OPINIÓN

La piedra angular de la regeneración

Hay preocupantes síntomas de que la prueba del nueve de la regeneración política, la reforma en profundidad de los partidos, ya no corre ninguna prisa.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en su escaño.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en su escaño. EFE

Lo primero es lo primero, y al minuto siguiente de que los ministros juren o prometan sus cargos en Zarzuela hay que remangarse para negociar los presupuestos del próximo ejercicio, a ser posible con amplio respaldo, porque sin nuevos presupuestos la vida del flamante Gobierno no sería vida, ni alcanzables muchos de los acuerdos pactados entre PP y Ciudadanos, lo que derivaría en frustración ciudadana y colapso institucional, el mejor escenario para aquellos a los que no interesa que este país ajuste cuentas con la realidad, no fuera a ser que se acertara y quedaran desactivadas las fábulas con las que algunos han alimentado a la concurrencia.

Lo primero es lo primero, y detrás habría de venir la activación de los solemnes compromisos sellados a golpe de exigencia, pero cuya puesta en marcha se antoja imprescindible si se quiere recuperar el pulso democrático del país: los pactos nacionales sobre Educación, Empleo, Energía, Pensiones; o la materialización de promesas de calado, como garantizar la independencia de los organismos reguladores, reformar el reglamento del Congreso o aprobar un Estatuto de la Agencia Tributaria que refuerce razonablemente su independencia, aunque sin renunciar a los mecanismos de control externo que eviten la proliferación de clanes en su interior.

El contenido del punto 104 del pacto PP-Ciudadanos, en el que se recogen los compromisos de reforma de los partidos políticos, es simplemente decepcionante

Otras obligaciones de peso asumidas por PP y C,s son la revisión del régimen electoral, al objeto de mejorar la representatividad sin dificultar la gobernación -propósito nada fácil de conseguir-; la conversión definitiva del Senado en una cámara territorial; y, desde luego, por delante del resto de prioridades, aunque no se haya incluido en el libreto como tal compromiso, la delineación sutil de un pacto para abordar con inteligencia el problema catalán. No se trata de ceder en lo esencial, pero sí de actuar de forma distinta, convirtiendo la pedagogía en una nueva razón de Estado, y con la mirada puesta en no incrementar a cada minuto el número de independentistas por metro cuadrado.

El expediente catalán

Cataluña va a ser, será sin duda, uno de los ejes centrales de la XII legislatura. Para bien o para mal. Dependerá de cómo se afronte el problema a partir de ahora. A estos efectos, conviene recordar que si el respeto a la ley es importante, la articulación de posibles soluciones políticas viables, compatibles con la legalidad, es casi una obligación. Y de cómo maneje Mariano Rajoy en el inmediato futuro el expediente catalán, va a depender en gran medida su reputación como gobernante. Cierto que, jugándonos lo que nos jugamos, el reconocimiento personal no es, ni de lejos, la pieza maestra de este problemón. Pero la historia más desgraciada del mundo, y de España, rebosa de arrogantes que no dieron su brazo a torcer.

Cataluña, pensiones, educación, empleo, extirpación de la corrupción, sostenimiento del Estado de bienestar… Asuntos, todos ellos, cuya exitosa resolución justificaría varias legislaturas. Pero la prueba del nueve de este nuevo tiempo, tan apasionante como complejo, lo que determinará el éxito o el fracaso de una ardua operación en la que se interpusieron ambiciones desmedidas, y que algún día habrá que contar con más detalle, será la capacidad de auto regeneración del propio sistema, que tiene como piedra angular la reforma de la ley de partidos políticos.

Renovar a fondo de los partidos políticos es fundamental para aliviar la quiebra entre pasado y presente, para volver a construir juntos un futuro posible

Los partidos políticos, “se han convertido en instituciones para la defensa de intereses particulares en detrimento del interés general”, escribieron en su día Elisa de la Nuez y César Molinas, autores junto a otros ilustres del manifiesto por una nueva ley de partidos. “En detrimento del interés general”. Así, repetido, suena fuerte, pero la conclusión resulta irrefutable si nos atenemos al terrible deterioro sufrido en los últimos años por las que fueron, y siguen siendo, las instituciones sobre las que descansa la arquitectura constitucional de nuestro país. Deterioro que, sistemáticamente, reflejan las encuestas, y que ha sido el más eficaz compinche del populismo.

Ejercicio prioritario de profilaxis política

No parece, sin embargo, que haya prisa. A la vista de la literalidad del punto 104 del pacto de investidura suscrito por Rajoy y Albert Rivera, se diría que el PP ha pulido las iniciales exigencias reformistas de Ciudadanos. El 104 no es más que un breve catálogo de buenas intenciones. Ningún compromiso cerrado; ni una palabra sobre auditorías anuales realizadas por empresas externas e independientes, ni sobre límite de gasto en campañas, ni sobre voto secreto. Solo vagas referencias a la democracia interna y la transparencia. Simple y llanamente decepcionante.

Nadie pide que se hagan el haraquiri, pero no habrá regeneración que valga si los primeros que no se regeneran son los que han de diseñarla. Los partidos han devenido en maquinarias opacas, en las que el debate interno, salvo en situaciones extremas, brilla por su ausencia, en las que se desecha a los más capaces y el nepotismo campa a sus anchas. Son los grandes responsables, por acción, omisión o por ósmosis, de la contaminación general del sistema, y la reforma de su funcionamiento y normas internas se hace indispensable, no solo porque ya no sirven para lo que fueron diseñados, sino también, y sobre todo, porque sin su transformación profunda se corre el riesgo de que otros cambios igualmente necesarios no resulten creíbles, y se pierda así la ocasión de reducir la brecha generacional del país.

La renovación a fondo de los partidos políticos para que vuelvan a ser nítidamente percibidos como instrumentos al servicio de la sociedad, y no al revés, es algo más que un ejercicio prioritario de profilaxis política. También, y sobre todo, es una pieza fundamental para aliviar la quiebra entre pasado y presente, para volver a construir juntos un futuro posible; para, de alguna manera, reinventar el provechoso espíritu del 78. Esperemos que los que tienen la oportunidad de hacerlo no se echen para atrás.


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