Porque nada es casual

El miedo al no ‘sorpasso’

La socialdemocracia no ha muerto. Los que fenecen inertes son los socialdemócratas. El “impulso tranquilo de la reforma” -en definición de Tomás Klvana- que en el siglo XX se abrió paso entre los fascismos, nacionalismos y comunismos varios, recobra en este convulso inicio del XXI todo su sentido. Son sus intérpretes los que están en franca retirada, incapaces de liderar una actualización de los principios y formas de hacer política que convirtieron a Europa en un ejemplo de convivencia, estabilidad, desarrollo económico y solidaridad. Los populismos, la xenofobia, las reavivadas pulsiones nacionalistas en muchos lugares del Viejo Continente, han captado buena parte de su clientela en las reservas naturales de los viejos partidos de centro-izquierda, las clases bajas y medias de nuestras sociedades, ante la pasividad de los herederos de aquella exitosa operación política del siglo pasado.

Entre Tsipras, Sanders o Iglesias por un lado, y Trump, Hofer o Le Pen por otro, hay un enorme solar que solo en parte ocupa la derecha y cuya progresiva esterilidad hace tiempo que viene espantando a los votantes de la izquierda reformista. Hoy son muchos los europeos que se sienten huérfanos, que no reconocen en las viejas siglas los valores que en su día representaron el SPD alemán, el laborismo inglés o los socialismos francés o español. Las razones de este general desengaño son variadas y complejas, pero sin duda entre las más nocivas está la pérdida de la credibilidad reformista de unos dirigentes a los que los ciudadanos que votan izquierda han identificado gradual y crecientemente con lo que peyorativamente se conoce como el establishment.

El 

sorpasso ha dejado de ser una fábula anguitista y preocupa por igual a derecha e izquierda, aunque por razones bien distintas

“Cada millón que Tony Blair o Bill Clinton se meten en el bolsillo por vender el acceso a la gente de negocios es combustible para la maquinaria de Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, Syriza o Podemos”, ha escrito en Ahora Klvana. En España, por encima de procedimientos judiciales con banda sonora política de fondo, como el que afecta a Chaves y Griñán, lo que ha hecho realmente daño a la reputación del PSOE y a sus expectativas electorales es la pasividad demostrada ante conductas de algunos de sus dirigentes, dudosamente compatibles con quienes presumen de socialistas. Para que se me entienda mejor: han perjudicado más al PSOE, por citar solo dos ejemplos, un Enrique Múgica que, mientras fue Defensor del Pueblo -nombrado por el PP de Aznar-, no salía del palco del Bernabéu y de la barrera gratis total de Las Ventas, o un exuberante José Bono que vendió sus memorias al día siguiente de dejar el Gobierno a precio de oro, que cualquiera de las “ovejas negras” pilladas con la mano en la caja. Hasta Felipe González está a minuto y medio de dejar de ser un activo para convertirse en un lastre.

No es la codicia la única culpable del descalabro. Ni siquiera la principal. Es la identificación de la dirigencia socialista con los poderes de siempre, es la pérdida de credibilidad del partido como herramienta de cambio al servicio de los ciudadanos. Es ahí donde Podemos le está ganando la partida al PSOE, por muy estrambóticas y lesivas que sean muchas de sus recetas para las clases medias. Y es ese agujero en el crédito político, junto a los titubeos programáticos de Pedro Sánchez, uno de los factores que en mayor medida pueden propiciar el vuelco en las próximas elecciones.

Hay ‘barones’ que piensan que un PSOE debilitado y sin regenerar sus estructuras no sobrevivirá al impacto de un gobierno de coalición con Pablo Iglesias

El estrabismo del PSOE, que sigue mirando a un tiempo a Ciudadanos y a Podemos, y su incapacidad para hilar un discurso regenerador nítidamente fronterizo con el populismo, consolidan la imagen desdibujada de un partido en retirada, incapaz de recuperar, de entrada, el apoyo perdido de muchos de sus votantes históricos. El sorpasso ha dejado de ser una fábula anguitista, y lo más extraordinario es que tal hipótesis preocupa por igual a derecha e izquierda, aunque por razones bien distintas.

En Podemos, los más pragmáticos saben que si ganan en votos al PSOE -y no digamos ya en escaños-, el socialismo abrirá el melón de la crisis interna y será muy difícil alcanzar un acuerdo de gobierno. Los errejonistas prefieren un Pedro Sánchez superviviente al frente de un Gobierno con ministros de Podemos, a una barrida en las urnas que desencadene la dimisión de Sánchez y propicie un Ejecutivo de PP y Ciudadanos con la abstención del PSOE forzada por los barones.

Y en la derecha, en la política y en la económica, el gran temor es que se cumplan los deseos de Íñigo Errejón, esto es, que Sánchez aguante por poco en cabeza y la suma de PSOE y Podemos alcance a la de PP y C,s. También a la mayoría de barones y cuadros con muchos trienios en el partido les tiemblan las piernas ante esta hipótesis, porque entienden que hay que situar lo importante por delante de lo urgente, porque piensan que un PSOE debilitado y sin regenerar sus estructuras no sobrevivirá al impacto de un gobierno de coalición con Pablo Iglesias, y porque, aunque no lo digan, le tienen casi más miedo a lo que pueda hacer Sánchez que al sorpasso.


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