Sueños ciudadanos

Poder y credibilidad

En España llegar a la presidencia del gobierno, por mucho que seamos constitucionalmente una monarquía parlamentaria, significa hacerse con un poder enorme, sin apenas controles reales, con un gran volumen de información que no suele llegar a otras manos, y con una capacidad de atemorizar que es lo suficientemente grande como para que muchos renuncien a cualquier especie de postura crítica, ya que saben que lo acabarán pagando. La crónica fiscal de estos días muestra un buen rimero de ejemplos, parlamentarios relativamente díscolos que acaban en el humilladero, o artistas poco dóciles que pasan en un santiamén de ser Cenicienta a bruja de Blancanieves. Montoro en su oficio de profeta lo dejó bien claro hace ya tiempo: Hacienda somos todos, pero sólo él y su jefe saben a qué tecla hay que dar para aplicar un escarmiento. No se trata de ninguna novedad, basta recordar el calvario de Lola Flores bajo el virreinato de Borrell. Lo tremendo de estas prácticas de punición selectiva es que, encima de enmerdar al adversario, se obtiene un cierto aplauso, porque la envidia siempre confunde el mal ajeno y el bien propio. 

El poder sirve, sobre todo, para intentar mantenerlo

El poder por el poder

La justificación racional de las bondades del sistema democrático suele basarse en la idea de que la libertad política acaba haciendo que prevalezcan las ideas que mejor sirven los objetivos de la mayoría, pero esa teoría, por correcta que sea, deja en el olvido el hecho evidente de que, piensen lo que piensen, los que están en el poder tienen enormes posibilidades de mantenerlo, muchas más bazas que cualquiera que pretenda sostener e implantar las mejores ideas concebibles. Una consecuencia de ello es que el poder sirve, sobre todo, para intentar mantenerlo, y, por tanto, cualesquiera promesas que se hubiesen hecho para alcanzarlo pasan a un segundo plano ante la necesidad de seguir en el gobierno. La disculpa habitual se la hemos oído un millar de veces a Rajoy: “no hemos tenido otro remedio que hacerlo”, aunque haya sido estrictamente lo contrario de lo prometido. De este modo se crea toda una retórica del puro poder con la desfachatez habitual de prevenir al incauto ciudadano de la amenaza que pueden representar los aficionados, los que no son profesionales, los que podrían caer en la tentación de poner el poder al servicio de designios distintos.

El miedo inducido

En nuestro caso, el PP de Rajoy supo desde muy pronto que esa supuesta necesidad de hacer lo contrario a lo prometido le iba a quitar una parte muy importante del electorado, de forma que necesitaría un motivo político distinto para mantenerse en el poder. No tenían mucho para escoger, debían justificar el cambio de programa con el éxito económico, y debían reclamar el voto a la vista del miedo a perder esa supuesta bicoca. El PSOE, pese al reciente desastre de Zapatero, podría convertirse en una amenaza demasiado inmediata, y, además, no parecía capaz de infundir un miedo suficiente, de modo que sería necesario ayudar a que surgiese una alternativa verdaderamente capaz de infundir temor, y de ahí el cariño y la dedicación que los medios amigos han puesto en Podemos. Se trata, en todo caso, de una acción en dos fases, la primera permitir que la alternativa fuese una amenaza al PSOE, la segunda convertirla en el enemigo a batir, lo que, indirectamente, podría llevar a la disolución política de la izquierda clásica: ya ha pasado con la deglución de Izquierda Unida, y la del PSOE pudiera estar al caer. Como estrategia de poder es algo más inteligente que su prima hermana del zapaterismo, el “cordón sanitario”, pero no menos cínica ni peligrosa.

En la futura historia política, este período rajoyista del PP se verá como un auténtico disparate

La supuesta segunda vuelta

La estrategia de Rajoy ha fallado estrepitosamente, sin embargo, en las elecciones del pasado diciembre, pues no solo no obtuvo la mayoría, sino que perdió un porcentaje de voto que ha hecho retroceder en más de veinte años la cotización política del PP, pero, contra lo que hubiera sido normal en cualquier democracia, Rajoy ha decidido volver a intentarlo, y de ahí su estrambótica estrategia en estos meses al no presentarse a la investidura al tiempo que insistía en haber ganado las elecciones, y en proponer una supuesta alianza por la que, en la realidad, no movió ni un dedo. En la futura historia política, este período rajoyista del PP se verá como un auténtico disparate, incluso si llegase a alcanzar el éxito, seguir en Moncloa, pero mucho más aún si el ciclo acaba, como cabe suponer, en un nuevo descalabro. 

Las condiciones de un éxito para Rajoy son malas para todos: se trata de convertir el miedo en el factor dominante del voto, y de extremar artificialmente la tensión política, justo lo contrario de lo que se hizo en la transición y de lo que interesa realmente a la mayoría de españoles. Para conseguir esto, se recurre a hacer más dramático el escenario electoral, se identifica al poder existente con el único bien posible, y a la democracia misma como una amenaza a la estabilidad y al crecimiento económico, de forma que se potencian los supuestos que favorecen a Podemos, en la esperanza de que el instinto de conservación pueda más que el descontento, y de que se vote con miedo, puesto que, como el PP necesita apropiarse de cualquier esperanza de mejora, no tiene otro remedio que expulsar del panorama a todo lo que no pueda controlar. En esto ha ido a parar la supuesta marcha al centro del partido de Rajoy.

El PP da por hecho que no existe otra alternativa, que los españoles deben elegir entre don Mariano o el caos chavista y leninista

El voto no maniqueo

Al crear las condiciones en las que el antagonismo se convierte en el argumento principal, el PP da por hecho que no existe otra alternativa, que los españoles deben elegir entre don Mariano o el caos chavista y leninista, pero se puede tener una visión menos pesimista del panorama. Verdad es que nadie ha hecho grandes esfuerzos por articular una alternativa poderosa por el centro, el pacto del abrazo se quedó en la vagorosa esfera de los símbolos, imagino, que, sobre todo, porque el PSOE sigue preso de su fondo izquierdista primario, olvidando que el éxito le acompañó cuando supo hacer otras cosas, pero existen, al menos dos alternativas suficientemente claras al designio rajoyano de llevarnos a elegir entre él y un Frente Popular de gutapercha, y cabe esperar que sean muchos los españoles que sigan pensando que, con todos sus defectos, la democracia es el sistema que te permite no votar siempre al que manda, que hace posible despedir al que lo ha hecho mal, incluso cuando pretenda, falsamente, que la única alternativa a su continuidad nos lleva a los siete males del infierno.


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