Res Pública

La desmesura de RTVE

Ni en los tiempos más gloriosos del franquismo se llegó a las metas conseguidas ésta semana por la televisión pública a cuenta del partido de fútbol de Milán: los medios humanos y materiales desplazados a la capital de la Lombardía y el tiempo dedicado en la programación, con los noticiarios anegados por el evento, exigirían un estudio del dinero público despilfarrado en pro del negocio de las empresas privadas que manejan el sector futbolístico. Dejando a salvo el interés de los aficionados y la transmisión del acontecimiento en el apartado correspondiente de deportes, el desbordamiento al que hemos asistido no tiene otra explicación que el proyecto de convertir el viejo panem et circenses en la columna vertebral de la nueva campaña electoral. Mientras los partidos políticos que concurren a la misma proclaman sus deseos de austeridad y de mesura, la radio televisión española se hace la dueña del escenario, no para ilustrar a la opinión pública sino para deformar la realidad, convirtiendo la afición legítima de millones de españoles en el becerro de oro para unas cuantas empresas.

El negocio boyante del fútbol

Lo primero que no hay que perder de vista es que el fútbol, por encima de cualquier otro deporte, cuenta con empresas que pueden codearse por facturación y medios con las grandes compañías del país y que, además, han sorteado la crisis en términos envidiables, si lo comparamos con lo ocurrido en otros sectores de la economía. Se trata, pues, de un negocio boyante, cuyos abusos o desvaríos, suelen contar con la indulgencia de una parte significativa de la opinión pública. Pero en esas realidades, algunas de ellas positivas, la contribución de los medios de comunicación tiene la parte del león y, lógicamente, son demandados por el conglomerado de intereses del balompié para que inunden el mercado con el producto futbolístico, sobre todo en épocas en las que convienen distraer a las masas de sus afanes o desdichas. Por supuesto, el fenómeno se puede enjuiciar desde ángulos diferentes, sociales, psicológicos o meramente deportivos, aunque, visto lo ocurrido estos días, prevalece el negocio sin adjetivos.

No es mucho pedir que se conociera lo que cuesta al organismo público la movilización de medios, a todas luces exagerados, en acontecimientos como el vivido días pasados

Y la pregunta que cabe hacerse es si los medios públicos de comunicación, que son sostenidos por los contribuyentes, deben ser utilizados como instrumentos casi monopolísticos al servicio de un negocio privado. Creo que no, por la simple razón de que los caudales públicos han de administrarse siempre con moderación sin perder nunca de vista los intereses generales que, en el caso de la radio televisión pública, son los de facilitar información y, en su caso, contribuir a formar opinión sin deformarla en provecho de negocios privados o de meros intereses políticos coyunturales. Por eso resulta llamativo que en un país que tiene defensores del pueblo a go go y observatorios mil sobre los aspectos más variopintos, amén de autoridades independientes para casi todo, no surja iniciativa alguna para poner en razón la deriva que es objeto de este comentario.

Resignación para sortear el diluvio de la propaganda

Se podría argumentar que lo de Milán acaba de pasar y que no ha habido tiempo para reaccionar. Como excusa, parece flaca, porque en realidad lo de Milán es la sublimación de unas prácticas que han ido tomando carta de naturaleza precisamente a lo largo de los años más duros de la crisis española y, que se sepa, no se han levantado voces en contra de ello. Supongo que tales voces tampoco surgirán ahora, teniendo a la vuelta de la esquina unas elecciones y la Eurocopa, que viene al pelo para la distracción general. De todas maneras, no es mucho pedir que se conociera lo que cuesta al organismo público la movilización de medios, a todas luces exagerados, en acontecimientos como el vivido días pasados.

Probablemente habrá que resignarse a lo que hay y que cada cual sortee el diluvio de la propaganda y de los excesos como buenamente pueda, sabiendo, eso sí, que su óbolo contribuye a la fiesta interminable de la sinrazón impuesta en un país que debería contar con mejores gestores públicos.


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