Res Pública

Seseña: clímax de incompetencia

Cuando el mundo oficial y mediático se hacía lenguas con los primeros acuerdos electorales en el seno de la desnortada izquierda española, un incendio de neumáticos en Seseña, pueblo de la provincia de Toledo cercano a Madrid, nos alertó abruptamente sobre adónde conduce la dispersión desestructurada de las administraciones públicas y la indefensión de los ciudadanos y contribuyentes ante ello. A la hora de la verdad, y el incendio ha sido una verdad llamativa de trazo grueso, descubrimos que el inmenso cementerio de ruedas era ignorado por las autoridades, cuya única preocupación ha sido diluir responsabilidades dentro del humo del incendio. Cada día vamos conociendo de la desidia o inhibición de unos y otros, con la única excepción del Ayuntamiento que, al parecer, advirtió de los peligros sin éxito alguno, como ha quedado de manifiesto. Sin embargo, el silencio sobre el asunto de los partidos que concurren a las elecciones es tan abrumador que añade más inquietud acerca de las manos que gestionan o que aspiran a gestionar nuestras administraciones públicas. 

No estamos ante una obra o instalación menor, sino ante miles de toneladas de neumáticos que, en absoluto, pueden pasar desapercibidas

El cementerio ignorado en la bruma administrativa

La gran cosecha legislativa y regulatoria que se recoge diariamente en el B.O.E y en sus émulos regionales y locales tiene consecuencias que van más allá de lo que sería la ordenación adecuada y positiva de la gestión pública. Me refiero a la facilidad con la que en unos terrenos, que tendrán un dueño y una calificación de uso, haya podido crearse a lo largo de años el cementerio de marras sin la comparecencia de los celosos guardianes de los reglamentos, ya sean los guardias municipales, los inspectores de medio ambiente o la propia Guardia Civil. Porque no estamos ante una obra o instalación menor, sino ante miles de toneladas de neumáticos que, en absoluto, pueden pasar desapercibidas, teniendo en cuenta los peligros ciertos de un accidente como el incendio del fin de semana. Aparte de agradecer a la Providencia y a la dirección del viento de que no se hayan producido víctimas en esa población toledana, sería importante que el asunto no pase al olvido, quedando cubierto por las noticias de las idas y venidas electorales en perjuicio de la transparencia y la averiguación de responsabilidades que, sin duda, las habrá.

Es cierto que en un ambiente dominado por las promesas de cambios, de reformas y de los grandes expresos europeos, parece prosaico pedir que nuestros próceres políticos y mediáticos se ocupen del incendio de Seseña. Pero, desde mi punto de vista, lo ocurrido en ese pueblo es un exponente de la degradación en la gestión pública que, demasiadas veces, va del brazo de la corrupción. No sé si ese será el caso del cementerio de neumáticos, que se afirma es el mayor de Europa, pero tiene trazas de serlo. Y la única manera de saberlo es que se investigue y se tire del hilo de las facultades y competencias de las diferentes administraciones, para averiguar las causas de que las enormes instalaciones de ruedas de desecho, al pie de una población y de una autopista, aparezcan en las informaciones transmitidas a la opinión pública como una especie de res nullius que, de repente, se ha incendiado y que, por fortuna, las personas cercanas han resultado indemnes. Así que, caso cerrado.

El incendio ha sido como lanzar una piedra voluminosa en el estanque administrativo

Extraer lecciones y bajar a tierra

No se trata de echar leña al fuego de las preocupaciones de los españoles, pero no se puede pasar de forma frívola o vanidosa de un suceso que nos ha alertado del clima de incompetencia creado con la floración desmesurada de administraciones en el seno de un Estado que, con más prisa que pausa, se ha ido despojando de facultades cuyo objetivo fundamental es garantizar la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos. Y ambas cosas han sido gravemente comprometidas en el incendio de Seseña. Por eso, de entre los rescoldos del mismo, debería salir algún mensaje de mayor enjundia que los pocos habidos hasta el momento.

El incendio ha sido como lanzar una piedra voluminosa en el estanque administrativo, cuya paz y ordenación no se desea poner en cuestión por parte del arco político para no tener que afrontar los cambios de un modelo que, además de costoso, no está a la altura de las exigencias debidas en un país democrático del siglo XXI. Esperemos que los obligados a hacerlo extraigan lecciones y bajen del Olimpo de las promesas hueras.


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