Porque nada es casual

Toca mojarse, Albert

La táctica es un arte. También en el campo de la política, si se utiliza con sabiduría y con mirada holgada. En una negociación la táctica es imprescindible, hasta conveniente, siempre y cuando no termine invadiéndolo todo hasta contaminar la legitimidad del fin perseguido. La experiencia de una insólita repetición electoral ha sacado de quicio a muchos. Nada que reprochar. Aún estamos asimilando una nueva realidad política y la perplejidad no deja de ser una reacción bastante natural ante situaciones nunca antes experimentadas.

Habrá gobierno porque si no los dirigentes políticos españoles seguirán el camino de sus colegas británicos y porque la cuerda de la tolerancia ciudadana no admite ni un tirón más

El tacticismo es otra cosa. Es la versión invasiva y dañina de la táctica, además de un palabro no admitido por la RAE. Los comentarios y editoriales más recientes acusan a los líderes políticos españoles de exceso de tacticismo. Los mismos que renegaron en su día de la oportunidad que las urnas pusieron a tiro en diciembre para alcanzar un gran acuerdo nacional, para afrontar una legislatura de leal corresponsabilidad en la que abordar los gravísimos asuntos pendientes, a esos mismos, les han entrado ahora las prisas y andan repartiendo instrucciones, por supuesto contradictorias, sobre cómo montar un gobierno en dos patadas, como si lo importante fuera eso, tener un gobierno, y no una política lo más compartida posible para tomar decisiones de gran trascendencia.

Cierto es que tacticismo viene de lejos, que en estos meses de desgobierno es lo que se ha impuesto. Casi siempre por razones vinculadas a las conveniencias de cada partido y de sus dirigentes.  El interés general del país ha sido un factor secundario. Quizá por eso llegan las prisas. Pero no conviene confundir los tiempos. Lo de ahora es táctica porque es lo que toca. Ya llegará el momento de exigir resultados. Pretender que al poco de arrancar una negociación nada sencilla todo el mundo se retrate, es postura tan cándida como improcedente. Decirle a Mariano Rajoy que es una irresponsabilidad siquiera teorizar con la hipótesis de renunciar de nuevo a la investidura si no consigue estructurar una mayoría estable, no deja de ser un regate editorial sin mayor recorrido. Si lo que tenemos todos claro es que este país no se puede permitir otra investidura fallida, tampoco se le puede pedir ni a Rajoy ni a nadie que se someta a un ejercicio absurdo de autoflagelación.

Ni este país se puede permitir otra investidura fallida, ni se puede pedir a nadie, tampoco a Rajoy, que se someta a un ejercicio absurdo de autoflagelación

España necesita un presidente y lo necesita ya. Rajoy o el que logre reunir los apoyos necesarios. De otro modo, insisto, nos situaremos a minuto y medio de superar en estulticia a la clase política británica. Estamos en la fase de la táctica, y no pasa nada; todavía. Pero lo que nuestros dirigentes políticos debieran tener claro es que o hay gobierno, y gobierno con un razonable horizonte temporal, o seguirán los pasos de sus colegas británicos. Y como creo que lo saben, que intuyen que la cuerda de la tolerancia ciudadana no admite ni un tirón más, estoy convencido de que, cuando la táctica no dé más de sí, tendremos gobierno.

Conviene, no obstante, estar preparados para dos semanas de vía crucis tacticista, de puestas en escena forzadas o forzosas, de recados maliciosos y filtraciones interesadas. Del espectáculo, en definitiva, habitual en estos casos. Y cuando esto acabe, cuando avistemos el borde de la torrentera, cuando el “a día de hoy” haya caducado y tengamos que decidir qué hacemos mañana, entonces, quizá, puede que Mariano RajoyPedro Sánchez y Albert Rivera decidan que es llegado el momento de dejar de maltratar a los españoles.

Sánchez debe asumir que su liderazgo, “a fecha de hoy”, es un asunto menor, y que es hora de ponerlo en situación de riesgo si quiere de verdad reforzarlo

Y sí, ha llegado el momento de que el presidente en funciones dé muestras de haber entendido el mensaje y asuma un compromiso previo e imprescindible de regeneración y desinfección a fondo de las estructuras de su partido; de que Sánchez anteponga los tiempos del país a los suyos y acepte de una vez que su liderazgo, “a fecha de hoy”, es un asunto menor, y que es hora de ponerlo en situación de riesgo para quizá de ese modo reforzarlo dándole una oportunidad a la gobernabilidad; de que Rivera deje ya quieta la peonza y de posar a todas horas para la posteridad.

Es él, Rivera, quien tiene la otra llave. Es él quien, con su apoyo a Rajoy, puede poner fin a la incertidumbre. Es a él a quien espera Sánchez, y no al revés, para justificar el decaimiento del “no es no” y para que, “a fecha de hoy”, pueda haber un gobierno en España al que se le pueda tener como tal. Y es a él a quien muchos votaron no pensando en lo que vestiría el hemiciclo del Congreso un nuevo partido de centro, sino para que llevara a cabo sus promesas de regeneración. Toca mojarse, Albert (y los demás).Ya vale de táctica. 


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