Porque nada es casual

El ‘caso Quiroga’ o la obstinación por la irrelevancia

Hay dos preguntas que con el paso del tiempo el personal verbaliza con más frecuencia. La primera podría resumirse así: ¿Debe gobernar España un partido cuya autoridad se desvanece en Cataluña y el País Vasco? Y la segunda: ¿Es legítimo, o cuando menos inteligente, renunciar al ejercicio de la política en ambas comunidades -entendido este como la búsqueda de soluciones a través del diálogo- para proteger el chiquero electoral en otros territorios?

El PP camina con paso decidido hacia la irrelevancia en Cataluña y Euskadi, lo que es una malísima noticia por cuanto el nacionalismo promueve con eficacia la identificación entre partido en el Gobierno y Estado, y suele ser el más beneficiado por el vacío resultante. Pero además, los errores cometidos por el Ejecutivo de Mariano Rajoy en el diagnóstico y tratamiento de la creciente pulsión soberanista han ensanchado la brecha abierta en la sociedad catalana, favoreciendo el objetivo de Mas, Junqueras y demás uniformados, de expandir la idea motriz de que solo se es un verdadero catalán, un catalán de “primera”, si se está a favor de la independencia.

La renuncia de Quiroga muestra el escaso valor que los máximos dirigentes del PP conceden a la opinión de los que se baten en primera línea

La firmeza frente a las manipulaciones del soberanismo, la defensa desacomplejada del principio democrático de que la ley es igual para todos, son actitudes compatibles con la rectificación de unos modos que se han demostrado como el mejor aliado del independentismo. La reacción in extremis, por torpe y sobreabundante, no ha servido de mucho. El PP llegó tarde a Cataluña y ya ha consumido hasta el tiempo de descuento. Y no será porque no estaba avisado.

Dirigentes populares de aquella comunidad venían alertando desde mucho tiempo atrás de lo que se avecinaba. Alicia Sánchez-Camacho advertía en Génova y Moncloa sobre los perniciosos efectos de la negligente actitud con la que Madrid respondía a las cada vez más evidentes señales de alarma procedentes de Cataluña. Con escaso éxito. Cada vez que tomaba la iniciativa, como cuando pidió en 2013 una “revisión profunda” del modelo de financiación autonómica para frenar las pretensiones independentistas, recibía la orden de callar.

También el PP del País Vasco ha sufrido el ninguneo del “nacional”. Desde que Jaime Mayor Oreja y María San Gil, apeados del poder regional, trabajaran de consuno para dinamitar el liderazgo de Antonio Basagoiti, Génova siempre ha sometido a un especial marcaje a los dirigentes vascos. Dice un proverbio anónimo que “lo malo de la ignorancia es que se va adquiriendo confianza a medida que se prolonga”. Y algo de eso hay: no saber; o no querer saber, que en política es aún peor.

Tratado de incompetencia

La renuncia de Arantza Quiroga como presidenta de los populares vascos, en su origen, desenvolvimiento y desenlace, es el penúltimo acto del inacabable melodrama en el que anda enredado el PP y que muy bien podría titularse, si fuéramos magnánimos, “De la incompetencia como una de las bellas artes”. Más allá de la impericia demostrada en el manejo de la crisis, lo ocurrido con Quiroga confirma dos sospechas: el escaso valor que los máximos dirigentes del partido conceden a la opinión de los que se baten el cobre en primera línea; y dos, su excesiva dependencia de colectivos cuyos objetivos no debieran entorpecer la defensa del interés general. Me explico.

Quiroga creía llegado el momento de que el PP arriesgara por la paz definitiva. Justo lo que Rajoy no se ha atrevido a hacer en estos cuatro años. Ni un paso adelante. “Dame tiempo”, le ha repetido cada vez que han hablado al lehendakari Iñigo Urkullu. Y el tiempo se ha acabado. Y a Quiroga, que lo que pretendía era rescatar a su partido del discurso único sobre víctimas y terrorismo, demostrando su utilidad y adaptándolo a la nueva realidad de una Euskadi sin violencia, se la ha llevado por delante esa peculiar percepción que del tiempo y los compañeros de viaje tiene el presidente del Gobierno.

Los ciudadanos castigarán de norte a sur a quienes tienden a la irrelevancia allí donde los problemas son más urgentes y complejos

En vísperas de unas trascendentales elecciones, a Quiroga, digámoslo claro, la ha retirado de la política la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), en su momento una excelente y necesaria iniciativa que transmutó en lobby y hoy es el colectivo que en mayor medida condiciona la política del PP en materia tan sensible.

Uno de los psicólogos que ha venido atendiendo durante los últimos once años a víctimas del 11-M me dijo en cierta ocasión, en referencia indirecta a la AVT, que el objetivo prioritario de cualquier víctima es dejar de serlo. Yo he podido comprobar la gran verdad que encierra esa afirmación; el extraordinario esfuerzo para pasar página cuanto antes de personas que han sufrido terribles secuelas. Lamentablemente, una minoría no parece compartir tan humano afán. Una minoría que, con su actitud endurecida, es muy posible que lo que provoque sea un mayor debilitamiento de las siglas del PP en Euskadi el 20 de diciembre. Paradojas de la vida.

He leído que lo que busca el Partido Popular con su política -o no política- en Cataluña y el País Vasco es “hacerse fuerte en el resto de España”. Puede que en otros tiempos esa fuera una táctica rentable. De hecho lo ha sido. Hoy, sin embargo, sospecho que los ciudadanos castigarán de norte a sur a quienes tienden a la irrelevancia allí donde los problemas son más urgentes y complejos.


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