Sueños ciudadanos

Mal de muchos, consuelo de gobernantes

Aunque los sistemas electorales están hechos para facilitar la formación de Gobierno, es evidente que el nuestro ha tropezado por dos veces en la misma piedra: pese a su buen diseño, no ha servido para conseguir una mayoría clara, por algo será. Nuestros políticos poseen un remedio aparente ante tal frustración, el disimulo: todo el mundo parece estar contento, Rajoy porque no ha menguado, Sánchez porque no se ha ido todavía por el sumidero, Rivera porque sigue estando ahí. La excepción es Iglesias, al que todos hemos engañado un poco haciéndole creer que el batiburrillo organizativo, ideológico y festivo que nos estaba ofreciendo era el bálsamo de Fierabrás. Como ha escrito Manuel Muela, no sólo Rajoy puede continuar ufano, sino que nadie tiene que dimitir, o sea, que como siempre.

Los que mandan, pese a su mala fama, suelen conformarse con poco

Un malicioso dicho de José María Pemán que retuerce el conocido refrán sobre la consolación de los tontos, y que da título a esta columna, enseña que los que mandan, pese a su mala fama, suelen conformarse con poco, les basta, generalmente, con que la sumisión general no se altere, con que se restablezca el título con el que nos gobiernan, y apenas cabe duda de que algo harán para que no se rompa el hechizo y sigamos confiando en sus muchas virtudes y capacidad de sacrificio. Lo van a tener difícil, sin embargo.

La sabiduría del rabino, dedicada a Rajoy

Una piadosa familia judía le pidió a su rabino remedio para las molestias que les acarreaba vivir en una vivienda extremadamente pequeña, y él les aconsejó que, para solucionarlo, metieran una cabra en casa; a la semana, acudieron de nuevo a su consejero para decirle que el malestar por la escasez de espacio no mejoraba, que incluso estaban algo peor. El rabino, tras pensarlo detenidamente, les pidió que acogiesen una segunda cabra, y la familia siguió el consejo, pero, como hubiera supuesto cualquier escéptico, tampoco experimentaron ningún alivio. Tornaron a pedir ayuda al maestro, y éste, una vez más, les recomendó dar cobijo a una tercera cabra, y volvió a recetarlo a la siguiente semana, hasta que en el pequeño habitáculo convivieron la atribulada familia y cuatro chivas que, supuestamente, resolverían el problema. Como la familia no acababa de encontrar alivio, pidieron nuevo auxilio al rabino que, tras meditar buen rato, les aconsejó que echaran a las cuatro cabras de casa y que volvieran a consultarle unos días después. Llegado tal momento, dijeron al rabino que ahora sí se encontraban muy a gusto, y éste les respondió que nunca le había fallado el remedio de las chivas.

Muchos españoles han aceptado el remedio de Rajoy, la amenaza de las cuatro cabras podemitas, y han suspirado aliviados al ver que los prolíficos chivos no se hacían con el control de la vivienda. Ahora pasará un tiempo hasta que los ciudadanos comprueben lo estrecha que sigue siendo la casa, lo difícil que será poner remedio a una división que ahonda sus raíces en la manera española de hacer política, y en la manera crédula con la que los electores aceptan la mercancía que se les despacha. No es fácil decir qué es primero, si el huevo de la obstinación ciudadana o la gallina de la polarización partidista, un juego que puede dejar a quien pretenda, tal que Ciudadanos, colocarse por encima de esta tensión incesante entre el Bien y el Mal, con el cuello dislocado y la mirada extraviada: les ha pasado antes a otros, y no menores.

