Res Pública

Buscar los equilibrios perdidos en Europa

El letargo de agosto no puede ocultar los rayos de inquietud que están agitando el mundo internacional y nuestra política doméstica. La montaña rusa en la que nos venimos desenvolviendo parece que toma fuerza, alentando de nuevo la desconfianza y la incertidumbre que están en la base de la quiebra de la cohesión social y económica, corroyendo las estructuras de nuestro continente. A pesar de ello, éste continúa siendo tierra de promisión para los refugiados de toda condición. En mi opinión, los problemas europeos son producto del alejamiento de la realidad, de la ejecución de políticas poco estudiadas en sus efectos y de la renuncia a los principios doctrinales y económicos en que se asentaba el marco de convivencia continental, lo que ha originado el desasosiego de los ciudadanos y el descrédito de los responsables políticos, que parecen incapaces de responder a las demandas de aquellos. Por eso, sería muy de agradecer que quienes capitanean o aspiran a capitanear la política pongan los pies en la tierra y reflexionen para restaurar los equilibrios perdidos, después de la larga y vertiginosa excursión por las nubes de las altas finanzas, la mundialización, las especulaciones empresariales y el redescubrimiento de los aspectos más negativos del liberalismo, como demuestra el agolpamiento de las crisis financieras, ahora es China, de los últimos diez años. 

Conviene echar la vista atrás para recordar de dónde venimos y cómo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX se construyó en Europa un sistema político y económico, cuyo objetivo principal era el bienestar de la sociedad

Conviene recordar de dónde venimos y cómo se construyó el proyecto común

En momentos como éste, conviene echar la vista atrás para recordar de dónde venimos y cómo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX se construyó en Europa un sistema político y económico, cuyo objetivo principal era el bienestar de la sociedad y la protección de los miembros más débiles de la misma. Pero para llegar a ése sistema, que ahora está amenazado, los europeos vivieron primero la versión más tosca e inmisericorde del liberalismo económico, seguida de su propia ruina, que alumbró los movimientos totalitarios comunistas y fascistas que pretendieron ser respuesta a una crisis de grandes proporciones, la de los años 30, y que solo consiguieron llevar al continente el terror de los espíritus y el horror de la guerra. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, una parte de Europa quedó bajo la influencia soviética sin opción a plantearse otras alternativas; la otra parte, conocida como la Europa Occidental que hoy conforma el núcleo duro la U.E., se afanó en las tareas de reconstrucción económica y política, poniendo en común los mejores valores del liberalismo y el socialismo, que contribuyeron al desarrollo democrático y al establecimiento de políticas públicas para el logro del llamado Estado de bienestar. Ese marco fue el instrumento inestimable para restaurar los equilibrios rotos y hacer posible la puesta en marcha de un proyecto más ambicioso cual era el de la construcción europea. Lógicamente, el desenvolvimiento de ese proyecto de consenso y convivencia europeos durante los treinta años posteriores a la guerra no fue un camino de rosas: los altibajos y algunas crisis nacionales se sucedieron, unas veces por la política de bloques y la guerra fría, y otras veces por los procesos descolonizadores que afectaron a grandes países como Francia y el Reino Unido. Pero ninguno de los accidentes del camino puso en cuestión el modelo económico-social establecido, que sorteó airosamente los diferentes obstáculos hasta los primeros años ochenta.

Tras la crisis de la energía de mediados de los setenta, la influencia de las políticas practicadas en el mundo anglosajón empezó a sembrar dudas acerca de la viabilidad futura del modelo político-social europeo, bajo cuyo manto podían convivir el centro-izquierda italiano, la socialización republicana francesa y los socialistas alemanes y escandinavos. Pero los abultados déficits presupuestarios, que requerían saneamiento, parecían apoyar las tesis sobre el agotamiento del conjunto de políticas imperantes. Y ahí empezó la demolición. 

Los gobiernos europeos, muchos de ellos socialdemócratas, desecharon la opción de sanear las cuentas públicas manteniendo los fundamentos doctrinales que les daban su propia razón de ser

La socialdemocracia arrió sus banderas con efectos demoledores

Los gobiernos europeos, muchos de ellos socialdemócratas, desecharon la opción de sanear las cuentas públicas manteniendo los fundamentos doctrinales que les daban su propia razón de ser. Descubrieron el tótem del mercado y, como conversos de postín, se afanaron en potenciar sus virtudes con el abandono progresivo del andamiaje de contrapesos públicos necesarios para mantener los equilibrios tan costosos de obtener. Al principio, la justificación de los sacrificios se basaba en la necesidad de restablecer la ortodoxia de los presupuestos públicos como medio para garantizar el bienestar futuro. No sin críticas y agitación social tales objetivos se fueron consiguiendo, pero la inquietud aumentó cuando el discurso restrictivo no sólo no parecía tener fin, sino que ahondaba los males que presuntamente se pretendían corregir. La crónica de estos años así lo atestigua. 

El descrédito de todo lo público, alentado a veces desde gobiernos tenidos por progresistas, y el ensalzamiento desmesurado de las llamadas políticas liberalizadoras fueron el pórtico para entronizar en la Europa Occidental la ley de hierro del capitalismo financiero, ajena a la tradición continental, que durante dos décadas ha corroído el modelo político-económico de convivencia. Si a ello se añade la falta de respuesta a problemas sociales como el de la seguridad y la inmigración, nos encontramos con que el contrato social entre gobernantes y gobernados está en el umbral de la ruptura, y desde luego no por culpa de los ciudadanos. 

Las obras completas son conocidas y hacen temer por la democracia

Las obras completas de las políticas jaleadas en éstos años ya son conocidas: concentraciones de poder empresarial y financiero que sobrepasan a los gobiernos, crisis financieras de países y de empresas emblemáticas, algunas con apariencia de verdaderas estafas, y constante desprecio del capital humano no se sabe en nombre de qué propuesta de mundo mejor. En fin, son algunos polvos que han traído los lodos de inquietud y contestación social incluso en España, donde la conciencia ciudadana es bastante débil. 

Las elecciones, que todavía se convocan no sé hasta cuándo, seguirán mandando mensajes de cambio

Las elecciones sucesivas que se celebran en Europa, cada vez son más temidas por el establishment, porque envían mensajes claros de disconformidad con las situaciones existentes. Sin embargo, en vez de atender tales mensajes, se insiste en la práctica de políticas que suscitan el descontento y el hartazgo de las poblaciones, cuando el problema no es de giro a derechas o a izquierdas, frontera muy diluida por mor de los mercados y la nueva economía, sino del rescate de un modelo político-económico puesto en almoneda por una mal entendida modernización de la economía europea. Probablemente, las elecciones, que todavía se convocan no sé hasta cuándo, seguirán mandando mensajes de cambio. Lo que no sé es si el instinto de conservación de los políticos les llevará a asumirlos, visto el cariz que van tomando los acontecimientos, porque, de no ser así, dejaríamos de hablar de elecciones para dar paso a los demonios del autoritarismo en pleno siglo XXI.


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