Res Pública

La Europa agrietada y Alemania

A lo largo de 2015 van fraguando en Europa los avisos que los electores europeos dieron en las elecciones al Parlamento de la UE en mayo de 2014. En cada uno de los países en que ha habido elecciones legislativas se ha hecho patente la contestación al modelo imperante, salvo, como es natural, en Alemania, que es la inspiradora y sostenedora principal de dicho modelo. Los casos de Grecia, Portugal y el más reciente de Polonia, sin olvidar las reticencias reafirmadas de Gran Bretaña, son las piezas de un cuadro sin terminar, cuya imagen final deberá preocupar a todos aquellos que se obstinan en ignorar el estado de las opiniones públicas ante lo que, a juicio de sectores numerosos de ellas, supone un retroceso en la vida de sus naciones. Y, probablemente, a quien deberá preocupar más es a la primera potencia continental que, con todo su poder, no puede impedir que en el sur y ahora en el este surjan grietas que aspiran a romper el discurso unívoco de los últimos veinte años. Porque tales grietas, lejos de cerrarse, se irán agrandando conforme vayan venciendo las legislaturas de otros países, incluyendo España, ¡ay Cataluña!, en puertas de elecciones significativas. Más preocupaciones para la burocracia de Bruselas y sus jefes de Berlín.

Los frutos, buenos o malos, de las obras realizadas se recogen siempre, y eso es lo que viene ocurriendo en Europa desde que la mayoría de los gobiernos decidieron experimentar un modelo político y económico extraño a sus tradiciones democráticas

Se recogen las cosechas de lo sembrado

Los frutos, buenos o malos, de las obras realizadas se recogen siempre, y eso es lo que viene ocurriendo en Europa desde que la mayoría de los gobiernos decidieron experimentar un modelo político y económico extraño a sus tradiciones democráticas, que eran el compendio del liberalismo y el socialismo imperantes en los países más avanzados del Continente. Sin pensar en las consecuencias, se abrazaron los credos de la globalización y del neoliberalismo financiero con la furia habitual de los conversos, añadiendo a ello la ampliación desmesurada de la UE hacia el Este de la que ahora se lamentan sus promotores, cuando observan la actitud de la mayoría de esos países ante los problemas de los refugiados y los intentos de integración política del espacio común. Cumbre tras cumbre se comprueba que los consensos se diluyen y que, ante la disminución de fondos estructurales, las viejas repúblicas ex comunistas se refugian en el conservadurismo económico y político que, a juicio de sus dirigentes, les garantiza la independencia que tanto ansiaban.

La moviola de la historia europea vuelve a funcionar y, día tras día, nos devuelve las imágenes del avispero perenne de los Balcanes y de los nacionalismos irredentos que todavía recuerdan al Imperio Austro Húngaro y a la dominación soviética. Por eso, se revuelven contra todo aquello que pueda desnaturalizar su forma de vida y elevan el nivel de exigencias económicas para acceder a determinadas concesiones, por ejemplo en materia de refugiados o en otras que atenten al proteccionismo que forma parte de las creencias de pueblos que han vivido hasta hace bien poco en la órbita de sistemas tutelares. Aunque llame la atención, tampoco difiere demasiado de lo que ocurre en el occidente europeo donde las viejas seguridades, basadas en los derechos económicos y sociales acumulados en el tiempo, se van deshilachando sin alternativas deseables para el futuro de las generaciones jóvenes.

Las grietas creadas por el empobrecimiento económico y democrático van echando raíces y van carcomiendo los cimientos de un proyecto común que no está bien dirigido

En manos de los sonámbulos

Lo que no deja de llamar la atención es que la superestructura que nos dirige no sea consciente de lo que ha sembrado y que, como los predecesores de épocas que se creían olvidadas, actúen como los sonámbulos a los que se refiere en su último libro Christopher Clark, cuando repasa la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, en cuyo primer centenario estamos inmersos. De momento, las grietas creadas por el empobrecimiento económico y democrático van echando raíces y, se acepte o no, van carcomiendo los cimientos de un proyecto común que no está bien dirigido y que terminará por crear problemas internos en el país que lo capitanea, Alemania.

No es fácil prever en qué términos se resolverá el dilema que se abre paso en Alemania: revisar profundamente el proyecto o desmontarlo ordenadamente, teniendo en cuenta que las evidencias prueban que lo existente, como dice el simpático Primer Ministro italiano Renzi, no funciona. Se pueden hacer apuestas, pero Alemania, que acaba de recibir un golpe inusitado a su crédito y a su autoridad con el asunto Volkswagen, terminará por desistir de imponer orden y recursos económicos en el revuelto gallinero de la UE.


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