OPINIÓN

Si escribes una carta ten cuidado, corres el riesgo de que te contesten

Pablo Iglesias no quiere echar a Mariano de Rajoy del poder. Porque no puede, y además no le interesa. Lo que busca con su moción de censura es acelerar la división de los socialistas, a que las costuras del PSOE no aguanten la victoria (o la derrota por poco) de Pedro Sánchez.

Si escribes una carta ten cuidado, corres el riesgo de que te contesten.
Si escribes una carta ten cuidado, corres el riesgo de que te contesten. EFE

O a Javier Fernández le escribió el acuse de recibo a Pablo Iglesias su peor enemigo, o el presidente de la Gestora socialista no tiene muy claro el papel que la gramática asigna a las comas. Hecha la crítica, que creo más que justificada porque debieran ser nuestros representantes públicos los más interesados en usar adecuadamente el idioma común, hay que reconocer que el dirigente asturiano supo resumir en cuatro párrafos y una postdata el sentir de mucha gente, desde luego el general de la mayoría de dirigentes y militantes del PSOE, bastante cansados de que Iglesias y su guardia de corps sigan empeñados en dar lecciones a todo lo que se menea, como si aún siguieran en clase, adoctrinando a quien se deja, con derecho a examinar a los demás, a poner notas al adversario sin dar opción a ser ellos los examinados.

La dirección de Podemos lo mismo tira de Felipe González para descalificar al PSOE, a cuenta de las puertas giratorias, que lo usa como referente para justificar una moción de censura que forma parte de lo que Javier Fernández llamaba en su carta “juego de apariencias”. Y es que el respeto por la historia reciente no compagina bien con la estrategia del Podemos poserrejonista, escasamente interesado en establecer comparaciones que vayan más allá de la pura fachada; mucho menos en que se entienda que la moción de censura que presentó González en 1980 fue un quitamiedos, una manera de mostrar a esa España que, como quien dice, hacía cuatro días que había enterrado a Franco, que los socialistas no eran unos rojos peligrosos dispuestos a quemar iglesias con los feligreses dentro.

La moción de censura que presentó González en 1980 fue un quitamiedos, nada que ver con la pretendida por Pablo Iglesias, que transmite justo lo contrario

Lo que no acaba de entender Iglesias es que si la moción de censura de González lo que buscaba era producir un efecto apaciguador en amplias capas de la sociedad posfranquista, todavía no del todo desinfectada, la que él pretende activar sugiere justo lo contrario. Porque, tras ser aparcada en Vistalegre II la ambición por otros perseguida de modular el discurso para conquistar a las clases medias, lo que queda de aquel movimiento transversal es una cierta impronta de revancha, que, a disgusto del sector errejonista -si aún se puede hablar de errejonismo-, parece haber calado en la sociedad, como ponen de manifiesto las encuestas que señalan que Podemos ya alcanza al PP como el partido que más rechazo concentra, y al que la mitad de los españoles dicen que en ningún caso votarían.

Ahí radica el germen del  previsible fracaso de Iglesias: en haber dilapidado en apenas tres meses la formidable expectativa generada; en reincidir con tenacidad desconocida en identificar como enemigo acérrimo al posible futuro aliado; en haber empujado a su partido, con ese efectista e improductivo “juego de las apariencias”, hacia lo que Daniel Innerarity llama el “rincón de la minoría escogida pero improductiva”. Y en la postdata. En ese equilibrismo que denuncia Fernández y que hace suyas recetas muy queridas por el populismo de ultraderecha (abandono de la OTAN y del euro, control de los medios de comunicación, nacionalizaciones encubiertas y no tan encubiertas, retorno al proteccionismo…); que prefiere asumir el riesgo de lepenización del mensaje al de ver desdibujadas las fronteras que ha levantado contra sus vecinos naturales.

Aciertan de pleno los que han interpretado la iniciativa sorpresa de Iglesias como un misil en la línea de flotación del barco remolcado que es hoy el Partido Socialista

La moción de censura de Podemos es la moción de censura de Pablo Iglesias, que no es lo mismo. Es el nuevo cohete espacial del astronauta que no se resigna a bajar a tierra y sueña desde su elevadísima posición con un PSOE partido en dos, con un PSOE cuyas costuras no soporten la victoria (o la derrota por poco) de Pedro Sánchez, y así ocupar el lugar preeminente de la izquierda por desintegración del adversario. Por eso aciertan los que han interpretado su iniciativa sorpresa como un misil en la línea de flotación del barco remolcado que es hoy el Partido Socialista.

Pablo Iglesias no quiere echar a Mariano de Rajoy del poder. Porque no puede, y además no le interesa. Digan lo que digan algunos opinadores, que ahora van de Míster Proper y justifican cualquier espectáculo fallero mientras olisquean los asientos pronto vacíos del Consejo de Administración de RTVE, a quien quiere parar los pies Iglesias es a Susana Díaz, y a los defensores de la versión sensata del PSOE, la única que un día podría estar en condiciones de volver a ganar unas elecciones.

Lo que a Iglesias le habría gustado es que el cartero le hubiera devuelto su carta a Fernández, cerrada y con un sello que dijera: “Destinatario desconocido”

Porque, si de verdad hubiera querido echar a Rajoy, el líder de Podemos habría actuado de otro modo, no por sorpresa, no desde la retaguardia. Desde luego no habría mandado una carta a Javier Fernández pidiendo el apoyo del PSOE a “su” moción sin avisar, sin haber intentado antes siquiera un remedo de negociación. Se diría que lo que buscaba Pablo Iglesias con su misiva no era la complicidad del PSOE, sino reforzar, otra vez, las apariencias. Sospecho que lo que en el fondo le habría gustado a Iglesias es que el cartero le hubiera devuelto su carta a Fernández, sin abrir y con un sello que dijera: “Destinatario desconocido”. Pero lo que se encontró no fue eso, sino la respuesta repleta de erratas y de sentido común del presidente de la Gestora socialista. Y es que si escribes, ya se sabe, corres el riesgo de que te contesten.


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