Rajoy no gastará mucha energía en explicar cómo es que lo que era imposible con un poco menos del treinta por ciento de los votos se da por hecho con no mucho más

Un Gobierno improbable

Los grandes políticos suelen tener pocos miramientos con los números, no pierden el tiempo con las pequeñas diferencias, de manera que Rajoy no gastará mucha energía en explicar cómo es que lo que era imposible con un poco menos del treinta por ciento de los votos se da por hecho con no mucho más. Nadie ha gobernado jamás con tan poca renta: ¿piensa Rajoy, como ha dicho se ha de hacer, ir investido a la investidura?, ¿con qué vestes? De momento, todo lo que ha venteado son generalidades de casi imposible cumplimiento. Sin socios a la vista, lo tendrá imposible a la primera intentona, y extremadamente difícil a la segunda. Está el caso de Ciudadanos, pero el problema con los votos de este saco es que son, a todas luces, votos que han dicho que no a Rajoy, son, grosso modo, los casi cuatro millones que Rajoy se ha esforzado en perder desde que una mayoría de españoles acudió a pedirle auxilio tras la dura prueba del zapaterismo.

Ciudadanos se enfrenta ahora a una situación endemoniada, porque no puede dar indirectamente a Rajoy el voto que muchos le han negado de manera expresa, y en un clima de presión casi irrespirable, con las cabras en aumento, y, menos aún, puede hacer que funcione un Gobierno sin los mínimos de reformas que cualquier votante de Ciudadanos consideraría imprescindibles, y creer que Rajoy vaya a hacer en favor de una mayor apertura del sistema político lo que no tuvo el menor interés en hacer cuando nada se lo impedía, puede ser un ejercicio imperdonable de ingenuidad, una tomadura de pelo intolerable. Por otra parte, las presiones para que Rivera ayude a que haya gobierno van a ser extremadamente intensas, de forma que, con toda probabilidad, asistiremos a un nuevo episodio del juego del gallina, a ver quién es el último en saltar del coche antes de que el auto de las terceras elecciones se precipite hacia el abismo. Se trata de un número ya muy ensayado y en el que los socialistas son maestros consumados, de forma que el joven Rivera corre el riesgo de perder los nervios bastante antes de lo necesario.

Política con caricias sólo la hacen Iglesias y sus corifeos, y únicamente en los mítines muy abiertos, allí donde el esperma de la utopía está en el aire y fertiliza las mentes más calenturientas y bien dispuestas. Rivera ya puede ir dejando de sonreír si quiere ser algo en la política española: ahora hemos pasado de las baladronadas al cuerpo a cuerpo, y no vale una excusa cualquiera para encamarse con el viejo Fausto. Rivera no puede dejarse confundir con las reglas, o perecer ante hipócritas acusaciones de crueldad. Ni Rajoy ni el PP han ganado las elecciones y con ello la presidencia del gobierno: tienen una mayoría muy débil en el Congreso y no podrán formar el Gobierno que les plazca con la débil excusa de que los españoles prefieren que gobierne Rajoy, porque nada menos que dieciséis millones de españoles se han arriesgado a una posible dictadura de las cabras antes que repetir la experiencia con don Mariano.

Si Rivera no liquida el rajoyismo, su proyecto se convertirá en el aperitivo predilecto del gallego y su cuadrilla

Dirán que mientes dos veces

Rivera ensayó, tras las elecciones de diciembre, un pacto con el PSOE que no tuvo fortuna. No tuvo valor para llevarlo a las urnas, y, a pesar de ello y de la tormenta perfecta sobre su cabeza, no ha perdido mucho más del diez por ciento de sus votos. En una primera comparecencia tras la votación, Rivera se arrancó por peteneras y le echó la culpa al empedrado del sistema electoral, lo que equivale a que un opositor a notarías diga que el código civil le parece espeso y repetitivo. Hay que esperar que su juicio se afine y sepa sacar provecho del capital confiado, pero tal como están las cosas, debería de pensar que es muy probable que, si él no liquida el rajoyismo, su proyecto se convertirá en el aperitivo predilecto del gallego y su cuadrilla, por emplear el título de Cela. Es verdad que muchos de los votos de Ciudadanos fueron del PP en 2011, pero es absolutamente indudable que no se le han dado a Rivera para que Rajoy pueda seguir haciendo de las suyas. Rivera no se ha atrevido a liderar el centro izquierda, si ahora vacila en la otra orilla su destino será convertirse en el cadáver de un exquisito “podría haber sido”.


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