A Juan Manuel, de 71 años, le llaman "el abuelo" en el albergue. No solo por su edad, si no por sus historias. Vivió en la selva brasileña y fue paracaidista. Las narra a sus compañeros, con los que convive en uno de los centros para personas sin hogar que ha habilitado la Cruz Roja. En verano, esta escuela de la Orden de los Maristas se llena de críos de campamento. Pero en tiempos de pandemia, se ha convertido en un pequeño refugio para unas 60 personas que normalmente duermen en la calle.

El eslogan del Gobierno durante toda la cuarentena ha sido "quédate en casa", un llamamiento a la población para que no salga de sus hogares a no ser que sea estrictamente necesario para prevenir el contagio. Pero, ¿qué ocurre cuando no se tiene un techo bajo el cual poder confinarse?

De acuerdo con el último registro de personas sin hogar realizado por el Samur Social, un total de 2.772 personas viven en la calle en Madrid, uno de los epicentros de la epidemia en nuestro país. Al decretarse el estado de alarma el pasado 14 de marzo, que ordena el confinamiento de la población y prohíbe circular libremente por la calle por culpa de la pandemia, todo este colectivo quedó expuesto por partida doble: expuestos frente al contagio y ante la policía, que tiene orden de detenerles por permanecer en la calle si no aceptan ser acogidos en albergues.

En este edificio conviven más de 50 personas sin coronavirus

Muchos de estos centros están gestionados por el Samur Social, pero la Cruz Roja ha instalado varios en la comunidad como parte del programa Cruz Roja Responde, una iniciativa lanzada por la organización como respuesta a la pandemia. El plan prevé la movilización de más de 40.000 voluntarios y cuenta con un presupuesto de más de 11 millones de euros. No sólo se dedican a dar cobijo a personas sin hogar, si no que cuentan con numerosos proyectos para ofrecer asistencia a todo tipo de colectivos en riesgo de exclusión social. Se trata de la mayor movilización en la historia de la organización humanitaria.

El centro de Los Molinos es uno de los 86 albergues que han habilitado en un tiempo récord por todo el país. En total, cuentan con 3.739 plazas, pero continúan ampliando. El antiguo colegio de los Maristas donde está alojado Juan Manuel se inauguró el pasado 25 de marzo, una semana después del decreto del estado de alarma.

Durante los días anteriores, varios equipos del Servicio de Emergencia Social, junto a unidades móviles de la Cruz Roja, se encargaron de 'patrullar' las calles en busca de personas como Juan Manuel para poder llevarlas a un albergue en el que resguardarse de la epidemia.

José Manuel tiene 71 años y vivió sus primeros 17 en la selva brasileña

A contrarreloj

Según explica Juan Miguel García, coordinador de atención humanitaria de la Cruz Roja en la Comunidad de Madrid y uno de los gestores del centro, convertir la escuela en un albergue para personas sin hogar no fue sencillo. "Al tratarse de una situación de emergencia, tuvimos que montarlo en 48 horas", explica.

Juan Miguel -'Oli', como le llaman sus compañeros- es el encargado de asegurarse de que todos los albergues de la región tienen lo que necesitan. "Se trabajan muchísimas horas, sobre todo al principio, cuando hay que organizarlo todo", apunta.

Los nuevos residentes del centro empezaron a llegar el mismo día que comenzaba la "aclimatación" del recinto. Tuvieron que instalar las habitaciones, una oficina, una suerte de cocina improvisada y hasta un pequeño centro de aislamiento para casos de Covid-19. Todo en cuestión de horas. "Fue una maratón, nos sentimos como el equipo A", explica Oli entre risas.

Una de las habitaciones de Los Molinos

El recinto cuenta con una pista de fútbol y hasta un frontón que no se usa por culpa de la pandemia. Está dividido en varios edificios, uno de los cuales se ha convertido en un hospital improvisado para los dos casos de Covid-19 que han registrado desde que lo pusieron en marcha. En la entrada, están delimitadas las distancias claramente.

"Seguimos exactamente el protocolo que marca el Gobierno", asegura el coordinador. Por el momento, las dos personas que han dado positivo se encuentran bien, según explican. En una antigua capilla reconvertida en cambiador, descansan varios trajes de protección y numerosos EPIs que los técnicos de la Cruz Roja se ponen antes de visitar a los enfermos.

El ambiente en el albergue es de lo más tranquilo. A las cinco de la tarde, la mayoría de los inquilinos del antiguo colegio de los Maristas -algunos de los cuales todavía viven en una casita apartada del edificio principal, pero dentro del recinto- están viendo una película en la televisión en uno de los comedores. Respetan rigurosamente la distancia de seguridad, marcada con cinta adhesiva en las mesas.

En el comedor, los residentes pasan el tiempo viendo la televisión

Muchos de ellos cuentan a Vozpópuli que están muy agradecidos por poder estar en el albergue estos días. "Nos cuidan mucho", alegan. Todos los residentes del centro de Los Molinos están por voluntad propia y, de la misma manera, pueden elegir abandonar el albergue. "Nadie está aquí obligado, todos han venido voluntariamente. Y algunos se han ido también, están en su derecho", explica Juan Miguel. "Después de tanto tiempo en la calle, se hace difícil", añade.

"Tienen muchísima más capacidad de resiliencia de lo que nos podemos llegar a imaginar. No es su primera batalla"

"Al menos aquí la cuarentena es más sencilla y pueden salir a fumar o dar una vuelta por el recinto. Si no, a muchos les daría algo por estar encerrados", cuenta Minerva García Martínez, la coordinadora del centro de Los Molinos. A medida que enseña el centro, los residentes la van saludando y ella sonríe por detrás de su mascarilla estampada de flores.

Minerva García, coordinadora del centro Los Molinos

La situación, sin duda, es atípica para todos, pero como nos explican los técnicos y voluntarios que trabajan en el centro, los nuevos inquilinos del centro "están muy concienciados, si no, no estarían aquí". No obstante, sí que reconocen que se han producido conflictos, aunque aislados.

"Hay unas normas de convivencia, pero como es natural, surgen conflictos de vez en cuando", explica Minerva. "Intentamos que los resuelvan entre ellos, pero en ocasiones tenemos que intervenir", apunta. Hay personas a las que el cambio se les hace más difícil, sobre todo cuando han pasado tanto tiempo en la calle o lidian con adicciones.

"Tienen muchísima más capacidad de resiliencia de lo que nos podemos llegar a imaginar. No es su primera batalla", apunta Oli. Todos los residentes del albergue están tranquilos estos días y parecen descansados. El problema para ellos no es cómo lidiar con el confinamiento en un piso con Netflix, sino qué hacer cuando la cuarentena llegue a su fin.