CRISIS POLÍTICA

Rajoy, Iglesias y otros efectos colaterales

El presidente en funciones puede, y debe, buscar la manera de reforzar los márgenes de maniobra de un futuro gobierno. Pero ha de hacerlo sin doblar el pulso a los socialistas.

Mariano Rajoy, presidente en funciones
Mariano Rajoy, presidente en funciones EFE

“Esto no se aguanta más; estar sin Gobierno es una situación absurda” (20 de agosto). "Las razones por las que solicito la confianza de la Cámara son tres: España necesita un Gobierno eficaz con urgencia (…) Son muchos los avisos que recibimos sobre las consecuencias de extrema gravedad que sufrirá España si no terminamos con este bloqueo" (30 de agosto). Frases que no tienen marcha atrás, diga lo que diga Rafael Hernando, el mensajero de la buena nueva. Las pronunció, con gesto solemne, Mariano Rajoy, en sucesivas y análogas versiones, por activa, pasiva y perifrástica.

Ahora, después del cruento aquelarre socialista, el príncipe del sentido común y de la estabilidad había dejado correr la especie, a través de persona interpuesta, de que podría ser mejor repetir elecciones antes de tener que gestionar un gobierno débil, que ya no le servía la sola abstención del PSOE, y que de lo dicho, nada. Al parecer, ya no era tan dramático esperar tres meses más.

Guindos avisa de una fuerte desaceleración si no se forma gobierno de manera inmediata”, titulaban los diarios allá por el mes de julio. Cierto que en política hemos visto cosas peores, pero, ¿de verdad alguien cree que se puede salir impune de una transmigración tan burdamente partidista? ¿Ha pensado en algún momento Rajoy, en serio, en la opción de que mezquinas circunstancias políticas justificaran la revisión de la palabra de un presidente del Gobierno hasta casi hacerla irreconocible?

La condición que se busca es que el PSOE garantice que no habrá moción de censura al menos durante los dos primeros años

Tras nueve meses en los que, con justificada insistencia, se ha exigido responsabilidad y altura de miras a los principales actores políticos, a los medios de comunicación y a los españoles en su conjunto, afirmar como ha hecho Hernando que el PP no aceptará una abstención “técnica o estratégica” del PSOE, cuando hace una semana solo se reclamaba que los socialistas se echaran a un lado y dejaran gobernar, sonaba a reacción tan mezquina, tan alejada de la grandeza y generosidad solicitadas, y tan ventajista, como para exigir la inmediata rectificación, como así ha sido, de quien podía rectificar.

‘Talibanes’ a babor y estribor

Rajoy tiene derecho a buscar fórmulas que le proporcionen las garantías mínimas para conformar un gobierno estable (“La utilidad no consiste en que haya un Gobierno que dure un día, sino un Gobierno que pueda gobernar", acaba de decir). A comprometer al PSOE, por ejemplo, en la decisión de que desde Ferraz no se impulse una moción de censura, salvo situación intolerable, al menos durante los dos primeros años de la legislatura (Obviamente, esa condición no puede formar parte de ningún papel, sino del apretón de manos que fue imposible con Pedro Sánchez). Pero lo que no puede hacer Rajoy es pedir a los socialistas que se pongan de rodillas, exigiendo su apoyo a unos presupuestos, que tiene listos Montoro, cuando sabe que de lo que se habla es de la ley que en mayor medida marca la diferencia entre derecha e izquierda, y que, aun queriendo, no habría tiempo de abordar una negociación seria sobre las prioridades a pactar en materia de gasto e inversión en el escaso margen que hay para acudir de nuevo a la investidura.

Rajoy ha valorado los efectos colaterales de una decisión que podría convertir a Pablo Iglesias en líder de la Oposición

El presidente en funciones puede, y debe, buscar la manera de reforzar los márgenes de maniobra de un futuro gobierno. Pero ha de hacerlo sin doblar el pulso a los socialistas; tampoco pensando que unas terceras elecciones, en las que su partido podría mejorar resultados, son alternativa viable, porque el peligro es alterar, quizá de forma irreversible, y para espanto de nuestros socios europeos, el equilibrio político español.

En estas circunstancias, claramente anómalas, Mariano Rajoy está más que nunca obligado a valorar los efectos colaterales de una decisión que podría condenar al PSOE a la intranscendencia y convertir a Pablo Iglesias en líder de la Oposición. ¿Es eso lo que quiere un sector del PP? Y lo más importante: ¿es eso lo que le conviene a España, un Parlamento polarizado en el que las diferencias entre Gobierno y Oposición dificulten extraordinariamente cualquier entendimiento en los grandes temas de Estado?

Las razones esgrimidas para defender la urgencia de contar con un gobierno en pleno uso de sus competencias no han cambiado. Sí lo ha hecho el entorno partidario. La fractura provocada por Pedro Sánchez en la familia socialista constituye una variable no prevista que todavía puede ser aprovechada para trastocar de forma marrullera el mapa político. A los talibanes de uno y otro lado no les disgusta en absoluto la idea de un PSOE en descomposición. Afortunadamente, parece que Rajoy no está todavía dispuesto a dejar de mirar unos metros más allá de sus narices.


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