreso.
Hemiciclo del Congreso. EFE

Las profecías optimistas sobre el final de la historia y el triunfo de la democracia nos parecen hoy muy lejanas, porque es verdad que, a gran escala, las democracias han triunfado sobre formas claramente peores, pero nadie podría negar que ese triunfo, como quería Fukuyama, “con el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas”, y que convertiría a la economía en el píe de rey de cualquier política, se ha visto acompañado de un profundo descrédito de la política, y, al tiempo, del desmentido más chabacano del valor moral que debiera ser exigible a las instituciones electorales. Por todas partes se extiende el pesimismo, y las políticas que apenas merecen ese nombre a la búsqueda de supuestos paraísos sepultados por cambios seguramente irreprimibles. 

Cada vez son más los ciudadanos que se sienten ante un callejón sin salida mientras los partidos, incapaces de reconocer sus fallos, se limitan a hacer lo que sea con tal de mantener sus posiciones de poder

En cualquier caso, cada vez son más los ciudadanos que se sienten ante un callejón sin salida mientras los partidos, incapaces de reconocer sus fallos, se limitan a hacer lo que sea con tal de mantener unas posiciones de poder que cada vez tienen menos justificación positiva. La política del pensamiento único puede ser criticada, en la teoría, pero, al convertirse, de hecho, en la principal guía de supervivencia de los grandes partidos, reduce la política a dos caricaturas, a la gestión de los intereses de carteles poderosos, sean financieros, funcionariales o sindicales, y a la exacerbación de un maniqueísmo político fingido, cuyo único valor consiste en mantener el escaso fervor residual de los electores más fieles, y cuyo defecto principal es el aborto de cualquier posibilidad de iniciativa política de cierto fuste. En esas estamos, en España y en toda Europa. 

El gobierno de los peores

La vieja conseja ignaciana aconsejaba no hacer mudanzas en tiempos de tribulación, pero eso era razonable hace unos cuantos siglos, porque ahora las mudanzas se hacen solas y la tribulación es incesante. Claro es que el carácter tumultuoso del presente favorece de hecho a los especialistas en no mojarse ni debajo de la ducha, pero esa no es una política sostenible, si es que una palabra tan gastada puede decir algo. El caso es que nos encontramos ante resultados electorales que no parecen merecer ninguna clase de aplauso, que apenas expresan la frustración y la desesperanza de quienes ven que el mundo se mueve, y nadie hace nada por que lo haga hacia lo mejor, que los políticos nos pretenden tranquilizar con extrañas dosis de sentido común, paciencia y acomodación a lo inevitable. Cabe pensar que los resultados arrojen lo peor porque nadie se atreve a prometer algo que realmente merezca la pena, porque la política se ha convertido en una esclava de la resignación, al tiempo que sus titulares se dedican a cantar alabanzas de las consecuencias de su nula ambición.

A veces, a base de repetir tonterías vacías, los políticos logran convencernos de que somos tan tontos como ellos lo estiman

A veces, a base de repetir tonterías vacías, los políticos logran convencernos de que somos tan tontos como ellos lo estiman, y es posible que esa sea la amarga verdad en muchos casos, que unos electorados embrutecidos produzcan cada vez peores especímenes electos, que el efecto supuestamente sanador de las elecciones, la destituibilidad pacífica de quien lo haya hecho mal, se esté empezando a convertir en un auténtico foco de perpetuación de lo menos sano y admirable de nuestras sociedades.

La complejidad sojuzgada

Frente a este tipo de fenómenos es normal que aparezcan quienes se presentan como renovadores, como adalides de una nueva política, pero no es necesario ser una eminencia para ver que, más allá de las proclamaciones enfáticas, las nuevas políticas apenas ofrecen otra cosa que viejas fórmulas fracasadas en todas partes, engastadas, eso sí, en ardorosas promesas de regeneración, en ingenuos adanismos. Eso explica, precisamente, que las viejas formas de inepcia política tiendan a sobrevivir, pese a sus mil trapisondas e inconsecuencias, porque los electores eligen lo malo conocido frente a los bálsamos de Fierabrás.

