Res Pública

La nueva entente anglo-alemana

La riada producida por la iniciativa inglesa de salir de la UE ha sido, a mi juicio, el hecho más relevante de la política internacional en lo que va de año. Sin duda en el Continente europeo supone un revulsivo para superar las inercias negativas que se han adueñado de las instituciones europeas, desde que la crisis financiera puso de manifiesto las carencias del modelo común para encontrar salidas eficaces a los problemas económicos y sociales creados en el seno de la UE. La rigidez de los planteamientos por parte de las autoridades comunitarias y la falta de ideas vigorosas ante circunstancias no previstas no abonaban la esperanza en soluciones constructivas y sí han sembrado la desafección hacia un proyecto agostado progresivamente. De ahí la trascendencia del aviso británico, ya que el Reino Unido tiene dimensión y capacidad suficientes para estimular el cambio del modelo o, lo que parece más inmediato, el reacomodo de las relaciones entre los diferentes Estados europeos. En ese sentido, cada uno de los Estados estará obligado a valorar cómo defender mejor sus intereses nacionales en el escenario abierto por los ingleses.

El guante lanzado por Inglaterra no tenía posibilidades de ser recogido por el conjunto de la Unión que parece un gallinero con demasiados gallos en su interior

Alemania busca apoyo y no hostilidad

El guante lanzado por Inglaterra no tenía posibilidades de ser recogido por el conjunto de la Unión que, al decir del presidente argentino Macri, parece un gallinero con demasiados gallos en su interior, por lo que correspondía recogerlo a otros. Y eso es lo que ha hecho Alemania, la potencia dominante, que desde el 23 de junio se ha mostrado muy prudente y no se ha dejado llevar ni por los agoreros ni por los castigadores. Por ello, la respuesta inglesa ha sido del mismo tenor y, en consecuencia, la nueva premier, May, ha visitado a su homóloga de Berlín, la canciller Merkel, para establecer las bases no tanto de la salida de la organización europea como del nuevo modelo de relación interestatal entre el Reino Unido y Alemania, ya que, al fin y al cabo, los intereses cruzados entre ambos países trascienden con mucho a la propia UE. Es verdad que la primera ministro inglesa también ha visitado París, aunque éste ya no vale una misa como antaño y por eso su visita me parece más un gesto de cortesía hacia el vecino y viejo aliado, cuya relevancia internacional no atraviesa los mejores momentos.

En los últimos veinticinco años nuestro Continente ha vivido inmerso en los cambios derivados del final de la Unión Soviética y de la reunificación alemana. Y parecía que el crecimiento de la Unión estaba orientado a superar el orden de las relaciones entre los Estados establecido en la Paz de Westfalia de 1648. En realidad, la UE era un intento más de superar dicho orden, antes lo intentaron Napoleón y Hitler por citar los cercanos, aunque esta vez sí se creía que podía prosperar. Desde luego, me imagino que lo creerían quienes diseñaron Maastricht y la Unión Monetaria; sin embargo siempre hubo quien expresó reservas acerca del experimento que, desde una perspectiva soberana, adolecía de fallos que se pusieron de manifiesto cuando las cosas vinieron mal dadas, va para ocho años ya. Estos críticos sufrieron el menosprecio en la mayoría de los casos. Pero la caja de Pandora quedó abierta entonces, otoño de 2008, y sus demonios se extendieron sin que haya sido posible su control: las disputas entre países pobres y ricos, los nacionalismos y el sentimiento de la pérdida de fe en el porvenir han sacado a la luz las imágenes de un Continente integrado por diferentes Estados que se pensaba que estaban ya disueltos en el seno de la Unión. Y ésta, ni era un disolvente ni lo va a ser.

Las actitudes de ingleses y alemanes en pro del entendimiento de sus Estados respectivos deberían servir de acicate a los restantes países de la Unión

Restablecer el equilibrio de poder sin vientos de guerra

Otra cuestión positiva a tener en cuenta es que, salvo los problemas puntuales en el Este por los errores cometidos con Ucrania, las relaciones entre los Estados se pueden reconstruir sin la amenaza de los vientos de guerra, que tanto influyó en el devenir del siglo XX. Y el ejemplo de ello, nos lo están brindando las dos potencias hegemónicas, Inglaterra y Alemania, que en su día olvidaron las viejas disputas, sumándose al proyecto común y que ahora se aprestan a reconstruir sus relaciones, dando por sentado que, al menos en el medio plazo, resulta impensable que ese gallinero con tantos gallos pueda avanzar y transformarse en atractivo para los que aspiran a salir de él o los que, resignadamente, permanecen a ver qué pasa.

Creo, para terminar, que entre tanto nubarrón y amenaza de males de todo tipo, las actitudes de ingleses y alemanes en pro del entendimiento de sus Estados respectivos deberían servir de acicate a los restantes países de la Unión para preservar las bondades de ésta, librecambio y defensa de la democracia, que no son incompatibles con el hecho inevitable de que los Estados recuperen el vigor perdido en favor de un empeño imposible.


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