OPINIÓN

Renzi, la Italia cleptómana y la izquierda exquisita

Lo que Renzi probablemente no calculó es que una parte de la izquierda acabara siendo cómplice de la Italia cleptómana de Berlusconi y del independentismo económico de la Liga Norte.

Matteo Renzi.
Matteo Renzi. EFE

“España es una versión trágica de Italia, que es una versión cómica de España”.

Indro Montanelli

Matteo Renzi perdió el referéndum para reformar la Constitución, simplificar el sistema político italiano y favorecer la gobernabilidad, por distintas y complejas razones, pero también porque el 40 por ciento de los votantes habituales del Partido Democrático (el heredero del desaparecido Partido Socialista Italiano) en el sur, y un 20 por ciento de los del norte, le dieron la espalda. En las elecciones de Estados Unidos, la candidata del Partido Verde, Jill Stein, logró en algunos Estados porcentajes de apoyo muy considerables, convirtiéndose en una valiosa aliada de Donald Trump y en factor decisivo a la hora de impedir que por primera vez en la historia una mujer llegara a la Casa Blanca. Ahora se tendrá que tragar durante cuatro años al feminista Donald. Ya en 2001, los verdes made in USA fueron el socio perfecto de un George Bush que derrotó por la mínima, y no sin polémica, al candidato demócrata Al Gore, curiosamente uno de los líderes políticos más activos contra el cambio climático.

Italia va camino de formar el 64 gobierno en 70 años. Su sistema electoral no solo ha sido un auténtico drama en términos de estabilidad: el modelo pluripartidista italiano ha generado un gigantismo institucional sin parangón en Europa, una burocracia administrativa altamente ineficaz en la que en muchos períodos la corrupción ha campado a sus anchas. 630 diputados, 315 senadores. A los que hay que tener contentos: 18.000 euros de sueldo mensual, incluidas dietas; un 60 por ciento más que la media de los parlamentos europeos. La crónica en 2012 del corresponsal de un diario español redondeaba el dispendio: un taquígrafo del Senado puede llegar a embolsarse 290.000 euros brutos al año, un secretario 256.000, un consejero 417.000 y un peluquero 160.000. La retribución media de los 1.737 empleados e la Cámara de Diputados es de 131.000 euros. ¡Mio Dio!

A tipos como Beppe Grillo ya les va bien que nada cambie porque el éxito de su discurso depende de la pasividad de los demás

El colofón, viejo colofón, como no podía ser de otro modo, ha sido el descrédito de la política y de los políticos, y la irrupción en el circo de atrabiliarios personajes, como Beppe Grillo, a quienes ya les va bien que nada cambie porque el éxito de su discurso depende de la pasividad de los demás y porque, en el fondo, nada nuevo tienen que proponer, salvo, como ahora, desandar lo andado, deconstruir Europa, empezando por sacar a Italia de la zona euro. Pero Renzi ya contaba con eso; con que para Grillo en inmovilismo es una bendición; y con el rechazo a la reforma constitucional de los grandes beneficiarios de la Italia decadente: la derecha cleptómana de Silvio Berlusconi y el independentismo económico de la Liga Norte. Lo que probablemente no entraba en sus cálculos, “no pensé que me odiaran tanto”, es el repudio de una parte nada despreciable de los “suyos”, de esa izquierda exquisita que por no dar paso a un “capetto” (jefecito), ha optado por convertirse en cómplice rancio de la Italia más profunda y retrógrada.

Oportunidad perdida

Roberto Saviano ha explicado que el fracaso del primer ministro italiano está directamente relacionado con el desahogo de los electores del Sur, que han utilizado el referéndum como único instrumento para exclamar: “Estamos mal, nos habéis fallado”. Lo sorprendente es que sea la izquierda la que ahora compre este discurso exculpatorio; la que no ha sabido ni querido explicar que antes de limpiar conviene barrer; la que ha sido incapaz de apoyar y rentabilizar lo que se aproximaba bastante a un sincero, profundo y conveniente cambio de régimen. Por supuesto que Renzi ha cometido errores; el principal, haber alimentado la peligrosa conjetura de que el referéndum para modificar la Constitución era también un plebiscito sobre su persona. Pero esta coartada no tiene peso suficiente como para ocultar lo dramático de la oportunidad perdida. 

Al igual que el franquismo en España sirve aún para mantener excavadas ciertas trincheras, diríase que en Italia la sombra de Mussolini sigue siendo alargada

En estos días posteriores a la que para muchos ha sido una nueva derrota de los valores europeos, no es difícil detectar cierto desencanto entre los que, desde posiciones supuestamente de izquierdas, han votado “no” y han dejado pasar la ocasión de enterrar un régimen megalítico, altamente improductivo, despilfarrador y benévolo con la corrupción. Probablemente, porque, como ocurre con cierta izquierda en España, todavía no han entendido que democracia y globalización son difícilmente compatibles si no se apuesta en serio por superar el concepto de Estado-nación (“El trilema político de la economía mundial”; Dani Rodrik). Y al igual que el franquismo en España sirve aún para mantener excavadas ciertas trincheras, a favor y en contra, y algunos reinventan la “patria” para ahuyentar fantasmas, diríase que uno de los problemas de fondo no resueltos en Italia es que la sombra de Mussolini sigue siendo alargada, aunque solo sirva ya para establecer malintencionadas semejanzas; que el nacionalismo transversal, profundo, el gusto exacerbado por la diferencia, siguen ahí, no intactos, pero con fortaleza suficiente para preferir una Italia en ruinas (en estos momentos, con 400.000 millones de euros en créditos dudosos, la gran preocupación de la UE) a una Italia reinventada y abiertamente europea.

El grueso de la Constitución italiana, cuya reforma han rechazado las urnas, entró en vigor el 1 de enero de 1948. Es un texto que blinda a los partidos, pensado para impedir la llegada al poder de un nuevo Duce. Sirvió para lo que sirvió, pero hace mucho, demasiado, que se ha convertido en una herramienta no solo inservible, sino autodestructiva. La española, 30 años más joven que la italiana, está inspirada en parecidos temores. Cierto, la prudencia debe ser un factor concluyente a la hora de abordar su revisión. Pero ya no estamos solo no solo en fase de corregir defectos e intentar cerrar el extenuante y empobrecedor debate territorial, sino sobre todo de apostar por un texto decididamente europeísta como proyecto colectivo de futuro; y como mejor antídoto contra la desafección política, el nacionalismo disgregador y el ilusionismo de cierta izquierda que sigue jugueteando con el pasado. Esa es la principal lección que debiéramos sacar del frustrado intento de Matteo Renzi y del 40 por ciento de los italianos que se pusieron de su lado.


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