Res Pública

Mareas, plebiscitos y el 155

Las elecciones que vienen, empezando por las catalanas recién convocadas, se plantean sobre bases distintas, porque el caos del sistema, agudizado por la incapacidad manifiesta de los partidos políticos e instituciones del mismo para encarar la crisis española, ha obligado a aquellos que aspiran a encauzar la disconformidad social a echar mano de fórmulas distintas para intentar atraer a los millones de electores que andan a ciegas y que rehúyen seguir apoyando a las organizaciones de siempre, que están sumidas en los problemas derivados de sus corrupciones y de la decrepitud de sus políticas. Desde mi punto de vista, eso puede explicar el surgimiento de las mareas y de los plebiscitos electorales que van inundando la política española, cuyo primer ensayo se produjo el pasado 24 de mayo y que el 27 de septiembre tendrán su gran prueba en Cataluña. Como todo lo novedoso, suscita desconfianza y aprensión; yo mismo experimento dichos sentimientos, pero tenemos la obligación de observar y analizar esos fenómenos, porque son una realidad y porque el porvenir de España, que está por encima del régimen político, se está jugando en cada uno de los escenarios electorales abiertos o por abrir

No sólo el PP y el PSOE, también los demás según su dimensión, han surcado las aguas del estanque dorado de la política nacional o autonómica, con la única preocupación de pasar el fielato electoral cada cuatro años

La desconfianza en los partidos ha sido causada por sus dirigentes

Los partidos políticos, que son organizaciones protegidas por la Constitución y mimadas por la Ley Electoral, han vivido cómodamente durante décadas con unos órganos directivos escasamente preocupados por civilizar al país y sí preocupados de disuadir a aquellos que, de buena fe, podían pretender alterar la vida y dulzura del reparto de los poderes públicos para administrar los ingentes recursos de que ha dispuesto el Estado español desde los años 80 del siglo pasado. No sólo el PP y el PSOE, también los demás según su dimensión, han surcado las aguas del estanque dorado de la política nacional o autonómica, con la única preocupación de pasar el fielato electoral cada cuatro años, vendiéndole a los españoles la idea de que ellos se bastaban para garantizarles su bienestar y su tranquilidad, además del entretenimiento en las televisiones y estadios de futbol. Lo de construir un país de ciudadanos libres, iguales y exigentes nunca formó parte del guion, cuyo leit motiv no pasaba del viejo pan y circo de los romanos, adaptado a nuestro tiempo. 

Era una fórmula de éxito, que se vendía como tal, cuyos protagonistas se hacían lenguas de los aciertos e incluso trataban de vender la patente a países que querían dotarse de instituciones democráticas. Pero dicho invento se basaba en algo que, a la postre, está resultando letal: el mantenimiento de gran parte de la sociedad en un perfil bajo de exigencia cívica y democrática para conservar el poder elección tras elección tiene la consecuencia de que, cuando vienen mal dadas como es ahora el caso de nuestra nación, las reacciones son imprevisibles y la fe, si es que queda alguna, se transforma en descreimiento y en el salga el sol por Antequera. Y vaya usted ahora a explicar a esos millones de adolescentes políticos, fabricados conscientemente durante décadas, que los males son por esto o por aquello, por los mercados, por la globalización o por el Sursum corda. Porque, sin negar que todo ha contribuido a nuestra crisis nacional, lo que hay a la vista de los españoles son unos responsables públicos desacreditados que le han dado un hachazo a su bienestar y seguridad y que han puesto en grave riesgo la continuidad del Estado.

Lo de Cataluña es una muestra de la crisis del Estado español, aunque parece que lo que se ventila allí es una disputa administrativa entre el Gobierno de Madrid y el de la Generalidad de Barcelona

El artículo 155 no habilita para suspender una Comunidad Autónoma

Porque lo de Cataluña es eso, una muestra de la crisis del Estado español, aunque parece que lo que se ventila allí es una disputa administrativa entre el Gobierno de Madrid y el de la Generalidad de Barcelona, y que mientras en Madrid siguen anclados en la negación del problema, los de Barcelona, donde también sus partidos están desacreditados, han montado su propia marea independentista para engatusar a los más renuentes o desesperados con el fin de obtener la mayoría como sea. Es verdad que allí hay otra marea, ligada a Podemos, que puede obtener el segundo puesto y desconocemos qué hará o qué acordará con los independentistas y cómo reaccionaría ante una eventual suspensión de la autonomía catalana. Me imagino que enfatizarán su apuesta constituyente como proyecto de ámbito nacional y la harán valer en las elecciones generales, aunque me temo que no irán en la línea de fortalecer al Estado, que es lo que, en mi opinión, se necesita. 

Tiempo habrá de opinar sobre el desarrollo de los acontecimientos, sin descartar la suspensión de las elecciones catalanas, pero me permito anticipar un apunte acerca del traído y llevado artículo 155 de la Constitución: dicho precepto no habilita para suspender una Comunidad Autónoma. Se trata de una cuestión no regulada por la Constitución, como tampoco lo estaba en la Constitución republicana de 1931. Es algo parecido a lo que ocurre con el euro, que no está prevista la expulsión de un miembro. Por eso, en octubre de 1934 hubo que echar mano de la declaración del estado de guerra para, en el seno del mismo, suspender la Generalidad de Cataluña. Después, el 2 de enero de 1935, las Cortes de la República aprobaron una ley que ratificó la decisión adoptada, procediéndose al nombramiento de un Gobernador General civil, D. Manuel Portela Valladares, que sustituyó al militar nombrado el 7 de octubre de 1934. 

Las mareas y los plebiscitos son demostraciones llamativas del caos sistémico que sufre España 

En virtud de los hechos que se produzcan, desconozco lo que hará el Gobierno español, quizás ni ellos mismos lo sepan; puede que, con el auxilio del PSOE, hagan una interpretación forzada del 155 para evitar la declaración del estado de sitio o puede que terminen cantando la palinodia y preguntar a Berlín qué hacer. De todas manera, lo más peliagudo, como he dicho en otras ocasiones, es gestionar el después, se haga lo que se haga.

En fin, las mareas y los plebiscitos son demostraciones llamativas del caos sistémico que sufre España y de la sequedad de ideas de los partidos tradicionales para responder con presteza y eficacia a las demandas de un pueblo sumido en la orfandad política. Lo que no sé es si estos fenómenos contribuirán a sacarnos de la entropía o, por el contrario, la agudizarán más.


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