Res Pública

La regencia de Mariano Rajoy

La evolución de los acontecimientos en la política española desde el pasado 20D me lleva a pensar que se va conformando una suerte de regencia, ejercida por el jefe del Gobierno en funciones, como alternativa inmediata al desajuste de la maquinaria de un sistema político hecho a la medida de sus fundadores, los partidos dinásticos y el Monarca anterior, que se encuentran notablemente disminuidos o sencillamente desaparecidos, como es el caso del Rey emérito. Se podía prever algo así desde la fecha emblemática de su abdicación en mayo de 2014, aunque lo sorprendente es que el bloqueo institucional no ha sido tanto debido a los resultados electorales como a las desavenencias entre los interlocutores más significados del Régimen, a la bisoñez de los recién llegados y a los vacíos normativos para encarar procesos inéditos. Todo ello ha formado un pastiche que ha concluido con una investidura fallida, cuyas consecuencias negativas también han afectado al estreno deslucido de Felipe VI en el ejercicio de la facultad más importante que le otorga la Constitución. Y es a partir de ahí cuando, a mi juicio, emerge la figura de Mariano Rajoy, presidente del Consejo de Ministros, como el guardián personal más apropiado del que dispone el establishment para manejar la interinidad iniciada en diciembre que tiene visos de prolongarse más allá de 2016.

Cualquier observador imparcial no dejará de reconocer que las vigas maestras del edificio del 78 están bastante dañadas

El edificio del 78 está dañado

Cualquier observador imparcial no dejará de reconocer que las vigas maestras del edificio del 78, compuestas por la monarquía, los partidos dinásticos y los nacionalistas catalanes y vascos, están bastante dañadas y, como consecuencia de ello, el entramado institucional se resiente y, a su vez, genera otro tipo de desajustes como se está comprobando cada dos por tres. Lógicamente, el inventario de los daños no es homogéneo, aunque la suma de los mismos ha producido el resultado que está a la vista de todos. Un repaso sumario nos indica que la Corona echó mano del heredero y este se mantiene en situación de mírame y no me toques, a años luz del poder que ejercía su padre. Los nacionalistas catalanes parecen haber perdido el oremus y, con dificultades, conservan la Generalidad; y los vascos, sin embargo, aparecen más centrados y pragmáticos, aunque amenazados allí por las mareas y otras hierbas en cuyo caso dejarían de ser la muleta solvente de cualquier gobierno que pudiera alumbrarse en Madrid. En cuanto al PSOE, su electorado sigue desertando y con las disputas internas entre sus dirigentes van cercenando el frágil liderazgo de su Secretario General. Por último el PP, a pesar de la voluminosa desbandada de electores, se mantiene como la minoría más importante de las Cortes, con la añadidura de que conserva el Poder bajo la capitanía indiscutida del Señor Rajoy.

Mariano Rajoy ha hecho suyo el viejo dicho de que en el país de los ciegos, el tuerto es rey, y se ha aplicado a hacerlo realidad desde el día siguiente a las elecciones. A su juicio, cualquier hipótesis de Gobierno para mantener el statu quo del 78 pasa por su partidoy, especialmente, por su persona, porque lo demás significaría explorar un terreno ignoto y aventurado que podría transformarse en una demolición desordenada del quebrantado edificio constitucional. Y, de acuerdo con esos criterios, no quiso asumir encargo alguno y prefirió inhibirse, corriendo el riesgo de que algún azar le desposeyera del Gobierno. Como eso no ha sucedido, su fortaleza ha aumentado en la medida en la que los comprometidos con la investidura fallida han acreditado tener escasa enjundia y no disponer de encarnadura para rehabilitar el edificio y menos para construir uno nuevo.

Hasta el 2 de mayo, fecha emblemática, se librará una batalla por las alturas en la que el presidente del Consejo de Ministros tiene casi todo a su favor

El establishment eterminará apostando por Rajoy

Como no ha fructificado alternativa alguna y, vistos los actores, no hay expectativa de que ello ocurra en los meses venideros, la apuesta del Señor Rajoy por elecciones resulta evidente y me imagino que, teniendo todos los resortes del poder en su mano, se afanará en llegar a ese objetivo eliminando o neutralizando los obstáculos que se opongan al mismo, siendo el principal de ellos la hipótesis de que Felipe VI pudiera renovar el encargo a Sánchez o buscar otro candidato que no fuera Rajoy. La actitud del jefe del Ejecutivo en funciones recuerda a grandes trazos a la del viejo premier Yorgos Papandreu con el Rey Constantino de Grecia en la crisis constitucional que vivió aquel país en 1966/67. Eso supone que hasta el 2 de mayo, fecha emblemática, se librará una batalla por las alturas en la que el presidente del Consejo de Ministros tiene casi todo a su favor para conseguir permanecer una larga temporada en su despacho.

Por su parte, los llamados poderes fácticos nacionales tampoco contaban con un escenario como el descrito, porque, desde mi punto de vista, estaban inermes por décadas de comodidad en el seno de un modelo rentable para sus aspiraciones y negocios. Sólo ahora empezarán a descubrir la necesidad de enmendarlo, dedicando inteligencia y esfuerzo en pos de ello, porque ya han constatado que las improvisaciones no conducen a nada y que, visto el fracaso de la investidura, se requiere algo más que propaganda y fuegos fatuos. En cuanto a los mercados y a la UE, ninguna preocupación mientras siga Rajoy.

Todo conspira a favor de una regencia de facto, con el Rey neutralizado en su palacio, gobernada por Rajoy

Por ello, todo conspira a favor de una regencia de facto, con el Rey neutralizado en su palacio, gobernada por Rajoy, en funciones y sin control parlamentario, mientras no se forme gobierno. Sería otro escenario inédito como consecuencia de no contar con un presidente de la República elegido por sufragio universal que podría disponer de las facultades de las que carece un monarca hereditario. Pero, claro, eso es pedir la luna en un país tratado como menor de edad. En fin, el traje del 78 se ha apolillado y todos los actores de la arena política deberán extraer lecciones de lo que acontece y los más dinámicos de entre ellos habrían de esforzarse por preparar el tránsito a otro proyecto español en favor de un pueblo pacífico y paciente que, en su mayoría, desea mejorar, restañando las heridas de la crisis.


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