Porque nada es casual

La burbuja política

Definitivamente, hemos enloquecido. Cada día que pasa sin que este país tenga un gobierno en plenitud de facultades -y vamos camino del año- la hipótesis de unas nuevas elecciones cobra más vigor, por mucho que unos y otros no se cansen de proclamar que eso sería una catástrofe. Es como si hubiéramos construido una realidad paralela, como si nuestros problemas estuvieran residenciados en una dimensión en la que todo está permitido y ningún compromiso tiene fecha de caducidad. Y lo peor es que la alucinación es contagiosa. Muchos colegas han analizado el último y frustrado debate de investidura como si se tratara de uno más; como si no estuvieran en juego cosas más importantes que el visto bueno a un candidato.

Para empezar, la credibilidad del país entero. La imagen de 350 señoras y señores jugando a diputadas y diputados, conocedores del resultado del pasatiempo y por tanto plenamente conscientes de la inutilidad de sus respectivos papeles, no solo es patética, sino altamente dañina en términos de credibilidad del sistema democrático español. Fuera de nuestras fronteras el espectáculo ha pasado de despertar una cierta curiosidad antropológica a preocupar seriamente. Dentro, el ciudadano de a pie transita aceleradamente de la incredulidad al cabreo y de ahí al pasotismo extremo con creciente vocación abstencionista.

La pregunta pertinente es: ¿puede el PSOE asumir el riesgo de una repetición electoral? No Sánchez, que parece que sí, sino el PSOE

Sería tremendo que alguien estuviera pensando precisamente en eso, en mejorar su posición en unas elecciones en las que la inhibición ciudadana batiera todos los récords. La elección de la fecha, 25 de diciembre, sugiere algo así, por muchas explicaciones que dé al respecto el presidente en funciones. Al igual que la extravagante conducta del secretario general del PSOE, al parecer seducido por la tesis de los vasos comunicantes, que garantiza el seguro trasvase de votos de Podemos a los socialistas si hay reincidencia electoral. Según esta teoría, Pedro Sánchez evitaría así un inmediato congreso del partido y su remoción del liderazgo, y se asentaría en el mismo tras unas terceras elecciones en las que mejoraría el resultado de las segundas. Sublime.

El ‘otro’ PSOE

Si esta hipótesis de trabajo tuviera algo que ver con la realidad, la pregunta pertinente sería: ¿puede el PSOE asumir el riesgo de una repetición electoral? No Sánchez, que parece que sí, sino el PSOE. No Sánchez, que a estas alturas se diría empeñado en diseñar un partido que en nada se parezca al que ha gobernado España en distintas etapas, sino el PSOE de los que tienen responsabilidad de gobierno, de los que han ganado las elecciones en sus territorios o se han quedado a las puertas. No el PSOE que presuntamente pretende Sánchez (19,62 por ciento de respaldo electoral en Madrid), sino el de los que mantienen a flote las siglas: el de Fernández Vara (34,57 por ciento en las generales en Extremadura), Susana Díaz (31,24 en Andalucía), Emiliano García Page (27,31 en Castilla-La Mancha) o Javier Lambán (24,86 en Aragón). ¿Pueden permitirse estos y otros líderes socialistas que se instale la idea de que el PSOE ha dejado de ser un instrumento útil para la sociedad y solo lo es para sus cuadros y dirigentes?

El ciudadano de a pie transita aceleradamente de la incredulidad al pasotismo extremo con creciente vocación abstencionista

Porque esa es la sensación que desde el miércoles ha reaparecido con fuerza. Hay general coincidencia en concluir que no hay gobierno porque Pedro Sánchez no ha querido. Para bien y para mal. Y en que el tándem Rajoy-Rivera ha ganado el debate, si se quiere a los puntos, gracias a que son los únicos que han logrado que se visualice la posible solución al actual bloqueo: 170 escaños, a un paso de la mayoría absoluta. Enfrente, un NO sin matices; ni alternativa factible. Un batiburrillo de difícil gestión y digestión.

El ‘no’ de Sánchez no es solo un no a Rajoy, aunque así se quiera vestir. Hay otras razones detrás de esa postura. El problema es que son ajenas al interés general. La ambición o el miedo deben ser desmedidos cuando se deja pasar la oportunidad de condicionar las grandes decisiones políticas como jefe de una oposición que podría ser extraordinariamente eficaz, dada la composición del Parlamento.

Yo aún espero que Sánchez rectifique. Que pinche la burbuja en la que vive y se asome a la realidad del país. Contra lo que pueda parecer, es ahora cuando tiene una nueva oportunidad de alcanzar un pacto interno que pacifique el partido y lo reconcilie con sus votantes. No toda la culpa es de Sánchez, ni mucho menos, pero el PSOE de hoy es un partido que se “madrileñiza” a ojos vista -la escuela de la que procede su núcleo duro-. Un partido de camarillas, sin apenas conexión con la gente de la calle, en permanente disputa por el poder orgánico, sin atractivo para las nuevas generaciones, con las agrupaciones convertidas en fortines de la militancia más rancia; una organización en franco declive en la que los trepas, hombres o mujeres, acaban desplazando a quienes aún creían en la validez de las siglas.

No es esta una pelea entre viejos y nuevos. Es de ambiciones; y capacidades. Y de regeneración pendiente. Habrá quien crea que para dirigir el PSOE basta con saber manejarse en las entrañas del aparato. Yo creo que hay que tener madera de hombre de Estado. Si no, estaremos hablando de otro partido, el que se adivina al otro lado de los puñales, no del PSOE que hemos conocido. No del PSOE que necesita el país.


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