La peor consecuencia de esta parálisis política es que en lugar de discutir sobre alternativas verosímiles se sigue perorando sobre viejas consejas sin significado alguno, que, en lugar de abordar la complejidad de los problemas, se insiste en promover las versiones archisimplificadas de promesas que tal vez tuvieron sentido hace muchas décadas, pero son estrictamente inaplicables ahora mismo. La verdad no parece importar a nadie, porque se ha perdido casi por completo la voluntad de comprender, porque el nivel crítico de los ciudadanos está pavorosamente bajo, consecuencia, entre otras cosas, de décadas de políticas educativas condescendientes con la ignorancia, y del halago sistemático de lo más vulgar que se ejerce por la presión conjunta de la mayoría de las fuerzas políticas y los efectos embriagadores de las tecnologías que prometen poner cualquier clase de paraíso al alcance de la mano.

Si alguna vez la política fue sofisticada, ahora no lo es, de ninguna manera

Los ciudadanos avalan con su liviandad la ignorancia de los datos más esenciales porque el reino de los datos resulta ser extremadamente débil frente a cualquier consigna viral. Si alguna vez la política fue sofisticada, ahora no lo es, de ninguna manera, y basta una consigna en autobús, o una llamada literalmente tribal a la identidad, para encender una polémica insuficiente, para ocultar cualquiera de las complejas cuestiones en las que deberíamos interesarnos y sobre las que tendríamos que discutir libre y civilizadamente, pero tienden a imponerse los elementos más chatos y primitivos, las modas intelectuales más necias y apabullantes.

Los partidos refugio

En España hemos experimentado con una democracia que se ofrecía como solución pero que, muy prontamente, ha entrado por la vía en que se olvidan los valores en que habría de sustentarse, valores, por otra parte, de escaso arraigo en nuestra cultura política, para reducirse a ser una fórmula de legitimación de los poderes electos que entienden, por ello mismo, estar colocados más allá de cualquier objeción y habilitados para saltarse cualquier clase de normas, y, de ahí, la corrupción como hábito. La presión social ha favorecido, además, la adopción de normas ingenuas, inspiradas en nobilísimos principios, pero perfectamente capaces de subvertir su sentido con prácticas que ingenuamente se han dado por inimaginables: ¿cómo no ver en una ley del suelo que supuestamente protege el entorno natural y reprime los abusos urbanísticos de los propietarios el instrumento ideal para sacar partido del inaudito poder que se concede a quien puede multiplicar por mil el valor de un terreno cualquiera modificando un pequeño detalle supuestamente técnico

Los partidos han dejado de ser cauces de participación, lo fueron con cierta generosidad en los momentos iniciales, para convertirse en refugio de desaprensivos, que lo mismo violentan al Tribunal Constitucional que ejercen favores millonarios a constructores y comunicadores afines. Fuera de la ley, pues nadie puede controlarlos, se han convertido en espacios exentos de democracia y cualquier libertad, y han hecho de su peculiar ordeno y mando la esencia de la política ordinaria. Estamos al cabo de la calle de sus abusos, pero nadie sino ellos mismo podría ponerles fin y, francamente, no parecen demasiado dispuestos.

La nota positiva es que crece el nivel de exigencia en minorías cada vez más extensas, aunque tal vez acobardadas por la magnitud de la tarea y por la escasísima propensión de los partidos

Así las cosas, recae sobre los ciudadanos una tarea realmente titánica, como es la de remover los edificios institucionales desde los cimientos, y será algo que llevará muchos años, y de resultado incierto. La nota positiva es que crece el nivel de exigencia en minorías cada vez más extensas, aunque tal vez acobardadas por la magnitud de la tarea y por la escasísima propensión de los partidos, de todos sin excepción, a modificar su forma de hacer las cosas, su bussines as usual.

El que no se consuela es porque no quiere

No querría terminar sin una nota de ácido optimismo: en apenas pocos días hemos sabido que el PP, en Madrid, de momento, está dispuesto a depurar sus listas de militantes fallecidos, que deben ser legión, y que la señora Cospedal ha ganado por goleada a su perseverante rival manchego, mostrando una voluntad, tan férrea como ejemplar, de acaparar cargos, ministra, secretaria general y presidenta del PP en su predio, de que, como debe ser, los mejores obtengan cumplida recompensa a sus desvelos, Eppur si muove!


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