OPINIÓN

El antisueño americano o un títere en la Casa Blanca

El presidente de la primera potencia económica y militar del planeta debiera ser la persona menos chantajeable del mundo, pero Trump tiene el techo de cristal.

Donald Trump.
Donald Trump. EFE

Si el sueño americano es básicamente un sistema de valores que permite llegar a lo más alto desde la más baja cuna, el pasado martes Donald Trump le dio la vuelta hasta convertirlo en pesadilla. Este niño rico, soberbio, misógino, racista, chulo hasta la caricatura, exhibicionista e intelectualmente inconsistente, por no citar otras “cualidades” aún menos aseadas, es el antisueño americano, aunque pueda parecer lo contrario. No obstante, no ha sido Trump el que ha acabado con el american dream. Simplemente le ha dado la puntilla. O, si se quiere, y para no pecar de altisonante, ha puesto en evidencia el fin de un modelo-expectativa que hace tiempo le dio la espalda a la América profunda y a la no tan profunda y ya solo se cumple si formas parte de sistema o, a cuentagotas, transitas por el mundo virtual.

Donald Trump no es causa motriz; es la consecuencia, el contenedor en el que los americanos han depositado todos sus miedos y desperdicios. Es el exactor del desencanto y del dramático analfabetismo político de una gran parte de la sociedad americana. Hay ciudadanos que todavía piensan que eso de la llegada del hombre a la luna es una gran mentira, y no andan muy lejos de ellos muchos de los que han decidido que lo más conveniente para sus intereses era creerse todas las promesas de Trump.

Donald Trump no es causa motriz; es la consecuencia, el contenedor en el que los americanos han depositado todos sus miedos y desperdicios

En “La agonía de Francia” (Libros del Asteroide, 2010), Manuel Chaves Nogales disecciona sin piedad a un país que abre sus puertas al nazismo sin apenas resistencia. El periodista sevillano habla de una Francia que nunca había ofrecido al mundo un “espectáculo tan lamentable de pobreza espiritual, de ramplonería, de falta de gracia, de platitud, incluso de grosería y ruindad (…). No era la inteligencia de las minorías, sino el espíritu de la masa lo que fallaba en Francia (…) la Francia real valía todavía menos que su representación política (…), el elector valía menos que el diputado, el administrado menos que el administrador”.

El mérito de Trump es haberse colocado, sin aparente esfuerzo, al mismo nivel que la masa confusa y ramplona. Una masa tan desorientada que ha elegido como hechicero de sus miedos a un descollante miembro de la élite económica del país. Precisamente porque aquél, en lugar de elevarse sobre la mediocridad, se ha mancomunado con ella, asumiendo los eslóganes de rancho y bar de carretera de aquellos que achacaban su decadencia económica a la libre circulación de mercancías, a los emigrantes y al gasto social.

El nuevo inquilino del despacho oval es una bomba de relojería, un objetivo de potencial alto riesgo que los servicios secretos van a inspeccionar con entusiasmo

Se pueden buscar todas las justificaciones que se quieran en el extenso catálogo argumental que nutre la crítica contra la llamada casta o vieja política, pero lo que ha llevado en volandas a Trump en la campaña no ha sido la demanda de renovación de los partidos, ni la propuesta (inexistente) de exigir mayores ratios de honorabilidad a candidatos y altos cargos. Nada de eso interesa a Trump. El presidente electo ocupará la Casa Blanca aupado por las debilidades de sus conciudadanos. No hay la menor grandeza en su victoria. Más bien todo lo contrario.

La victoria de Trump es la de la América decadente, a cuyo agrandamiento ha contribuido sin duda el establishment dominante. A las élites demócratas y republicanas, instaladas en sus jaulas de cristal, el tsunami les ha sorprendido en sus confortables y distorsionadas realidades. Y como en el pecado llevan la penitencia, ahora les va tocar apoyar, por el bien el país, a un sujeto que es pura máscara, y de una debilidad aún no del todo calibrada, pero ya intuida.

Más allá de su matonismo, su soberbia y su aparente seguridad en sí mismo, a Donald Trump le va a resultar muy difícil evitar que su pasado interfiera en su nuevo trabajo. El presidente de la primera potencia económica y militar del planeta debiera ser la persona menos chantajeable del mundo, y no parece que su currículo sea compatible con virtud tan infrecuente. Trump puede convertirse, si no lo es ya, incluso antes de jurar el cargo, en uno de los presidentes más vulnerables de la historia de los Estados Unidos.

A causa de su pasado, en muy poco tiempo Trump podría convertirse en títere de la casta a la que pretendía combatir. Y eso, en el mejor de los casos

Donald John Trump tiene el techo de cristal, lo que le convierte en una bomba de relojería, en un objetivo de potencial alto riesgo que los servicios de inteligencia, propios y foráneos, van a inspeccionar con entusiasmo. Es esa enorme debilidad la que explica su moderación en la noche electoral y apunta a una futura mesura en sus decisiones. Como alguien ha dicho, Trump no va a cumplir ni la cuarta parte de sus promesas electorales, y si se pone estupendo acabarán poniéndole, como a Richard Nixon, de patitas en la calle.

Muchos estadounidenses han votado pensando en que el país necesitaba al más norteamericano de los norteamericanos, a un presidente enérgico y arropado en la bandera, y lo que se van a encontrar, a poco que se descuiden, es a un sietemachos convertido en un títere de la casta a la que pretendía combatir. Y eso, en el mejor de los casos.


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